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De la deslealtad he aquí un elogio

Ángel Sáez García 03 Jun 2024 - 20:00 CET
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DE LA DESLEALTAD HE AQUÍ UN ELOGIO

Tengo para mí que uno no es lo que piensa (¿de qué sirve cavilar sobre esto, eso o aquello, si luego ninguna de esas tres reflexiones tiene consecuencia, correlato y/o recorrido, al quedar en nada?); tampoco es lo que dice (si cuanto profiere queda, igualmente, en agua de borrajas o cerrajas); uno es lo que hace; y, por eso, es lógico y normal que muchos cristianos creyentes y practicantes se hayan quedado con la copla, lo precipuo o principal, que han escuchado más de una vez en misa, durante la lectura del evangelio o la homilía del sacerdote; que, por sus frutos u obras conoceremos a los demás (y, en mutua correspondencia, ellos a nosotros, por supuesto). Uno, por tanto, es cuanto culmina o lleva a cabo, sus hechos, su obra.

Acabo de realizar, sin criterios ni pretensiones demoscópicas, un parco sondeo entre doce personas conocidas; así que no denomino al estudio muestra científica, tal vez me conforme con llamarlo párvula prospección. Les he preguntado, a quienes se han dignado responderme, qué tres cualidades, según ellos, han de atesorar, necesariamente, los amigos auténticos, fetenes, para ser considerados tales. Y los doce han coincidido, al señalar, en distinto orden, tres: empatía, lealtad y solidaridad (que yo me he limitado a expresar aquí por orden alfabético). He de reconocer, sin ambages, que, si este menda hubiera contestado a esa misma cuestión, hubiera abundado en la idéntica tríada mencionada por ellos.

Bueno, pues, hoy, lunes 3 de junio de 2024, fecha en la que conmemoramos el primer centenario de fallecimiento de Franz Kafka, por los motivos que aduciré luego, en lugar de hacer un encomio de la lealtad, me apetece un montón, como se lee en el rótulo que he elegido para que encabezara el conjunto de los renglones torcidos que le siguen, y me apresuro y dispongo a coronar, una alabanza de la deslealtad.

Es evidente que Max Brod, amigo íntimo de Kafka, incumplió cuanto le había ordenado hacer el autor de “La metamorfosis” (1915) en una de las epístolas que le había remitido (que hay quien las considera, grosso modo, el testamento kafkiano), quemar el resto de su obra sin publicar, sin perder el tiempo en leerla.

Queda fuera de toda duda que para Kafka la literatura era su vida y que el único compromiso que tenía que cumplir, a rajatabla, era ser fiel a su vocación de escritor. A Kafka (y a más hacedores; ora sean o se sientan ellas, ellos y no binarios) le cuadran, o vienen como alianza al dedo anular, unas líneas que dejó escritas en letras de molde Jean-Paul Sartre en su obra “Situations IX” (rótulo en francés, que, si no recuerdo mal, se tradujo, bajo los títulos de “¿Qué es literatura?” y “El escritor y su lenguaje y otros textos”, en dos versiones al español), estas: “Si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella. Eso es lo que significa el “compromiso” … Si cada frase escrita no halla resonancias en todos los niveles del hombre y la sociedad, no significa nada. La literatura de una época es la época digerida por su literatura”. Si hoy en día, un siglo justo después de su óbito, Franz Kafka es un clásico, el autor mundialmente reconocido que es, y se siguen leyendo sus obras, una porción de dicho prestigio se lo debe a su amigo desleal Max Brod, que no obedeció su mandato. Puede que el adjetivo kafkiano, reconocido por todo quisque, deba una parte alícuota de su significado (en el sentido de absurdo, angustioso o inquietante) a Brod.

Nota bene

Si tuviera que concentrar en unas pocas líneas la opinión personal a la que he llegado, tras leer (releer, en algunos casos; los cuentos “Un artista del hambre” y “Un artista del trapecio” los habré leído en clase de Creación Literaria varias veces) las obras de Franz Kafka, las iniciaría así, aseverando que él, antes que Jean-Paul Sartre, se dio cuenta de que la existencia humana se reducía a la nada; o sea, que el hombre, qué pena, está desamparado, y es lógico que se sienta perdido, incapaz de entender qué le ocurre a él, en particular, y qué le sucede al mundo, en medio del vacío en el cual se halla, a merced del monstruo de la realidad, que lo amenaza con mil y un tormentos distintos, sin poder asir escudo, ni blandir espada, a pesar del denuedo por obtener ambos, con los que defenderse de sus mandobles. Esas mismas sensaciones propiciaron que Jean-Paul Sartre escribiera en “El ser y la nada” (1943) la frase que todo lector subraya: “el hombre es una pasión inútil”.

Tengo para mí por cierto y, asimismo, irrefutable, que, así como nosotros conocemos a nuestros amigos, en la misma medida, nuestros amigos nos conocen a nosotros. Ergo, ¿quién de cuantos lectores tenga este texto está dispuesto a abatir la siguiente conjetura? Franz Kafka envió esa misiva a Max Brod porque, conociéndole, como lo conocía, sin duda, sabía, a ciencia cierta, que este no iba a hacer caso a aquello que le solicitaba encarecidamente en la misma.

Acaso, una vez más, el adagio por antonomasia de José Ortega y Gasset (“yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo”) también tenga razón de ser para mencionarlo aquí, que, en boca de Max Brod, quedaría así: “Tú, amigo Franz, eres Kafka y tu obra; y si no la salvo a ella no te salvo a ti”.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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