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La vida es una caja de bombones

Ángel Sáez García 09 May 2024 - 14:00 CET
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LA VIDA ES UNA CAJA DE BOMBONES

Como a casi todo quisque que haya superado la mayoridad le consta, una mera variante de la frase que aparece en el rótulo de este texto la pronuncia Forrest Gump, el personaje principal o protagonista de la novela del mismo título, escrita por Winston Groom, de la que el director Robert Zemeckis filmó la película homónima en 1994, con guion adaptado por Eric Roth, por cuyo papel, interpretado por Tom Hanks, este fue galardonado con el premio Oscar al mejor actor.

Le agradezco, de todo corazón, al literato (o al guionista, si es una aportación de este, pues reconozco que no he leído la novela, y, por ende, este dato, en concreto, se me escapa, queda fuera de mi dominio o lo ignoro) la frase de marras, pero me temo que, aunque tiraré de ese hilo que tomo prestado para trenzar esta urdidura o “urdiblanda”, tras llegar a la bifurcación del camino, voy a decantarme por tomar el otro derrotero o sendero, desconocido, a ver adónde me lleva.

La vida es una mezcla extraña, un cóctel raro, pues, ciertamente, algunas anécdotas que nos ocurrieron, por la sencilla y simple razón de que nos las procuró, gratis et amore, el puro hecho de vivir y hallarnos inmersos en ese preciso cronotopo o espacio-tiempo, nos hicieron gracia, y hasta reírnos a carcajada tendida o a mandíbula batiente, pero otros lances nos dejaron apesadumbrados, compungidos, temblando.

Hoy, verbigracia, mientras dormía la siesta, he soñado algo que me ha dejado helado. Hace más de veinte años que no sabía nada (de nada; ni bueno, regular o malo) de un excompañero de la Facultad de Filosofía y Letras; bueno, pues, alguien ha cogido el teléfono móvil que había dejado sobre la mesa que ocupaba Raúl Cuadrado, así se llamaba el aún no mencionado colega, y me ha llamado para darme la triste nueva de que, este, estando solo, sentado en una silla, tomándose una cerveza tostada en el casino “la Fuerza”, de Algaso, adonde, al parecer, había venido a pasar unos días de asueto, tras ser pensionado prematuramente, por enfermedad, en casa de un deudo, un tío o una sobrina, o ambos, le ha dado un infarto de miocardio fulminante y ha caído al suelo cadáver, pues, aunque un médico y una enfermera, presentes, lo han socorrido al momento, y han intentado reanimarlo, recuperarlo cardiopulmonarmente, con las maniobras adecuadas, pertinentes, el esfuerzo de los sanitarios ha sido baldío, infructuoso, en vano.

¡Pobre Raúl! Otro congénere que ha ido a parar (adonde, unos antes, otros después, todos, ellas, ellos o no binarios, iremos) al baúl de los recuerdos; hasta que ya nadie lo rememore y pasará, de manera irrevocable, al baúl de los muertos sin remedio, conformado por aquellos que ya nadie los menciona, porque ya nadie se acuerda de ellos.

Itero; hacía más de cuatro lustros que no sabía nada de Raúl Cuadrado, pero aún obraba mi nombre, primer apellido y número de teléfono en la lista de contactos de su móvil. Según me ha dicho el comunicante, Julio, un cliente habitual del casino, he sido el primero de cuatro que he contestado. Ni Abel, Agustín, Amalia o Amelia, pues no he entendido bien, han respondido. Si él desconocía el motivo, otro tanto me ocurría a mí.

Me he despertado del mal sueño, una pesadilla en toda la regla, agitado y sudoroso, como si cuanto había pasado en el ámbito onírico hubiera acaecido en la realidad. Pero, cuando, por fin, he logrado pulsar el interruptor y dar la luz, me he ido calmando, paulatinamente, al ver todo con más claridad. Me he convencido de que no había razón para el disgusto morrocotudo que había pillado, ya que no existía Algaso, población que me he sacado, como hace un truhan o jugador ventajista, de la manga (bueno, hagamos el denuedo de llamar a las cosas por su nombre, del caletre o pesquis), sumando partes de diversas ciudades reales del norte peninsular, haciendo un puzle o rompecabezas. Varios lectores me han escrito correos interesándose por el particular y preguntándome al respecto, y a todos, sin excepción, les he intentado persuadir con la misma argucia verosímil de que formé el nombre de la villa del septentrión mediante la fusión o inclusión de dos vocablos, algo y as. Algo por ídem, y as por ser el acrónimo de Ángel Sáez, mi nombre y primer apellido, claro; tras la combinación o inserción, quedó así el resultado: Algaso.

Evidentemente, no existe (al menos, que yo sepa) el casino así llamado, “La Fuerza”. Ahora bien, como en el escudo de la bandera de Haití se lee que “L’ union fait la force” (“La unión hace la fuerza”), llamé al que imaginé (donde, por cierto, desde hace la tira de años, todos los viernes se celebra una tertulia de cierta enjundia) con el segundo sustantivo del lema en francés, pues el primero sí me constaba, Casino “La Unión”, en varios lugares.

Tampoco existe Raúl Cuadrado. Elegí dicho nombre por la cercanía fónica que guardaba o mantenía con el sustantivo baúl, con el que pretendía hacer un retruécano o juego de palabras; y escogí ese apellido por un personaje literario, Federico Cuadrado, de la novela “Abel Sánchez” (1917), de Miguel de Unamuno, quien, al oír cualquier ditirambo, se preguntaba, irónicamente, “¿contra quién va ese elogio?”; y es que, me pregunto, ¿puede haber mayor sarcasmo que, tras vivir setenta, ochenta o más años, nadie se acuerde de ti, por ninguna de las obras que hiciste?; además, quería referirme así a la segunda muerte, la definitiva, o muerte al cuadrado. Aunque haya habido en el orbe alguien que se haya llamado y apellidado alguna vez de esa guisa, o llame y apellide hoy o en el futuro así, en ese triple supuesto, que me perdone él o un familiar del finado, pero lamento confirmarle (sin ser servidor un obispo) que eso ha sido producto de una mera coincidencia involuntaria o casualidad, de veras, puede creerme; así como usted, si ha llegado en su lectura hasta aquí, atento y desocupado lector, ora sea o se sienta ella, él o no binario, de estos renglones torcidos.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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