SON LOS BESOS DE ROSA SALVADORES
“Ayer murió en Algaso una mujer fetén, Rosa García Gracia, la hermana pequeña de los mellizos Evaristo, el zumbón farmacéutico, que tiene su botica en la calle Mayor, y Gervasio, el serio ingeniero de caminos, canales y puertos, que vive y trabaja en Zaragoza (después de haberlo hecho, durante más de década y media en el extranjero, en distintas ciudades de los cinco continentes).
“En el escaso cuarto de hora que estuve en el tanatorio y sus alrededores, vi allí, prácticamente, si no a la entera Algaso, al grueso de su apenada ciudadanía; ahora bien, en el interior de la colegiata de San Miguel (y demás arcángeles) he de ser sincero y aducir lo mismo que, durante y después del oficio religioso, el funeral, comentamos cuantos congéneres estuvimos dentro, bajo su techumbre, apretujados, que no cabía un alma más. Nadie que hubiera nacido en la muy noble y muy leal ciudad del septentrión peninsular y pudiera desplazarse, de manera autónoma, por sus propios medios, se privó de acudir y acompañar a Rosa en sus exequias.
“Mientras esperaba en la Plaza de la Constitución (como el resto del compungido público asistente) a que llegara el coche fúnebre, frente a la escalinata de la colegiata, escuché dos versiones resumidas de dos de los muchos ósculos sanadores y salvadores (milagrosos acaso sea un adjetivo exagerado, hiperbólico) que había dado Rosa a lo largo de su vida.
“El primero de esos castos besos inolvidables se lo brindó, según escuché a la fémina que lo narró, a un motorista que había tenido un accidente. La moto y quien iba montado en ella se habían salido de la carretera en una curva cerrada, y el vehículo se estrelló, qué mala suerte, sí, contra el tronco de un árbol, una encina o higuera. Rosa, a la sazón, viajaba de ocupante en el automóvil que iba, a la distancia prudente, reglamentaria, inmediatamente detrás de la motocicleta; y tanto la conductora como la copiloto (el auto iba lleno, con cinco jóvenes chicas, que, de madrugada, regresaban a Algaso de un pueblo cercano en fiestas) vieron el accidente. Se bajaron del mismo, dejaron las luces largas dadas y acudieron presurosas a socorrer al herido, que daba, cuando llegaron a su altura, unos alaridos doloridos, lastimeros, quejumbrosos. Rosa aún no había acabado el grado en Enfermería, pero actuó como una perita profesional. El joven no paraba de gritar de dolor (lo lógico; se le veía el hueso del fémur, pero Rosa no se lo dijo; pensó que debía hacerle un torniquete, pero, aparentemente, no se le había roto ningún vaso importante, pues su sangrado no era aparatoso; así que se limitó a vendarle la herida con lo que encontró dentro del botiquín de la guantera). Lo colocaron a un metro y medio de distancia, de donde quedó desplazado, tras el golpe, en posición decúbito supino, y trajeron una manta del coche para arroparlo, porque, a la intemperie, hacía rasca. Antes de que llegara la ambulancia, que lo trasladó al hospital, el joven, pensando que no saldría vivo del percance, le pidió a Rosa que le diera un beso casto (en los labios, pero sin llegar a contactar sus lenguas) y Rosa, tras pedir a sus amigas que se dieran la vuelta, se lo dio.
“El segundo de los besos de Rosa que se relató, otro de los muchos que dio, se lo estampó a un suicida. Ella regresaba de dar su habitual paseo vespertino (era primavera) o de una breve estancia en un huerto de un deudo o amigo por el camino de Las Acacias y, en mitad del puente romano sobre el río Ebro, se percató de las intenciones de un varón adulto, de entre cuarenta y cincuenta años, que estaba rezando, mientras lloraba (o estaba llorando, mientras rezaba), eso es, al menos, lo que Rosa contestó más tarde a los policías que le interrogaron para conocer su versión de los hechos. Como ella conocía el resultado halagüeño que habían tenido sus besos anteriores, le propuso acercarse al suicida y darle otro, por si ocurría lo propio, que este deviniera en mano de santo y salvara a otro semejante de morir ahogado (en este caso) seguro (o casi). El ósculo cursó con las mismas consecuencias favorables de los precedentes, pues el semiconvencido suicida desistió al instante de su propósito. Le había salvado el beso de Rosa”.
Nota bene
Al lector (ora sea o se sienta ella, ora sea o se sienta él, ora sea o se sienta no binario) habitual de las urdiduras o “urdiblandas” de Otramotro le consta, de manera fidedigna, que en el texto que porta el rótulo de “Quien burla la ocasión evita el riesgo” daba cuenta servidor de un hecho inesperado. Doña Pilar de Juan, la responsable de la biblioteca “Luis Cernuda Bidón”, de Algaso, me entregó en la calle Eusebio Zapador (o sea, Eza) el libro titulado “Algaso”, cuya existencia desconocía. En él, negro sobre blanco, leí el texto que abría el volumen; la pieza llevaba la firma de su hacedor, fray Ejemplo, y se rotulaba así “Con el pacharán no nos pasaremos”.
Bueno, pues la urdidura que antecede a esta Nota bene es la última de las 28 teselas que componen la obra coral, el susodicho mosaico, y porta la rúbrica, pásmese usted, lector, al conocer la nueva de quién fue su autora, porque me dispongo a ofrecérsela, como primicia, a continuación, la misma Rosa García Gracia. Ergo, la que acaba de leer no es una crónica necrológica escrita por este menda, y sí por la persona que la firmó. Me consta que ella le preguntó a mi maestro (y al de mucha más gente, que lo reputan así, como yo, y guía o gurú) qué cita o epígrafe podía poner delante de las líneas que conforman su urdidura, y fray Ejemplo, que, si no es infalible, suele parecerlo, al dar, de ordinario, con sus dardos de lleno en el blanco o centro de la diana, no lo dudó, el adagio proverbial de José Ortega y Gasset: “Yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo yo”. Pero ella, por la razón que fuera, al final, no lo colocó.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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