Parecía inmutable, casi de otro tiempo. Con ese gesto sobrio y los ojos azules que sabían contener una tormenta, Robert Duvall fue durante décadas uno de los pilares del cine estadounidense.
La muerte le sorprendió ayer, domingo, en su casa de Middleburg, Virginia, según informó su esposa, Luciana Pedraza, a través de un comunicado que conmovió a Hollywood entero. Tenía 95 años y una filmografía que rebasa los noventa títulos.
“Para el mundo, fue un actor ganador del Oscar y un narrador incansable; para mí, lo fue todo”, escribió Pedraza, su compañera desde 2004.
De origen argentino, la también actriz recordó su “pasión inagotable por los personajes, la buena comida y su devoción por la verdad humana”. Una despedida sencilla para un artista que nunca necesitó gestos grandilocuentes.
Nacido en San Diego en 1931, hijo de un almirante y de una actriz amateur, Duvall creció en Maryland y siempre recordó su infancia como la de un muchacho rebelde y soñador. En los años cincuenta, tras servir en el ejército, ingresó al prestigioso Neighborhood Playhouse de Nueva York, donde estudió con Sanford Meisner y compartió un austero piso con Gene Hackman y Dustin Hoffman. Aquella trinidad de jóvenes desconocidos acabaría escribiendo parte de la historia del cine.

Open Range. Junto al actor Kevin Costner
Su debut en la gran pantalla fue en Matar a un ruiseñor (1962), aunque el mundo lo consagró una década más tarde como Tom Hagen, el abogado silencioso de la familia Corleone en El padrino . Luego llegarían su inolvidable teniente Kilgore en Apocalypse Now —capaz de disfrutar “el olor del napalm por la mañana”— y su Oscar por Tender Mercies (1984), interpretación que definió su idea del oficio: “vivir con sinceridad en circunstancias imaginarias”.
A lo largo de su vida, Duvall compaginó su faceta de actor con la de director y guionista, firmando proyectos personales como The Apostle (1997). Hombre reservado pero de fuerte carácter, confesaba su amor por el tango, los caballos y la vida de campo. Republicano en una industria dominada por las voces progresistas, se mantenía fiel a sí mismo, sin rencores ni alardes.
En una entrevista, cuando le preguntaron qué epitafio le gustaría tener, respondió sin dudar: «No sé… cenizas. Tal vez no necesito una lápida». Hoy, su legado no la requiere: ya está grabado en la memoria del cine.

