MUNDO INSOLITO

Nastasia Urbano, de ‘top model’ en Nueva York a dormire tirada en un portal de Barcelona

Tiene como casa los cajeros después de llegar a la cima del modelaje mundial en los años 80

Nastasia Urbano, de 'top model' en Nueva York a dormire tirada en un portal de Barcelona
Nastasia Urbano, antes y ahora. EP

Escribe Mauricio Bernal en ‘El Periódico de Catalunya’ que el apocalipsis existe. Se refiere en concreto a una versión muy personal, la que consiste en caer desde lo más alto hasta lo más profundo.

Nueva York, 1981. Nastasia Urbano acaba de llegar a la ciudad. Tiene 20 años y la sensación de que el mundo está a sus pies. El mundo de la moda, al menos.

Había hecho sus primeros trabajos en Barcelona, y luego, de la mano del fotógrafo Fabrizio Ferri, en Milán, donde había sido portada de ‘Vogue’ y otras grandes revistas.

«Viajaba por toda Europa por trabajo, me llamaban de Londres para hacer fotos de catálogo, luego iba a París, me iba muy bien.

Era muy apreciada. Entonces me fui a Nueva York, porque en el mundo del modelaje, una vez has hecho Europa, vas a Nueva York a probar».

La ciudad de los rascacielos la recibe con los brazos abiertos, y rápidamente la recién llegada se forja un nombre. Tiene currículo y viene bien recomendada, de modo que firma con la agencia de agencias: Ford.

«Hacía todas las revistas, le encantaba a todo el mundo. Era muy camaleónica y la gente no se cansaba de mí. Hay modelos que son muy guapas pero que solo tienen un registro. Yo nunca tuve ese problema».

Urbano repasa su historia en un café de la plaza de España. Tiene 57 años. Nadó en la abundancia y ahora está en la ruina. A veces duerme en la calle y a veces en casa de algún amigo que le abre las puertas por unos días.

De vez en cuando consigue algo de dinero haciendo algún trabajo precario. Sufre depresión y tiene que medicarse. Echar la vista atrás significa a veces rememorar las épocas de esplendor, y a veces el comienzo de la caída.

«Cada año venía a Barcelona a visitar a mis padres. Una de esas veces conocí a mi exmarido y ahí se acabó todo, me dejó con lo puesto. Lo único bueno de esa relación han sido mis hijos, pero lo demás fue horrible. Todo lo pagaba con mi dinero. Al segundo día de conocerlo quiso que le comprara un BMW, y yo, como una tonta, le hice el cheque. Estaba enamorada. Si no confías en la persona de la que estás enamorada, ¿en quién confias? Pero él no. Él no me quería».

Nueva York, años 80. Hay varias varas aptas para medir la clase de vida que llevó Urbano en esa década, por ejemplo las marcas de las cuales fue imagen publicitaria. La lista es larga y está impregnada de glamur: Yves Saint Laurent, Opium, Virginia Slims, Revlon.

«Hice la campaña de Revlon. Todas las ‘top model’ de aquel entonces hacían esa campaña, y yo también la hice. Para la de Opium trabajé con Helmut Newton, y más tarde me contrataron para la de Yves Saint Laurent, que hizo David Lynch. Lo habían encargado tanto de la parte cinematográfica como de las fotografías. Te sentabas con él, me acuerdo, él se sentaba en un sofá enfrente de ti y se quedaba mirándote sin decir nada. Pero no por soberbio. Porque él es así, es un hombre dulce».

La gran hemeroteca de internet ha conservado las imágenes del pasado, la belleza camaleónica congelada en el tiempo de la época en que Nueva York se rendía a sus pies. Allí está, por ejemplo: fotografiada para la campaña de Revlon junto a Linda Evangelista.

Urbano explica que se acaba de cortar el pelo.

«Soy de extremos, o llevo el pelo muy largo o me lo corto al ras».

Tres décadas después de la conquista de Nueva York, a la joven que prestaba su belleza a las grandes marcas se la reconoce por los ojos, por la curva de la boca, por el porte y por la elegancia. Hay cosas que no se pierden.

«Yo quiero vivir, no sobrevivir -dice-. Estoy cansada de sobrevivir y pedir dinero. La gente a mi alrededor se aparta, todos se van, y no me extraña. Ya me han desahuciado tres veces. Si tenía para pagar el piso no tenía para comer, o no podía pagar la luz, o no podía pagar el agua y tenía que bajar a la fuente para cogerla. He trabajado limpiando casas, cuidando niños. Ahora estoy recogida en casa de un amigo, Toni, que es un ángel. Pero no puedo instalarme ahí, siempre es por un tiempo. Dentro de unos días, cuando salga de esa casa, yo me pregunto adónde voy a ir, estaré con mi carrito, mis cuatro cosas y dónde voy a dormir».

Cenas con Andy Warhol

Hay otra vara elocuente para medir la luminosidad de aquel pasado neoyorquino: los conocidos, las amistades, los nombres. La gente con la que Nastasia Urbano, la ‘top model’ en la cresta de la ola, se codeaba.

«Yo era una persona muy joven y muy curiosa, con ganas de disfrutar. Conocí a muchos actores y actrices. Yo cenaba un día con Jack Nicholson, otro día con Andy Warhol. O con Roman Polansky, o con Harrison Ford. Estuve en fiestas con Melanie Griffith, con Don Johnson, con Simon y Garfunkel. Estuve a punto de ir a la boda de Madonna con Sean Penn porque estaba invitado David Keith, el de ‘Oficial y caballero’, y yo en esa época salía con él, pero ese día nos levantamos con tal resaca que no pudimos ni levantarnos. Lo tenía todo, vivía como una reina».

Urbano dice que tuvo problemas de drogas y alcohol, pero que no se arrepiente de nada de lo que hizo entonces.

«La vida hay que vivirla al máximo».

Urbano hizo dinero, mucho dinero.

«Creo que fui la primera chica que firmó un contrato multimillonario por anunciar ropa. Me daban un millón de dólares al año por 20 días de trabajo, eso durante tres o cuatro años. Esas cantidades de dinero en esa época solo las ganabas cuando hacías productos de belleza».

Un banquero amigo la convenció de depositar parte de las ganancias en un banco suizo: al fin y al cabo, aunque de padres barceloneses, por una carambola Urbano había nacido en Suiza.

«En el banco me decían que con los intereses podía vivir el resto de la vida. Y yo pienso que he estado tan bien, pero tan bien, y por culpa de este hombre, mi ex marido, ahora estoy aquí. No sé cómo ha podido pasar todo esto, igual he firmado cosas, documentos, pero yo no recuerdo haber firmado nada. El dinero nunca ha sido mi objetivo en la vida, y cuando lo he tenido he sido generosa. Y ahora estoy así».

Al final, Urbano se echa a llorar. Dice que no puede más, y que quiere salir del agujero no tanto por ella como por sus hijos.

«Quiero que mis hijos me vean bien. Quiero recuperarme como persona para estar a su altura, que estén orgullosos de mí. Quiero que vivan su vida sin preocupaciones. Que no sufran más por mí. Pero tienen un padre que no es nada, y una madre que vive en la calle. Mi hija tiene ataques de ansiedad por mi culpa. Ellos ya son adultos y tienen sus vidas y hacen lo que pueden por mí, pero yo procuro no molestarlos. Quiero que me vean ubicada, trabajando y pagando mis cosas. Quiero que mis nietos puedan ir a mi casa a merendar, y poder hacerles unas galletitas. Soy buena haciendo galletas. ¿Yo voy a tener eso? No sé. Creo que no. He vivido bien porque podía vivir bien, pero yo me adapto a lo que haga falta. Necesito un respiro».

Urbano echa de menos Nueva York.

«La echo de menos día y noche», dice. «Nueva York es una ciudad que te hace vibrar, sales a la calle y se te pone la piel de gallina».

«Aquí me he ido apagando. Es así. Aquí mi alma se ha ido apagando».

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