El invierno en Madrid tiene una luz especial, fría y dorada, que invita a buscar refugio. No tras los cristales de casa, sino en esos lugares donde el calor no solo sale de la calefacción, sino de las mesas compartidas, de las risas que se mezclan y de ese vapor que emana de un buen plato. Justo en ese momento, cuando el termómetro baja y apetece algo que reconforte cuerpo y alma, La Fonda Lironda lanza su jugada maestra: una fondue de queso que es mucho más que un plato. Es una declaración de intenciones. Un “comfort plan” perfectamente ejecutado.
Hablamos de uno de los espacios emblemáticos de GLH Singular Restaurants, un grupo que sabe algo de crear lugares con personalidad. No se trata solo de abrir un restaurante, sino de diseñar experiencias. Y en esta ocasión, han acertado de pleno. Con la llegada del frío, muchos locales ofrecen guisos y platos de cuchara, pero La Fonda Lironda ha ido un paso más allá. Ha importado la esencia de las cabañas alpinas, donde la fondue es el corazón de la reunión, y la ha adaptado al ritmo (o mejor dicho, al deseo de desconexión) del madrileño.
¿Su propuesta? Una fondue pensada exclusivamente para compartir, para alargar la tarde, para convertir una simple comida en un plan memorable. No es casualidad que la presenten como un antídoto contra las prisas. Al sentarte, percibes el cambio de chip. El ambiente, siempre cálido y acogedor en este local, parece enfatizarse. Hay una promesa tácita en el aire: aquí no se viene solo a comer, se viene a estar.
Y el protagonista llega a la mesa humeante, en su clásica olla caquelon. La mezcla no es una simple fórmula. Detrás hay un trabajo de selección: Appenzeller, con su toque picante y afrutado; Raclette, cremoso y envolvente; y Comté Vielle Réserve, con esa profundidad y complejidad que da la maduración. Tres quesos con carácter que, al fundirse, crean una salsa sedosa, intensa y extraordinariamente adictiva.
Acompañando, un despliegue de «soldados» para mojar. Panes artesanales con corteza crujiente, verduras a la plancha que aportan un contraste dulce, y trozos de carnes finamente seleccionadas. El ritual es sencillo y profundamente social. Pinchar, sumergir, remover en forma de ocho (como marcan los puristas), y compartir. La conversación fluye alrededor de ese centro de gravedad culinario. Las risas surgen de forma natural. Es el poder de un plato compartido: desinhibe, conecta, crea complicidad.
Pero, ¿y si te dijera que la fondue es solo el prólogo del plan?

Ahí reside la genialidad de la propuesta de La Fonda Lironda. Porque cuando el último trozo de pan ha sido rescatado del queso, la velada no termina. Al contrario, entra en su mejor fase. El restaurante ha recuperado una tradición que parecía perdida: la sobremesa larga, divertida y despreocupada.
Es entonces cuando aparecen los juegos de mesa. No son un añadido testimonial. Hablamos de una selección cuidadosa para todos los gustos: desde los clásicos atemporales como el Monopoly o el parchís, hasta modernos favoritos como Catán, pasando por barajas para juegos de cartas. Es una invitación a reconectar con el placer lúdico de la infancia, pero con cócteles en la mano y buena música de fondo.
Imagina la escena: tras una comida reconfortante, tu mesa se transforma en un campo de batalla amistoso. Estrategias, alianzas, negociaciones ficticias por la madera y el trigo de Catán, o la emoción de caer en una casilla de hotel en el Monopoly. El tiempo pasa sin que nadie lo note. Los cócteles de la casa, diseñados con esmero, hacen su aparición para mantener vivo el espíritu.
Es el arte de no mirar el reloj, de permitir que el plan respire y evolucione de forma orgánica.
Esto no es un servicio añadido; es la filosofía del lugar. La Fonda Lironda entiende que la hostelería de calidad hoy va más allá del producto en el plato. Se trata de vender tiempo de calidad, momentos auténticos. En una era digital donde la atención está fragmentada, ofrecer un espacio donde desconectar, reír y jugar es un valor incalculable. Se posicionan así no solo como un restaurante de invierno, sino como un hub social, un refugio urbano donde el frío exterior se olvida.
Detrás de esta experiencia coherente está la fuerza de GLH Singular Restaurants. Este grupo, nacido de la unión de Grupo Larrumba y Grupo Carbón, ha demostrado con sus 27 espacios (como Pabblo, Carbón o Perrachica) que su éxito reside en crear conceptos con alma. No son meros restaurantes; son destinos. Lugares con una narrativa propia que logran conectar emocionalmente con más de dos millones de clientes anuales.
Su estrategia es clara: gastronomía de calidad como base, pero con el ocio y la experiencia social como pilares igual de importantes. Gestionar este equilibrio no es sencillo. Requiere una visión que va más allá de la cocina, involucrando al equipo (más de mil empleados) en una cultura de servicio donde el cliente se sienta parte de algo especial. Una facturación que supera los 60 millones de euros anuales avala que el camino es el correcto.
Volviendo a la fondue, a ese plan perfecto, cabe preguntarse: ¿por qué funciona ahora? Quizás porque, tras años de ritmos vertiginosos, hay un anhelo colectivo por recuperar la lentitud, el trato humano y la diversión analógica. La Fonda Lironda no ha inventado nada, pero ha sabido leer el momento. Ha empaquetado nostalgia (la fondue, los juegos de mesa) en un formato fresco, adulto y deseable.
Para el madrileño o el visitante, se convierte en una opción infalible. ¿Un plan con amigos que no sea la típica cena rápida? ¿Una celebración informal diferente? ¿O simplemente un capricho para un día gris? La respuesta está en esa mesa con la olla humeante y el tablero de juego esperando. Es un acierto en toda regla, una demostración de que la hostelería con ingenio y corazón siempre encontrará su hueco, sin importar lo frío que sea el invierno en la calle.
Al final, lo que perdura no es solo el sabor del queso Appenzeller, sino la memoria de la risa compartida, de la partida reñida, de la tarde que se alargó sin planificación. La Fonda Lironda, con esta sencilla pero brillante idea, nos recuerda que a veces, los mejores planes son los que se construyen alrededor de una mesa, con algo caliente en el centro y la disposición de dejar que las horas vuelen. Un verdadero refugio invernal, en el mejor sentido de la palabra.
LA FONDA LIRONDA
Dirección
Calle de Génova, 27. Madrid
Precio medio
45€
Horarios
De lunes a miércoles de 13:00h a 1:00h
Jueves de 1:00h a 2:00h
Viernes y sábados de 13:00h a 2:30h
Domingos de 13:00h a 18:00h
