QUIEN QUIERA UNA ALABANZA QUE SE MUERA
MIENTRAS VIVIÓ, FUE ADICTO AL SMARTPHONE
Ha transcurrido un mes justo del hecho. Habrá quien no me crea con motivo, porque la coyuntura o situación, ahora que, por fin, me he decidido a escribir el parágrafo inicial de cuantos patrocine esta urdidura y den cuenta de cuanto acaeció, entre apesadumbrado e hilarante, hasta a mí, lo confieso sin ambages, me resultó increíble, inverosímil.
Hace un mes cabal, insisto y repito, leí en un periódico patrio (no diré en cuál, para que nadie sepa cuál de ellos compro y leo; y, así, las/os directoras/es de los diarios de papel que se publican en España cada jornada, salvo las tres excepcionales, Sábado Santo, Navidad y Año Nuevo, si no marro, crean que es el que ellas/os guían con suma inteligencia, respeto escrupuloso o riguroso por la verdad y mano incorruptible) una noticia necrológica u obituario sobre una de las peores personas que he conocido hasta el momento presente y, añadiré a continuación, que más daño me ha hecho, a lo largo de mis sesenta y dos años de existencia (bueno, acaso servidor esté equivocado y haya echado mano de la hipérbole, a las que soy adicto, pero es lo que creo a pies juntillas) en el planeta azul, la Tierra.
Leí la breve semblanza o recorrido vital de quien contempló absorto, atónito, seguramente, el guiño traidor que le hizo la parca, y esta aprovechó la ocasión, que la pintan la calva, ese instante de atolondramiento, para afilar a escondidas su dalle y darle un corte seco, raudo y oportuno a su cuello, cuya cabeza, nada más verse desprendida del tronco y caer al suelo, rodó como si fuera un balón de fútbol, atraído, como un imán, por la pendiente. Quien firmó el elogio (ya se sabe, quien quiera una alabanza, plena de matices encomiables, que la diñe), si fue honesto en cuanto dejó escrito, negro sobre blanco, del sujeto de marras, conoció a otra persona. Si se demuestra, de modo concluyente, que se trata del mismo, este tenía más de dos caras, o sea, era un poliedro. A mí, al menos, me enseñó en todo momento y lugar, siempre, su faz inmisericorde. En apenas unos días, pocos, poquísimos, el judas pasó de amigo a enemigo. Fue un perito en dar puñaladas por la espalda, es decir, desleal a carta cabal.
Me disponía a borrar de la lista de direcciones de mi teléfono móvil el nombre y el número del congénere difunto, pero, antes de proceder a eliminarlo, me brotó el buen gesto de hablar con un familiar del finado para darle el preceptivo pésame. Así que pulsé, por última vez, la tecla verde para llamar al número del enemigo muerto. Pensé que lo cogería algún deudo directo del fallecido. Sonó apenas dos veces, y ocurrió el milagro, llevándome yo un susto morrocotudo, que me dejó al borde la muerte, pues contestó el propio extinto (bueno, sensu stricto, quien presuntamente había muerto y había sido enterrado o ennichado como tal, pues se hallaba dentro del féretro, con escasa movilidad, pero aún vivo), que me dijo:
—Otramotro, aprovecho que me has llamado para pedirte mil disculpas y otros tantos perdones, porque otrora me comporté contigo como un cabrón; reconozco que fui malo, peor, pésimo. Y ahora voy a lo importante. Alguien, algún medicucho o matasanos, ha firmado mi defunción sin haber muerto. Te pido, por favor, que llames a quien sea, que recurras a la Guardia Civil; que remuevas, si hace falta Roma con Santiago, para que me saquen de este ataúd de mierda, donde me han metido y apenas puedo moverme. Llama a la Policía Nacional, que me queda una raya de batería en el smartphone.
—¿A cuántas personas has llamado antes de que contactara contigo? Sé sincero.
—Si no he contado mal, a cuarenta y siete. Y he debido ser un dragón, endriago u ogro como persona, porque nadie, ni siquiera mis hijos, me han hecho puñetero caso. Han creído que alguien, impostando e imitando mi voz, les llamaba para demostrar su alegría y recochineo ante mi defunción. Había pensado en ti, que eres una buena persona, como último recurso, de veras.
—A otro perro con ese hueso. Te agradezco el cumplido, pero no me cabe la menor duda de que es una más de tus mentiras. ¿Crees, honestamente, que a quien puteaste todo lo que quisiste y más va a levantar un solo dedo para sacarte de la tumba o el nicho donde está sepultado? Si lo menea, será para señalar al suelo. ¿Crees, de veras, que voy a sentir empatía por quien no tuvo un ápice o pizca de ella conmigo y me hizo padecer mil y un infiernos en vida?
—Por favor, Otramotro, ten un gesto de humanidad conmigo.
Y, por no escuchar más embelecos, colgué.
Habiendo transcurrido un mes justo del hecho, tras indagar, he hallado la tumba de mi enemigo muerto (supongo que el difunto ya lo estará de modo definitivo, que no seguirá vivo, vaya, como en la obra teatral, escrita por Francisco Prada e Ignacio F. Iquino, “El difunto es un vivo”, 1939, de la que se hicieron varias versiones cinematográficas; pues, si hubiera trascendido su resurrección, me hubiera enterado por alguno o varios de los mass media), y he tenido ese gesto que me pidió. Sobre la laude (vocablo que, en español, significa, amén de lápida, alabanza) de su tumba he depositado un ramo de rosas rosas a las que había eliminado, una a una, humanamente, sus espinas.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
Home