Padre Eugenio Pizarro

La Iglesia que yo amo es santa y pecadora

"Por nuestra fragilidad humana, todos somos pecadores"

La Iglesia que yo amo es santa y pecadora
Eugenio Pizarro Poblete

Estamos en tiempo propicio de definirnos ante un Dios que nos llama a la conversión

(Padre Eugenio Pizarro Poblete).-¿Cómo podemos encarnar esta Palabra en circunstancias de nuestra Iglesia de hoy?

Hago esta pregunta con respecto a la Iglesia porque todos sabemos que ha habido problemas y algunos hablan de crisis y disminución de la credibilidad con respecto a la Iglesia. Pero queremos precisar que Jesús fundó la Iglesia en personas humanas, frágiles, y por eso mismo pecadoras. La Iglesia hecha en seres humanos tiene virtudes y defectos. La Iglesia es santa y pecadora. Y en este tiempo de Cuaresma, queremos con amor, como Jesús, llamarnos a la conversión de nuestros pecados. Hablo en plural porque todos los miembros de la Iglesia, por su condición humana, somos o hemos sido pecadores. Y este llamado lo haremos como Jesús lo hace, con exigencia dura y fuerte, pero no exenta de amor.

Jesús ama a su Iglesia santa y pecadora. Con esta aclaración, quiero decir: que no hago una dicotomía eclesial, no hago división, como se ha hecho por muchos en este tiempo, que hablan de Iglesia santa a la que aman, dejando de lado a la Iglesia pecadora a la que no aman, sin darse cuenta que se están excluyendo y no reconociendo su condición de pecadores, miembros de un mismo Cuerpo. No se reconocen como miembros de una Iglesia, cuyos miembros también son pecadores. Disparan en contra de la Iglesia, como si ellos no fueran de Iglesia. Y a lo mejor, o no están en la Iglesia, o se están excluyendo de ella.

En este tiempo de Cuaresma, llamando a la conversión en Cristo, sin términos medios y sin medias tintas, también sin excluirme, proclamo muy fuerte: Yo amo a la Iglesia santa y pecadora.

El mensaje de este Evangelio o la respuesta de Jesús es un llamado a la conversión hecho precisamente en tiempo de Cuaresma. Y este llamado no tendrá ningún sentido, si no hay conciencia de que de una u otra forma, por nuestra fragilidad humana, todos somos pecadores; si no hay conciencia, que no obstante nuestros pecados, «somos de la Iglesia que Jesús ama», y que precisamente por nosotros y por nuestros pecados, Jesús vino a nosotros para salvarnos, dando su vida por todo el hombre y por todos los hombres, con un amor, el más grande de la historia.

Pero, teniendo conciencia de que somos pecadores y de que si no nos convertimos, no vamos a quedar impunes; y de que es un llamado perentorio de Dios hoy día, porque nos ama a todos y especialmente porque «ha venido por los pecadores y no por los justos»; «por los enfermos y no por los sanos»; «ha venido a buscar la oveja perdida»; «nos ha amado tanto que se hizo hombre para salvar y no para condenar al mundo».

Soy un convencido de que ésta es la respuesta de Dios ante los hechos que todos lamentamos y rechazamos en la Iglesia. Más de alguno, ante el llamado perentorio y exigente, dirá: ¿Dónde está «el Dios lento a la ira y rico en misericordia»? Y se lo preguntará precisamente en el año de la misericordia.

No, señor, «al que se le ha confiado mucho, se le exigirá y pedirá mucho». Dios también escribe derecho con líneas torcidas. Es que no se está acostumbrado a recibir una respuesta tajante de un Dios-Amor. Creo, que precisamente, porque nos ama, su respuesta es así; y es porque quiere nuestro bien: «Todo sucede por el bien de los que aman a Dios».

Jesús ama a su Iglesia: «Porque, si bien es cierto, deseaba una Iglesia espléndida, sin mancha ni arruga ni nada parecido, sino santa e inmaculada, Él mismo debía prepararla y presentársela». (Efesios 5, 27-28).

Es el mensaje de Evangelio de hoy: «… algunos… le contaron a Jesús lo que había pasado con los galileos a quienes Pilato había dado muerte en el Templo, mezclando su sangre con la de sus sacrificios. Jesús les contestó: ¿»Creen ustedes que esos galileos eran más pecadores que todos los otros galileos por haber sufrido esa desgracia? Yo les digo que no, pero si ustedes no toman otro camino, perecerán igualmente».

Estamos en tiempo propicio de definirnos ante un Dios que nos llama a la conversión.
Estamos ante la drástica convocación: «Ser o no Ser». Hay un categórico llamado en este momento y viviendo las circunstancias conocidas:

«Yo sé lo que vales; no eres ni frío ni caliente; ojalá fueras lo uno o lo otro. Desgraciadamente eres tibio, ni frío ni caliente, y por eso voy a vomitarte de mi boca. Tú piensas : Soy rico, tengo de todo, nada me falta. ¿No ves cómo eres un infeliz, un pobre, un ciego, un desnudo que merece compasión? Sigue mi consejo: cómprate de mí oro refinado para hacerte rico, ropas blancas para cubrirte y no presentarte más desnudo para tu vergüenza; por fin, pídeme un colirio que te pongas en los ojos para ver Yo reprendo y corrijo a los que amo. ¡Vamos!, anímate y conviértete.

Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguien escucha mi voz y me abre, entraré a su casa a comer, yo con él y él conmigo.

Al vencedor le concederé que se siente junto a mí en mi trono, del mismo modo que yo, después de vencer, me senté junto a mi Padre en su trono.

El que tenga oídos, escuche este mensaje del Espíritu a las iglesias». (Apocalipsis 3, 15-22).

¡ Qué bueno que se habla de un mensaje a las iglesias!

Aunque tendemos a quedarnos centrados en lo sucedido en Gobierno Central de la Iglesia, en Curia Vaticana, Cardenales, Obispos y jerarquía en general, hay que irse con cuidado y mirarse a sí mismo, porque: «si un miembro padece, todos padecemos con él».

Y Jesús nos dice en Evangelio de hoy:

«¿Creen ustedes que esos galileos eran más pecadores que todos los otros galileos por haber sufrido esa desgracia. Yo les digo que no, pero si ustedes, no toman otro camino, perecerán igualmente. Y esas dieciocho personas que fueron aplastadas cuando la torre de Siloé se derrumbó, ¿creen ustedes que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Les digo que no, pero, si no toman otro camino, todos perecerán igualmente». (Lucas 13,2-5)

Creo que no es conveniente ni apropiado mirar las cosas desde afuera como espectadores. He visto esta actitud en estos días. Es muy fácil convertirse así en meros francotiradores. Todos somos del Cuerpo de Cristo y cada uno debe tomar como algo propio la tarea de conversión eclesial; tomar cada uno, como miembro del Cuerpo, el camino que nos conduzca hacia nuestra pascua de resurrección. Una actitud así, nos hace ser exigentes, pero con amor, tratándose de mi propio cuerpo:

«Y nadie jamás ha aborrecido su cuerpo; al contrario, lo alimenta y lo cuida. Eso es justamente lo que Cristo hace por la Iglesia, pues nosotros somos parte de su cuerpo». (Efesios 5, 29).

Y nosotros no somos menos pecadores. De una u otra forma pecamos y aumentamos el daño moral al Cuerpo de Cristo: Iglesia, Pueblo de Dios. Y debemos fijarnos en que si estamos o no estamos dando frutos verdaderos y esperados por Dios. A veces, podemos comprobar que se está construyendo sin Dios: «Sobre arena y no sobre roca». Que también metidos en una crisis cultural mundial, hemos caído en una pérdida de valores y principios. Hay algunos, que en la práctica, sobre todo en relación a sus hermanos, aplican el principio maquiavélico: «El fin justifica los medios». Lo hemos visto en cierta lucha de poder , que acarrea divisiones y postergaciones.

¡No queremos seguir viviendo esto en nuestra querida Iglesia!

No hay que olvidar la máxima de Cristo:

«Si alguno quiere ser el primero, que se haga el último de todos y el servidor de todos». (Mc. 9,35).

En esto, uno ve que no se está siguiendo a Cristo. Menos aún, no se está siendo Cristo vivo, en medio de los hermanos. No se vive aquello de que:

«Cristo será glorificado en mi cuerpo, por mi vida o por mi muerte, pues para mí la vida es Cristo».(Filip. 1,21).

«Ya no vivo yo , es Cristo quien vive en mí».

Tampoco, vemos que no está presente, muchas veces, en nuestras vidas:

«Tengan un mismo amor, un mismo espíritu, un único sentir, y no hagan nada por rivalidad o por vanagloria. Al contrario que cada uno, humildemente, estime a los otros como superiores a sí mismo. No busque nadie sus propios intereses, sino más bien el beneficio de los demás. Tengan entre ustedes los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús:

Él siendo de condición divina, no reivindicó, en los hechos, la igualdad con Dios, sino que se despojó, tomando la condición divina de servidor, y llegó a ser semejante a los hombres. Más aún, al verlo, se comprobó que era hombre. Se humilló y se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz». (Filip. 2,2-8).

Y debe estar presente algo fundamental:

«Todo lo he perdido por el amor de mi Señor y sé que no quedaré defraudado». ( Filip. 3, 7-8).

Desde dentro de mi Iglesia, me pregunto, y puedo preguntarme, junto con otros hermanos míos, en comunidad, discerniendo, orando y abriéndonos a la acción del Espíritu: ¿No será que esta crisis está revelando una pérdida o disminución del primer amor?

Con humildad, pidamos, que ese fuego que apenas queda, con la conversión y la ayuda solícita de Dios, pueda encender otro fuego, y así, ir en recuperación del primer amor.

Si buscamos la conversión: la purificación de nuestros pecados personales y eclesiales, Dios nos purificará y allanará el camino de vuelta y conversión. ¿Por qué no tomar los acontecimientos dolorosos que vivimos, como un llamado de Dios a la conversión radical?. Es urgente y necesario, tomar lo que sucede todavía, haciendo un acto de fe, de que Dios nos está esperando, como un Dios paciente, que nos da, como a la higuera , una nueva oportunidad, para que demos una vez por todas los frutos que Él espera de la Iglesia: de cada uno y de todos los miembros de su Cuerpo.

Se hace necesaria un alma y corazón de pobre. Humilde, reconociendo que no somos menos pecadores que los dieciocho de la torre de Siloé, ni que somos más justos y menos pecadores que los galileos que sufrieron la muerte en el Templo.
Tomemos con seriedad todo lo que nos sucede, y tomémoslo como una purificación que Dios quiere y llama a hacerse a la Iglesia:

«Si no se convierten pereceréis lo mismo».

Son palabras de Jesús, hoy día, a todos nosotros, Iglesia y Pueblo de Dios. Recojamos este llamado que Dios nos da, y la oportunidad, como a la higuera, de dar frutos según el sentir del Corazón de Cristo.

El episodio de la higuera nos revela, no obstante un Dios exigente, un Dios paciente, que espera que nuestra fe se traduzca en actos y obras de fraternidad y de caridad de los miembros del cuerpo; de una humildad que no busca los primeros puestos; de una comunión participativa en que los últimos serán los primeros, y en que todos se hacen servidores unos de otros; en una lucha comunitaria contra el pecado personal y eclesial, de orgullo y de afán de poder.

He querido, en nombre de Dios, dejar de lado propuestas, cambios estructurales, reformas y cambios de formas de gobierno descentralizadas y más de comunión y participación de todos; revisiones acerca del sacerdocio y de la jerarquía; del rol fundamental del laico: varón y mujer. No me he referido al papel, gestión y gestación de los Obispos, etc, etc. No me cierro a ver todo lo que sea necesario con respecto al rodaje y al bien de nuestra amada Iglesia. Sólo que considero que lo primero es lo primero:

Dios habitando en cada uno y en todos; la conversión y vuelta al primer amor.
Sin ser hijos del Padre. Sin ser de Cristo. Sin ser cristiano de Espíritu. Sin ser propiedad de Dios… ¡No habrá cambio de Iglesia! Lo primero es lo primero: Hay que construir sobre roca y no sobre arena.

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Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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