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Reconozco que otrora fui caníbal

Ángel Sáez García 13 May 2025 - 14:00 CET
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RECONOZCO QUE OTRORA FUI CANÍBAL

Esta tarde, mientras estaba descansando en los mullidos brazos de Hipnos y de Morfeo (hasta ahora lo venía haciendo, normalmente, en los de uno o el otro, su sustituto, pero hoy he tenido la suerte de cara y, por ende, de que fueran los dos, padre e hijo, quienes sostuvieran mi anatomía en posición yacente, y he disfrutado tanto que he tomado por corazonada o pálpito el hecho y me he dicho “algo bueno, mejor u óptimo se avecina”), durmiendo a pierna suelta (cuando alguien osa preguntarme por cuál, unas veces, me decanto por una, la diestra, y, otras, me inclino por la otra, la izquierda, para variar, y es que, como dice el dicho que así lo airea, en la variedad está el gusto —tuve un compañero de piso y facultad que, amén de contagiarme varios rasgos de su carácter o idiosincrasia, usaba una variante del mismo y, como le agradaba cambiar cada fin de semana de “chorba”, de esa guisa llamaba a su churri o novia, solía aducir esto otro: “El gusto está en mudar de nudo busto”—), durante mis habituales quince minutos de siesta, he protagonizado un episodio onírico extraño (nada fuera de lo común u ordinario).

He soñado que estaba de vacaciones en Roma y, a la entrada o a la salida (según se mire) del Panteón de Agripa, me he dado de bruces con Hannibal Lecter (que tenía el rostro con el que lo imaginé cuando leía la novela de Thomas Harris, no con el de Anthony Hopkins, cuando vi la película homónima, “El silencio de los corderos”, dirigida por Jonathan Demme, tres años después, en 1991), el caníbal; y, como he debido poner cara de asco, pues no me ha dado tiempo de fingir la repugnancia que he sentido al reparar en él, me ha dicho:

—Yo hace mucho tiempo que no como carne humana. Además, hace lustros que me confesé todos los pecados que había cometido hasta entonces, y el sacerdote con el que hice dicha cura de humildad me absolvió de todos ellos, porque la penitencia que me puso la cumplí a rajatabla, al rezar todos los padrenuestros, las avemarías y las glorias que sumaban el agregado, las ciento ocho oraciones, tres docenas de cada una.

—Le veo jubiloso, harto de contento.

—Oye, ¡qué magnífico invento tenéis los católicos con vuestra religión! Puedes cometer un sinfín de fechorías, pero te confiesas y quedas limpio de toda culpa, impoluto. No me extraña que el ingenio, propio de un genio, sin duda, quiero decir, el tinglado, no se haya venido abajo en dos mil años, o sea, siga vigente, en pie. Le auguro otros tantos, si no se va antes al garete el planeta azul, la Tierra.

—Me parece una blasfemia en toda la regla lo que acabas de decir, Hannibal; diré más aún, es una herejía de tomo y lomo cuanto has proferido. Así que puedes ser excomulgado en cualquier momento.

—Parecida a la que tú pensabas, pero no te has atrevido a decir o has callado. Tú solo sabes el porqué. Has de saber que me he limitado a leer tu pensamiento y aducir con mis propias palabras cuanto tenías en la punta de la mui o sinhueso y, por adelantarme, te he chafado o frustrado la autoría de la primicia, pero se lo ibas a aseverar así, tal cual, a tu última churri o novia, a la que te peta llamar en tu diario “chorba”, como siempre has hecho, pero ahora, al menos, te duran un mes, no como antaño, apenas unas horas de una única noche, a las que te placía acariciarles los pechos, sus senos, y si se dejaban succionar los pezones, pronosticabas que podría haber fuegos artificiales en la cama. Es decir, un par de polvos mágicos.

—¿Cómo puedes leer mi mente?

—Dios (o el azar, seudónimo que suele usar cuando no le apetece firmar con su nombre) reparte dones. A ti te concedió el de la escritura y a mí el de la lectura de conciencias.

—¿Puedes enseñarme a hacer lo propio?

—¿Puedes enseñarme a escribir?

—Ya sabes qué te voy a contestar. Así que sigamos a lo nuestro. Yo hace un montón de años que tampoco como carne humana, ya que me he dado cuenta de por dónde querías ir. Ciertamente, de alguna manera yo también fui antropófago, porque, cada vez que acudía a comulgar, me comía una porción o el cuerpo entero de Cristo; eso es, al menos, lo que decía el sacerdote, antes de dejarlo sobre mi lengua o la palma abierta de mi mano, casi siempre la izquierda, o la persona delegada por él, fuera delgada o tan gorda como él, que le ayudaba a repartir porciones o el cuerpo íntegro de Cristo transustanciado, en forma de hostia, durante la comunión, entre los miembros de la grey. ¿Ha sido mucha la tentación?

—La indulgencia plenaria era y es una bicoca.

—Bienvenido el milagro del jubileo. ¡Menudo chollo! ¡Tamaño negocio!

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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