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¿La mortaja carece de alicientes?

Ángel Sáez García 19 Ene 2022 - 14:00 CET
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¿LA MORTAJA CARECE DE ALICIENTES?

   Desde que escuché salir de los propios labios y mui de Iris, a quien le puse el mote o sobrenombre de Amanda porque este le cuadraba, encajaba y/o venía como alianza en el dedo anular, que no quería saber nada más de mí, ando perdido, desorientado, desnortado. Como era ella la que daba sentido a mi existencia, y mi vida era la literatura (de la que ella era su destinataria inconcusa y, amén de musa indudable, su emperatriz), desde entonces, tengo la sensación de que no doy pie con bola, o sea, una a derechas; que me sale todo del revés, menos, acaso, este primer párrafo, que he logrado urdir de un tirón y eso, tal vez, signifique que, por fin, he logrado rehacerme (resurgir de mis cenizas), tras recibir el mayor revés o tortazo sentimental de mi vida.

   Desde que le oí proferir su advertencia, con claros visos de amenaza (que hirieron, como clavos, las palmas de mis manos o muñecas), de que no insistiera o se vería obligada a llamar por teléfono a la policía, porque, de perseverar en mi propósito, se sentiría acosada por mí, todas las mañanas, a la misma o parecida hora, cuando pulsaba el timbre la cartera, pensaba que detrás de ese dedo pulsador se hallaba el brazo de uno o varios miembros de la citada, nacional, local o foral, que venían con la orden firmada por un juez, ella o él, para llevarme, primero, al calabozo, y, tras comparecer ante él, a la trena.

   Oír cómo sonaba el timbre de mi casa (me hizo recordar una escena inolvidable de la película “El silencio de los corderos”, estrenada en 1991, dirigida por Jonathan Demme, ganadora de cinco principales premios Oscar), sonido que jamás me dio miedo, durante los días posteriores, los que han transcurrido sin que servidor, desilusionado, desmotivado, haya podido trenzar una sola línea (desde hace muchos años, seguía el mismo hábito que Apeles de Colofón, pintor de cámara de Alejandro Magno, al que Plinio el Viejo le adjudicaba la costumbre que airea este latinajo, “nulla dies sine linea”, “ningún día sin trazo o línea”), me daba verdadero pavor.

   Decidí reunir a todos mis heterónimos en una especie de consejo áulico, a fin de que me asesoraran qué debía hacer. ¿Por qué Dios me había quitado de la boca ese caramelo, relleno de elixir de amor, que me había colocado él, precisamente, dentro de ella? ¿Por qué? No lo entendía. Me había avenido a hacerle varias entrevistas y de todas ellas Él había salido airoso, triunfante, divino; y a desdecirme de mi ateísmo (pluri o multiequivocado), si me concedía la gracia de poder disfrutar unos años, los que Él decidiera, gozando feliz, tras tantos de irrefutable desdicha, en la inmejorable e insuperable compañía de Iris; y a reconocer, sin ambages, que volvía a creer en Él a pies juntillas.

   “Dios no tiene nada que ver con cuanto te pasa, pesa y parece que te pisa con la planta del pie, que coloca sobre tu pecho con el peso, un quintal, que alguien dispuso que así se hiciera (pero acaso fuera distinto del que lo puso)”, adujo, medio en broma, medio en serio, “Metomentodo”. “Ya sabes qué le pasa a quien aspira a tocar la gloria: que, a veces, sin querer, toca también el barro o lodo del suelo, cuando la vida, una noria, te sitúa abajo”, dijo “Metáfora”. “No te quejes, porque aquí todos (hembras y varones) peregrinamos, como todos los seres humanos, reales o ficticios, habidos o por haber, hicieron antes y, me temo, hacen y harán, entre luces y sombras, felicidades y desdichas; ¡menos mal que las desgracias, por muy crudas que sean, (se) suelen pasar pronto!”, sostuvo “Metaplasmo”. “No te tortures, que, cuando lo haces, todo tú devienes (en) una sola y grande llaga sangrante, como la que le acompañó a tu querido san Camilo de Lelis, durante tanto tiempo”, intentó convencerme “Metonimia”, sin llegar a persuadirme del todo.

   Les di las gracias a todos (a los que tomaron la palabra y a los que callaron), a pesar de la obviedad: la realidad semejaba una mortaja rara, pues la tal no carecía de aliciente.

   Gracias le he dado también a Dios, después de despertar… y de suspirar, tras constatar que lo vivido solo había sido una pesadilla, un angustioso sueño.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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