Ya lo decíamos esta mañana en el titular de la sección Deportes sobre el recambio de entrenador en el Real Madrid: «Arbeloa, ¿de Guatemala a guatepeor?». Y es lo que ha sucedido.
Los blancos iniciaron una nueva era con Álvaro Arbeloa en el banquillo y terminaron condenando su estreno a una derrota dolorosa y problemáticamente previsible para muchos: la eliminación ante un Albacete que, sin alardes, jugó con orden, paciencia y la convicción de que cada error del Madrid se pagaba caro.
Fue una noche de bruma y frío que dejó claro que cambiar de entrenador no arregla lo esencial: el equipo mantiene una lentitud, una apatía y una desorientación que ya no son meros detalles, sino la esencia de un proceso en revisión.
Desde el pitido inicial, el guion parecía dictado por circunstancias: una vez modificado, con canteranos como protagonistas y veteranos que, por momentos, parecían ajenos al choque decisivo. En la pizarra, la idea de un Madrid más agresiva en la presión se desvanecía a la primera luz de la claridad táctica del Alba. El primer período dejó varias señales: la posesión del Madrid apenas rozaba el 32%, y las llegadas claras brillaban por su ausencia. Un disparo desviado de Valverde provocó el único destello de peligro en un tramo de tibia.
Albacete, con paciencia y disciplina, fue tomando ventaja. Un remate de cabeza de Mastantuono, respondido con el rebote que dejó a Huijsen atento, marcó el compás de un partido en el que el Madrid parecía estar buscando respuestas que nunca llegaban. Jefté anotó un golazo para el Alba, un recordatorio de que la calidad individual cuando se acompaña de orden colectivo puede vencer a cualquier irregularidad táctica.
El descanso pareció un bálsamo para el Madrid, más por alivio que por mejora tangible. A la reanudación, Arbeloa intentó cambiar la dinámica con cambios que, en la práctica, no infiltraron la estructura necesaria para desarmar a un rival que ya sabía a qué jugar: cerrar líneas de pase y buscar el segundo en los momentos adecuados. Vinicius parecía más activo, pero sin apoyos efectivos y con una defensa manchega bien sincronizada, el equipo blanco apenas encontró chispas para escalar posiciones.
En la recta final, la entrada de Alaba y Camavinga no aportó la chispa deseada; la pérdida de Cestero dejó al Madrid sin ese eje de salida que pretendía utilizar para acelerar el juego. Al Alba, en cambio, le bastó un contragolpe para sentenciar: Jefté, en una mano a mano definitiva, dejó al Madrid fuera de combate.
Fue un desenlace tan cruel como claro: el banquillo, gran esperanza de rescate, mostró más sombras que destellos, y la imagen de un equipo que, pese a todo, no encontró la receta para superar a un rival de Segunda División que supo capitalizar cada oportunidad. El Real Madrid cae por la puerta de atrás de la Copa, y la lectura es inapelable: no es sólo un fallo de la táctica, sino de una idea de equipo que necesita mucho más que un cambio de técnico para recuperar el pulso ganador que exige su grandeza.
El club deberá enfrentar la realidad con honestidad: la crítica, esa que llega cuando no se logra lo mínimo esperado, no cede ante excusas. Este inicio de era no ofrece, de momento, respuestas para las grandes batallas que quedan por delante. Y en el horizonte, la pregunta persiste: ¿qué debe cambiar para que el Madrid deje de escribir días oscuros y vuelva a iluminar las grandes finales?

