"Doy muchas gracias a Dios por estos 40 años"

Bardales: «La finalidad del grupo de curas de El Bibio nunca fue dar guerra en la Iglesia»

"Metí a catorce familias gitanas en el templo de Tremañes y el choque con los feligreses fue fuerte"

Bardales: «La finalidad del grupo de curas de El Bibio nunca fue dar guerra en la Iglesia»
Javier Fernández Conde y José María Bardales

"Hoy se cumple la pastoral de conjunto, porque es el esfuerzo de un obispo por ser cardenal (Tarancón) y el esfuerzo de un cardenal (don Teodoro) por ser obispo"

Nacido en 1940 en Ribadesella, José María Díaz Bardales ingresa a los 10 años en el Colegio de los Jesuitas de Carrión de los Condes (Palencia). Cinco años después ha de decidir si ingresa en la Compañía de Jesús o va al Seminario y opta por lo segundo, ya que le atrae la labor del sacerdote en una parroquia. Al cumplir los 19 años le hablan sus compañeros de La Calzada, en Gijón, y sueña con ser cura de ese barrio, al que, en efecto será destinado en 1981. Antes, había sido ordenado en 1962 y había pasado por las parroquias de Luanco y de la zona de Pesoz, además de estudiar en el Instituto Superior de Pastoral de Madrid. Lo cuenta Javier Morán en La Nueva España.

l Cura de barrio. «Mientras estaba estudiando Pastoral en Madrid conocí a Gabino Díaz Merchán, que se incorporó a la diócesis en 1969. Me lo presentó el profesor Casiano Floristán. A Tarancón lo habían nombrado arzobispo de Toledo y a Teodoro Cardenal, que era vicario del Arzobispado de Oviedo, obispo de Osma-Soria. Le conté a don Gabino el chascarrillo que decían entonces los curas asturianos: «Hoy se cumple la pastoral de conjunto, porque es el esfuerzo de un obispo por ser cardenal (Tarancón) y el esfuerzo de un cardenal (don Teodoro) por ser obispo». Le hizo mucha gracia y quedamos en hablar cuando yo volviera a Asturias. Regresé y me preguntó qué quería hacer.

«Ser cura de barrio». Al mes me llama el secretario de cámara y gobierno del Arzobispado, Francisco Álvarez, al que llamábamos familiarmente Paquín, y que hoy es cardenal y arzobispo emérito de Toledo. «Mira, si te gustase ir de párroco a Tremañes, piénsalo y la semana que viene me das contestación». Vengo a La Calzada a hablar con Pin Fonseca, que era el coadjutor, con José Luis Martínez, el párroco, y con José Luis Menéndez, el coadjutor de Tremañes. «No esperes al lunes para llamar a Paquín; llama ya desde aquí», me dijeron.

A José Luis Martínez sólo le había visto dos veces cuando yo era coadjutor en Luanco, donde se presentó un día con don Carlos Díaz, el párroco de San José de Gijón. A don Carlos alguien le había dicho: «Esti rapaz que fue a Luanco con un párroco mayor igual está pasándolo mal». Así que se presentaron y pasaron una tarde de domingo conmigo. Genial. No se me olvidará en la vida: me animaron con sentido del humor y me dijeron que obedeciera con aire deportivo».

l Contra el chabolismo. «Viví diez años en Tremañes y lo pasé pastoralmente bien y mal. Llego y me encuentro con un barrio donde hay 276 familias -conservo el censo- viviendo en chabolas y con muchos hijos. Portugueses, gitanos y algunos de los que ellos llamaban quinquis, que andaban con la quincalla por las ferias. Habían sido atendidos pastoralmente por la Iglesia porque mi antecesor, Manuel Fernández, ya había hecho que un terreno de la parroquia fuese para que el Ayuntamiento pusiese un barracón y una escuela con maestros. En mi tiempo vendrá otro proceso: integrarlos en la escuela del barrio. Me pareció que me mandaba el Señor a una comunidad soñada, a compartir con los pobres y comprometerme con ellos. En esa época nace la asociación «Gijón, una ciudad para todos«. Estábamos unidos a los voluntarios que trabajaban en El Natahoyo con el padre Pedro Niño, y a los curas respectivos, como Eduardo Gordón, que en El Llano tenía el poblado de La Santina, o José Luis, que tenía las chabolas del Arbeyal, en La Calzada. Curas y laicos nos juntamos y nació esta asociación en el seno de Cáritas, aunque después se separó y yo no fui partidario de ello. Pero ciertamente mantuve una relación cordialísima con ellos».

l Integración y enfrentamientos. «Opté por ellos, los chabolistas, y tuve algunos problemas con los otros feligreses, por razones que comprendo. Hay un momento clave: una orden de desahucio del polígono de El Plano. Yo estaba al tanto y había tomado la decisión por mi cuenta: metí a unas 14 familias en la iglesia de Tremañes. Claro, el choque para los feligreses fue fuerte. Estuvieron dentro de la iglesia una noche, y después en un salón parroquial unos días. Después colocaron sus barracas en el campo de la iglesia hasta que al verano siguiente nació la primera ciudad promocional. Hubo una reunión en el Ayuntamiento: don Gabino, el alcalde Luis Cueto-Felgueroso y yo. El alcalde gestionó con Madrid construir diez módulos prefabricados en el terreno de la vieja rectoral de Tremañes. Yo lo cedía y don Gabino dijo que encantado. Aquello fue un paso importante, pero en algunos sectores vecinales hubo rechazo, que yo entendí y respeté. No podía compartirlo porque la opción por los más pobres traía estos riesgos. De ese momento es también la integración en la escuela del barrio y la desaparición del barracón que hubo hasta entonces. Hubo asambleas y hubo de todo. Los padres alegaban que la escuela se iba a deteriorar y la directora dijo muy seria que «niño o niña que no venga limpio lo devuelvo a casa». Entonces comentó un padre, un hombre de buena voluntad, que «sí, pero los niños no saben lo que sabemos los mayores y se hacen amigos y después se encuentran por Gijón y con esta gente». Hubo enfrentamientos, normales. En el campo de la iglesia se hizo una guardería y llegaron las Hijas de la Caridad para llevarla. Trabajaron muy bien y fueron queridas por la gente. Hace pocos años todavía que dejaron Tremañes».

l Párroco jesuita. «En ese momento, hacia 1972 o 1973, se incorpora a colaborar con la parroquia Cándido Viñas, jesuita que trabajaba en la Laboral. Cuando la Compañía de Jesús dejó la Laboral, en 1978, a Cándido lo destinaban fuera y hablé con don Gabino, que me dijo: «Hombre, si el padre provincial de los jesuitas accediese para darle un nombramiento en Tremañes…». Y le comenté que el padre provincial era muy amigo de Cándido y mío, el gijonés Valentín Menéndez, que estudió con nosotros en Carrión de los Condes. Valentín lo vio muy bien y Cándido será vicario parroquial de Tremañes. Por supuesto, haberle tenido de compañero es una de esas cosas que uno agradece a Dios. Después vino otro jesuita, Jesús Ángel Fernández, cura obrero. En 1979 le dije a don Gabino que quizá yo estaba un poco quemado y que era bueno que los jesuitas cogieran el relevo. Le pareció bien y desde ese año hasta 1981 seguí colaborando yo en Tremañes, hasta que José Luis Martínez me comentó que iba de párroco a San José, también en Gijón. «¿Por qué no pides La Calzada, que queda libre?». «Porque me da vergüenza sustituirte a ti». Pero don Gabino vio el cambio y yo sólo le dije que «hombre, le tengo un poco de miedo por la categoría de José Luis, que yo no la tengo, aunque a favor hay una cosa: que soy su amigo del alma». Me fui a La Calzada en octubre de 1981».

l Una cena de bienvenida. «Una década antes, el primer lunes de octubre de 1970, había nacido el grupo de curas de El Bibio, en la casa de ejercicios de Gijón. Ésta ha sido una experiencia fundamental en mi vida en cuanto a amistad, ayuda entre sacerdotes y para ver las cosas y reflexionar no en solitario, sino junto a otros. El grupo de El Bibio nació de casualidad. En 1970 llegábamos a Gijón muchos párrocos nuevos: Eduardo Gordón al Buen Pastor, Benito al Cerillero, Lisardo a Contrueces, Silverio a la Resurrección o Manuel Fueyo al Espíritu Santo. Alguien preguntó que por qué no nos reuníamos en El Bibio y nos juntamos un montón, entre otros don Boni, párroco de San Pedro. Aquella primera reunión fue una cena de acogida para los nuevos y al acabar alguien dijo: «¿Por qué no nos reunimos los lunes?», y así hemos seguido hasta el presente. Pertenecieron al grupo de El Bibio durante temporadas largas jesuitas de El Natahoyo o claretianos de la parroquia del Corazón de María, como Evaristo Villar y Movida, que en los años noventa fueron expulsados de la congregación por orden de Roma y les acogió Pedro Casaldáliga en Brasil. Éramos un grupo numeroso, de unos treinta, pero cuando El Bibio deja de ser casa de ejercicios, hace unos 15 años, algunos iniciamos una especie de éxodo y hemos seguido reuniéndonos en Nuevo Gijón. Hubo gente que no se sumó al éxodo, una selección natural, digamos. Ahora continuamos unos doce y durante los últimos años se incorporaron curas como José Manuel Álvarez, el Peque, párroco de Jove, o Javier Gómez Cuesta, de San Pedro. Es significativo que cuando se enteraron algunos eclesiásticos de la diócesis de que Javier se había incorporado al grupo echaban las manos a la cabeza. «¿Cómo es posible que entre en ese grupo luchador y progresista?», decían. Pero la finalidad del grupo de El Bibio nunca fue dar guerra en la Iglesia, como alguna gente piensa. Su fin fue el de reunirte con unos amigos que te conocen por dentro y por fuera, y doy muchas gracias a Dios por estos 40 años. Soy un hombre de acción de gracias, aunque mi talante no parezca que es tan religioso».

 

Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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