LA POLARIZACIÓN AQUÍ HA ARRAIGADO
“Probablemente de todos nuestros sentimientos el único que no es verdaderamente nuestro es la esperanza. La esperanza le pertenece a la vida, es la vida misma defendiéndose”.
Se lee en el capítulo 28 de “Rayuela” (1963), novela que firmó su autor, Julio Cortázar.
Fray Ejemplo es un religioso octogenario, pero nadie que tenga dos dedos de frente y noticias detalladas y veraces sobre su persona, no bulos o bolas, osará decir, salvo que acepte que puede meter la pata hasta el mismo corvejón, esto es, equivocarse morrocotudamente en los asertos que vierta sobre el probo fraile, modelo conductual, que no es un hombre de su tiempo, puesto que está al tanto de cuanto ocurre en su entorno, sea este el conventual, algasiano, español, europeo o mundial.
El viernes pasado, cuando me acerqué al convento a hacerle la visita semanal, después de darnos el abrazo de rigor, con las dos o tres palmadas proverbiales con la diestra abierta en la espalda del otro, como saludo asiduo, instituido, protocolario, en el recibidor del cenobio, le pregunté sobre el intento de magnicidio del primer ministro eslovaco (a mí, lo confieso sin ambages, siempre que he echado mano del gentilicio susodicho, con el propósito de que el lector esbozara una sonrisa, es decir, sin ánimo de molestar, por lo regular, me ha sonado mal y, sobre todo, olido peor, a axila sudada en verano) Robert Fico, y me soltó como si fuera (él, no yo) un perito politólogo, que he de reconocer que es un entendido en muchas materias, pero no un todólogo, como algunos periodistas patrios, de tres al cuarto, se consideran, sino un polímata, casi un genio o sabio del Renacimiento:
—Juraj Cintula estuvo a punto de acabar con su vida, tras los cinco disparos que realizó —yo ni siquiera me había quedado con el nombre y primer apellido de quien atentó contra Fico, aunque los había leído, pero esos datos no los había reputado principales, primordiales, precipuos, cruciales; sí había retenido la información de que quien apretó el gatillo de la pistola era poeta, al menos había escrito versos; esta consideración me llevó a concluir lo obvio, que hasta quien versea puede ser un iluminado (con las facultades mentales mermadas, desordenadas, desnortadas, o no) y un asesino en potencia—; la polarización y la agresividad retórica, que han echado raíces en muchos derroteros del viejo continente, pueden cristalizar o fraguar —para muestra basta con exhibir un solo botón en el mostrador de la mercería— en cualquier momento en violencia real, pura y dura.
—Es cierto lo que dice Pedro Sánchez, el presidente del Gobierno de España, sobre la “máquina del fango”. Ahora bien, lo que calla el morador del Palacio de La Moncloa es que él es parte integrante del engranaje de dicha maquinaria, que no para de generar o producir mierda; lo digo por el color y el olor parecidos al del lodo o barro. ¿Qué opina usted al respecto?
—Que últimamente, en España, estamos viviendo una campaña electoral interminable y tóxica, que está abriendo profundas divisiones entre unos y otros, entre los “hunos” y los “hotros”, que gustaba diferenciar nuestro querido Miguel de Unamuno. Está visto que, a veces, la experiencia no es un grado, sobre todo, si no aprendes de los errores que hayas podido cometer en el pasado. En España, mutatis mutandis, está ocurriendo tres cuartos de lo mismo que sucedió en Cataluña con el procés, que levantó un muro alto o cavó una zanja profunda entre constitucionalistas y secesionistas o independentistas.
—Está claro, cristalino, que no todo es blanco ni todo es negro. Entre el uno y el otro cabe advertir una inmensa gama de grises.
—Son muchos, pues llegan a conformar una legión, los dirigentes políticos mundiales que han leído “El príncipe”, de Nicolás Maquiavelo. Bueno, pues el grueso de ellos, si no todos, intentan conservar el poder, sea como sea, poco importan los medios que haya que usar, pues cuanto prima e interesa es el fin; incluso llegan a perpetrar auténticas barbaridades legislativas, como promover y aprobar la Ley Orgánica de Amnistía, que es una manera de cargarse u hollar entre otros, el artículo 14 de la Constitución española de 1978, al distinguir cuanto prohíbe nuestra ley de leyes, entre ciudadanos de primera, los amnistiados, y el resto, de segunda. Yo, en el caso de que el Tribunal Constitucional no la abata, aún confío en que en las instituciones de la UE se darán cuenta de la tropelía que se pretende consumar aquí, y estoy convencido de que la van a echar abajo, a derribar, por ser injusta, un desmán en toda la regla. Mientras quienes deben dar buenos ejemplos los den malos, iremos de mal en peor.
—Dicen que la esperanza es lo último que se pierde (recordando el mito de la caja o tinaja de Pandora, nombre que, etimológicamente, en griego clásico, significa todo regalo, don o bien; bueno, pues acaso fuera usado en sentido figurado, irónicamente), pero Friedrich Nietzsche dejó escrito, negro sobre blanco, que “la esperanza es el peor de los males, pues prolonga el tormento del hombre”.
—Sí, me consta que, para él, “tener fe significa no querer saber la verdad”.
—Ya sabe lo que sentenció Karl Raimund Popper, que la verdad es interina, provisional, pues dura en pie, mientras no es refutada por otra, que, en ese mismo instante, la sustituye y ocupa su pedestal.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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