#historiasdeverano
¡CUÁNTAS SORPRESAS BRINDA LA EXISTENCIA!
En casteñol (fusión y acaso también mera confusión de castellano y español, aunque, sensu stricto, no sean más que dos netos sinónimos, uno del otro y otro del uno; o dos opciones, una preferible a la otra en determinadas circunstancias, y viceversa; si fueran estas dos maneras de referirse a la misma lengua sendos sobrecitos preparados para ser infundidos, dependiendo de las manos ejecutantes, podría hacerse con ellas algo tan distante, distinto y hasta opuesto como una tisana y una toxina o veneno, siempre que no se echen en saco roto algunos debates a los que he asistido como puro oyente o espectador) solemos usar las paremias o refranes “de casta le viene al galgo (ser rabilargo)” y “de tal palo, tal astilla” para dar cuenta de que el vicio o la virtud del progenitor (hembra o varón) la ha heredado el retoño (ella o él). Ahora bien, que uno/a sea hijo/a de su padre y/o de su madre no le hace acreedor/a al encomio o al denuesto que mereció su progenitor/a, a no ser que este/a se lo haya ganado a pulso, claro.
He conocido hijos como sus padres, mejores (en unos aspectos) y peores (en otros), con defectos similares y con dones distintos, complementarios o no.
Ha habido y hay (y habrá, si consideramos los antecedentes) esposas, madres e hijas, a quienes he escuchado hablar por teléfono (porque era yo quien hablaba con ellas) y me han parecido sensatas, prudentes, circunspectas, pero luego he tenido la oportunidad de leer aquello que habían escrito y me habían enviado y he pensado y dicho qué pobres (por serlo o parecerme a mí cuanto habían urdido o cómo lo habían expresado, pues uno, servidor, sin querer, tiende a comparar esas líneas con las que trenzaban a menudo sus esposos, hijos o padres, y eso es lo que concluye hoy aquí este menda, al menos, provisionalmente; tras dicho cotejo, unos/as salen ganando y otros/as perdiendo).
Ha habido y hay (y habrá, si tenemos en cuenta los casos previos) padres generosos e hijos cicateros, y al revés. Así que aquí, como en un sinfín de ámbitos, los prejuicios no sirven, ya que acarrean su anagrama, perjuicios… sin cuento, a gogó, a tutiplén.
Todo esto viene a cuento de lo que me contó ayer mi amigo Roque, que se lo había narrado, a su vez, su amigo Ernesto. Este, no tan importante como el franco, serio y/o severo, del que disertó Oscar Wilde, en la que fue su última obra de teatro, una comedia, “La importancia de llamarse Ernesto”, fue a casa de su mejor amigo, Fermín, recientemente finado. Las esposas de ellos, Carmen y Sofía, fueron, asimismo, amigas entrañables, íntimas, uña y carne. Ambas fallecieron como consecuencia de un fatal accidente de autobús, hace muchos años, cuando regresaban a Algaso de un piadoso viaje a Lourdes.
Ramón, el hijo soltero de Fermín, que vivía con él, le abrió la puerta, pero no hizo cuanto acostumbraba a hacer su padre (recibirlo con los brazos abiertos, sino con desgana), franquear o dejar expedita la entrada, invitarlo a pasar al salón, a departir durante un rato de lo que fuera con él y su hijo Ramón, si este se hallaba en casa, y a convidarlo a un vaso de vino o un botellín de cerveza y un platillo variado de frutos secos. Fermín murió y parece que ninguno de sus buenos y variopintos gestos hubiera hecho mella en su vástago soltero, de bastos modales.
Ernesto no sabía qué más añadir a lo escrito en su diario, cuando, inopinadamente, recibió una llamada desde el teléfono fijo de Fermín. Su hijo Ramón le pedía perdón por su comportamiento distante y frío. Entonces no entendió su proceder; lo hizo más tarde, cuando recibió una confidencia que le supo a gloria bendita. Ramón se hallaba haciendo el amor con un bombón en el salón, y Ernesto, con su inesperada visita, les había cortado el rollo. Hazte cargo de la situación y ponte en mi lugar, le dijo, disculpándose, Ramón. Lo que este le ocultó, que estaba en su derecho de hacer tal cosa, fue que el pibón con el que Ramón retozaba era la benjamina de Ernesto, su pequeña Belén, su “Nena”, antes de fornicar con ella, como ella se vio obligada y se encargó de aclararle luego, sin darle detalles, ni pormenores, ni pelos, ni señales, a su padre.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
Home