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¿Hoy, lector/a, he tenido un sueño absurdo?

Ángel Sáez García 06 Jun 2024 - 14:00 CET
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¿HOY, LECTOR/A, HE TENIDO UN SUEÑO ABSURDO?

¿SOSTENÍA LO OPUESTO A LO REAL?

Desconozco si al atento y desocupado lector (ora sea o se sienta ella, ora sea o se sienta él, ora sea o se sienta no binario) de estos renglones torcidos le ha sucedido alguna vez, a lo largo de su extensa producción onírica, lo que me ha acaecido esta misma tarde, durante el cuarto de hora de siesta, a mí, que, dentro de uno de los sueños que he tenido (ignoro si mi inconsciente ha elaborado alguno más; no podría asegurarlo ni desmentirlo con rotundidad), servidor sostenía lo contrario de lo que pensaba, lo opuesto a lo real, a lo veraz, pero sin que hubiera ironía de por medio; ergo, con ánimo evidente (ostensible para mí, al menos) de mentir como un bellaco.

Había acudido al cielo (sin haber constatado la experiencia del viaje, ya que este sucedió en menos de un santiamén, o sea, en un ya), porque a Dios le disgustaba que dos personas que Él apreciaba tanto y tan buenos servicios le habíamos hecho (cada uno a su manera, claro) anduviéramos a la greña; así que, como si se trataran de las dos caras de una misma moneda, nos hizo llamar a los dos y convocó a su presencia, imponente, sin duda, con el noble fin de que ambos diéramos un paso al frente en la buena dirección y/o nuestro brazo a torcer, reconociéramos que nos habíamos equivocado y pusiéramos fin a aquella desavenencia diuturna y ridícula que manteníamos y, como remate inmejorable, firmáramos la paz. Según el diagnóstico inapelable que el Ser Supremo había hecho, el motivo o la razón de nuestra discordancia estaba o radicaba en nuestra envidia mutua, recíproca. Nada más escuchar aquella boutade, proferí: “Habló Blas, no se hable más”. Comprobé que no solo yo disentía de Él, pues lo propio hacía, asimismo, Mengano.

Dios me concedió el uso de la palabra, y procedí a argumentar que nunca había envidiado a Mengano. Bueno, puede que sí, y varias veces, como tuve oportunidad de constatar, su capacidad de trabajo, pero, como esa virtud también la advertía en mí, este menda no podía envidiar el don o la facultad que demostraba abrigar o tener en público, como él. Le había estado agradecido y aún lo estaba por haber venido con Fulano a visitarme al recinto hospitalario (qué menos podía hacer un aspirante a ser en el futuro próximo religioso camilo; bueno, pues he aquí el aberrante absurdo o desmán, salvo otra pareja de compañeros, ningún responsable —más bien irresponsable— tuvo a bien acercarse al tudelano hospital “Nuestra Señora de Gracia” —qué poca gracia me hizo el no hecho (me enmiendo al momento), deshecho, a mí—, donde permanecí ingresado cerca de tres meses) y, sobre todo, por haberme traído copias de los apuntes y (esto no es baladí, sino distintivo, pertinente y relevante) haberme dejado, cuando me reincorporé a la residencia zaragozana y a la actividad estudiantil, sus chuletas, que me ayudaron a salir airoso de los exámenes que me hizo, velis nolis, el profesor de Geografía Humana y Económica con retraso, que me sirvieron para tal fin, para superar la barrera, listón o valla del aprobado en dicha materia. Reconozco que yo sí usé esas chuletas, pero desconozco si le fueron igualmente útiles a su hacedor, por lo obvio; cuando él, Mengano, las pudo utilizar yo estaba a casi cien kilómetros de distancia, ingresado en el hospital.

Tomó la palabra Mengano y dijo: “Aunque Ángel tiene la rara capacidad de aprovechar la menor grieta u oportunidad que se le presenta para afearme alguna conducta, me avengo a darle la mano (porque con ella va el tomo de las revistillas, tan ansiadas y durante tantos años por él)”.

Nota bene

Se cazan más moscas con una cucharada lisa de miel que con un barril lleno de vinagre. Las líneas precedentes no las pronunciamos ni Mengano ni yo. Aunque haya quien adjudique meras variantes de dicha frase a San Francisco de Sales o a Don Bosco, de mancomún, hemos decidido asignárselas a Dios. No al Todopoderoso convocante, sino a Piérola (según mi calificación o catalogación, que no ha refutado Mengano), que incluyó, entre los materiales del “cursillo”, la Fábula XI, una décima titulada “Las moscas”, del poeta Félix María de Samaniego, cuyos cuatro primeros versos me aprendí allí, durante los quince días que duró el mismo, de memoria: “A un panal de rica miel / dos mil moscas acudieron, / que por golosas murieron / presas de patas en él”.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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