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¿Pedro María Piérola, profeta?

Ángel Sáez García 09 Feb 2023 - 14:00 CET
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¿PEDRO MARÍA PIÉROLA, PROFETA?

¿RESULTARÉ AL FINAL GALARDONADO?

“Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir”.

Soliloquio final del replicante Nexus-6 Roy Batty (Rutger Hauer), que dice a Dick Deckard (Harrison Ford), según el doblaje original para España de la película “Blade Runner”, dirigida por Ridley Scott en 1982.

Más de una decena y aun docena de personas adultas (alguna de ellas, efectivamente, adúltera, si hacemos caso a las encuestas, muestras o sondeos de opinión sobre sexo y tenemos en cuenta sus dimanantes resultados estadísticos, que luego se encarga de hacer públicos la empresa que los encargó) me han hecho alguna vez (hay quien ha insistido, de manera fastidiosa, machacona, erre que erre), durante los últimos años, si no la misma, similar pregunta: Ángel, ¿por qué dedicas o inviertes tanto tiempo y esfuerzo en la escritura, si no recibes nada a cambio, ni un solo euro, como tú mismo has reconocido en varios de tus textos?

Aunque, lo reconozco sin rodeos, a un pésimo preguntador telefónico, falaz entrevistador, lo mandé a paseo o despedí con las cajas destempladas, pasando olímpicamente de responder a una interrogación más, por haber advertido, inequívocamente, en el tono que usó en las tres primeras preguntas que me hizo, amén de mala fe, recochineo, al grueso de quienes me han formulado, si no idéntica, insisto, parecida cuestión, les he contestado, básicamente, poco más o menos, esto, que es apodíctica la segunda parte del caso o de la cosa, que no he recibido un solo euro, pero es falso, apócrifo, que no haya recibido nada a cambio, porque la satisfacción personal que me ha reportado poder colocar mi firma, debajo de cualquiera de los textos a los que acababa de dar oportuno remate, no se puede comparar con ninguna otra experiencia humana.

En varias oportunidades, yo he echado mano de los vocablos clímax u orgasmo, o sea, del momento culminante de placer sexual, pero siempre que he procedido de esa guisa, he notado que me he quedado corto, y he tenido que admitir que no se le parece ni de lejos, pues el placer es de otra naturaleza, más intelectual o mental que física. Puede que sea algo más duradero, pero peca, como el orgasmo, del mismo punto en contra, es momentáneo; nada que ver con el que ha dado en llamarse “encadenado”, que han gozado y me han referido o relatado algunas amigas, al darme detalles o pormenores de lo bien que se lo habían pasado con alguno de los juguetes eróticos, verbigracia, el satisfyer (en sus variopintos modelos), que les habían regalado sus amigos o deudos (ellas y/o ellos) por sus respectivos cumpleaños, o se habían obsequiado a sí mismas por Reyes, para disfrutar a tope de su bienestar sexual.

Recuerdo que, en la revistilla que (supongo) a todos los postulantes que acudimos al preceptivo “cursillo” preparatorio o propedéutico nos llegó a casa, tras haber acudido al seminario menor navarretano (y regresado de él, claro) a fin de coronarlo con éxito o superarlo (ese, calculo o intuyo, debía ser nuestro acicate y/o propósito común), en el artículo que firmaba Pedro María Piérola García, de quien, por cierto, cada vez que me pongo a escribir sobre mi experiencia inolvidable allí, en el edén (durante los tres primeros años que pasé con los religiosos Camilos en la indeleble villa riojana), logro extraerle un don más (y echarle la merecida flor correspondiente por ello), en el que hacía un epítome, resumen o sinopsis de lo que, para él, había sido digno de ser destacado y no olvidado ni echado en saco roto de cuanto había acaecido durante las dos semanas estivales que gozamos allí, mi nombre y primer apellido aparecían al final del mismo, distinguiendo o ensalzando mi fortaleza física.

Creo, sinceramente, a pies juntillas, que esa fortaleza exterior, que mencionó Piérola en su escrito, ha devenido, con el lento transcurso de los años (ya ha pasado la friolera, o no despreciable cifra, sí, de cuarenta y ocho tacos), en fortaleza intelectual, mental, interior; y esa constancia o perseverancia mía en escribir, un día sí y otro también, todas las jornadas del año (puede que haya dejado de hacer tal cosa treinta contados días en los últimos quince años), constituye y es, me aguarde un magnífico galardón posterior o no, ya un estupendo premio en sí mismo. Como dijo y dejó escrito en letras de molde Mohandas Karamchand, “Mahatma”, Gandhi, “nuestra recompensa se encuentra en el esfuerzo y no el resultado. Un esfuerzo total es una victoria completa”.

En varias ocasiones, a pesar de las numerosas diferencias existentes entre el personaje real y el ficticio o literario, he comparado a Piérola con el ciego y sagaz primer amo de Lázaro de Tormes, pues casi casi le cuadra al religioso Camilo lo que el presunto narrador anónimo (Miguel Borja Morales, recientemente, en 2022, sostuvo que puede atribuirse la autoría del “Lazarillo” a Juan Bernal Díaz de Luco o Juan Bernardo Díaz de Lugo, que fue obispo de Calahorra y La Calzada de 1545 a 1556), del “Lazarillo”, ¿Lázaro, adulto?, trenza del invidente: “Mas el pronóstico del ciego no salió mentiroso, y después acá muchas veces me acuerdo de aquel hombre, que sin duda debía tener espíritu de profecía”.

   Nota bene

Puede que, conforme me hacía mayor (y los actuales sesenta años que tengo favorecen que me considere así), haya ido madurando la idea de que, como solo cabe leer aquello que quedó escrito (habrá quien aduzca, a fin de refutarme, por ejemplo, que Sócrates no escribió nada, y eso es verdad, pero también que es por su discípulo Platón, que sí escribió, por quien sabemos cuál pudo ser su pensamiento), acaso la literatura (a la que he personificado y, de esa manera, he podido casarme con ella) haya venido a dar cierto sentido a mi existencia (absurda, sin duda, como la del resto de mis semejantes; aquí no hay bula que valga ni distinción). Y esa tal vez sea, en último término, la razón de peso por la que decidí dedicarme, en cuerpo y alma, con ahínco, sin desmayo, a escribir; para ver si algo de cuanto había trenzado y llevaba mi firma (o la de alguno de mis heterónimos, ellas o ellos) merece la pena ser leído dentro de unos años y eso haga que mi nombre perdure y no se diluya o pierda en el tiempo, como lágrimas en la lluvia.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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