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Ahí va mi secreto: yo soy tú

Ángel Sáez García 12 Jun 2024 - 14:00 CET
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AHÍ VA MI SECRETO: YO SOY TÚ

He recordado tantas veces las dos frases indelebles de Demetrio de Falero, el primer director que tuvo la biblioteca de Alejandría (reconozco que no me sé más; a saber, una, que “un hermano puede que no sea un amigo, pero un amigo siempre será un hermano”; y dos, que “en la prosperidad, el verdadero amigo acude a tu casa al ser llamado y, en la adversidad, sin serlo”), que, por un mínimo de coherencia ética, humana, humanitaria, intelectual, moral, me siento impelido u obligado, aunque no me resulte grato, pues no me puedo escaquear, eludir la responsabilidad, ni negar, a acudir al hospital a ver a quien le quedan días, horas o un suspiro para diñarla.

Hasta ayer, cada dos o tres días, llamaba por teléfono a mi amigo Críspulo; hablaba primero con su segunda y actual esposa, Maribel, y luego con él, pero ayer, antes de despedirme, “Cris”, aquí hipocorístico de Críspulo, no de Cristina, me dijo que le gustaría hablar conmigo, largo y tendido, de lo divino y de lo humano. El tono de su voz era más de ruego que te otra cosa:

“—Tú, como has estado varias veces en un tris de morir, acaso me brindes el argumento que me sirva para afrontar el pronto desenlace”.

A lo que yo le repliqué:

“—Te voy a ser honesto y sincero, Cris; si es solo por eso, ahórrame el mal trago, la angustia, porque carezco de él; no lo tengo; es más, no creo que nadie lo atesore; ya sabes qué pienso al respecto, lo mismo que Jean-Paul Sartre tantas veces dijo y dejó escrito en letras de molde en ‘El ser y la nada’, 1943, que ‘el hombre es una pasión inútil’; es duro, muy duro, sin duda, pero es la pura verdad, en tu caso, en el mío y en el de cualesquiera congéneres que nos precedieron y nos seguirán en este absurdo o sinsentido que es vivir, sí, para nada”.

Pero, Críspulo, inaccesible al abatimiento, animándome a ir, me repuso:

“—Otramotro, ya barruntas que es para darte el último abrazo, si aún me quedan fuerzas para rodear tu pecho o torso, y decirte algo al oído”.

Sin meditarlo, si pensármelo apenas, le retruqué:

“—Me molesta sobremanera que me digan secretos, que no sé si podré llevarme a la tumba conmigo, pero vale; mañana te veo y hablamos”.

Cuanto me ocultó fue de lo que me he enterado hoy, viernes, cuando lo he visitado en la habitación individual que ocupa en el hospital, que había hablado seriamente con su médico y que había decidido aprovechar el finde para, siendo consciente de cuanto ocurre y le pasa, despedirse de familia y amigos, pues el lunes lo sedan. Y santas pascuas. Ya no habrá posibilidad de dar vuelta a la hoja.

Críspulo es un puzle; contiene partes o piezas de un montón de amigos, con los que he abundado o coincidido y discrepado a lo largo de mi existencia. A todos ellos los quise y quiero y no deseo que les falte nunca mi abrazo, lo necesiten antes o después que yo.

Pensé que Críspulo anhelaba que escribiera, lógicamente, su necrológica, pero, sacando el humor de no sé dónde, de qué pozo, me recordó los versos del poeta metafísico británico John Donne, que tantas veces me escuchó rememorar con ocasión de haber acudido juntos a cientos de misas de funeral, y que pertenece a la Meditación XVII de “Devociones para ocasiones emergentes”: “La muerte de todo hombre me disminuye, porque yo formo parte de la humanidad. Por eso, no preguntes por quién doblan las campanas: doblan por ti”.

Y me dijo al oído lo esperado: “Como no tienes vocación de santo, ni quieres que veneren tu reliquia, ahí va mi secreto: yo soy tú”.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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