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Mi abuela Cruz tenía la tez blanca

Ángel Sáez García 05 Feb 2026 - 14:00 CET
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MI ABUELA CRUZ TENÍA LA TEZ BLANCA

Ayer, por la tarde, sentado en la silla que queda libre de la media docena que rodean mi mesa de trabajo, con el codo de mi brazo izquierdo apoyado sobre dicho mueble y el antebrazo derecho en el borde circular del mismo, miraba los agarradores o pomos negros de las puertas del armario blanco de la despensa, sin haber cazado al vuelo la idea o Costanza sobre la que discurrir o disertar. Tenía empuñado el BIC azul con los dedos pulgar, índice y corazón de mi diestra (si la inspiración existe, si consideras que cuanto te susurra al oído tu musa merece la pena ser anotado en tu libreta de apuntes, conviene que te coja preparado), y dirigía la tinta de su punta a la media cuartilla gualda, pero no había escrito todavía nada, cuando, de repente, desconozco el porqué del caso, ignoro el motivo o la razón, he caído en la cuenta (no en la cuneta, yerro que he cometido más de una vez mientras pulsaba las teclas de la computadora que usaba), de que había sido injusto. A mí, que me complace o encanta un montón ser cabal, imparcial, me ha dado hoy por ejercer la autocrítica y afear mi conducta, en concreto, el espacio o trato desigual que había dispensado, literariamente hablando, a mis yayas. He reparado, tras celebrar un juicio célere, que ha durado apenas un santiamén, que había redactado más líneas en las que hablaba de mi abuela paterna, Gregoria, “Goya”, que en las que peroraba de mi yaya materna, Cruz, que era de cara blanca, por su cutis, y buena persona, como “Goya”. ¡Qué va a decir el nieto de ambas! Pues, qué menos, ¡corresponder a los encomios, las flores o lindezas que las dos me echaron seguramente cuando yo estaba ausente!

Sé que he trenzado una pieza en la que narraba que, durante los días de verano que, siendo yo un crío, pasé en Cabretón (La Rioja), Cruz y su vecina, la tía Martina, que vivía a escasos veinte metros de su casa, se lavaban el pelo, se lo peinaban con parsimonia y hacían unos moños muy monos. Reconozco que yo me quedaba embobado viendo cómo realizaban mutuamente esas tareas vespertinas, en las que yo apreciaba el derroche de cariño que se brindaban de manera recíproca. Llegué a pensar y sentir (acaso debido a las neuronas espejo) que era yo el agasajado (¡qué gustirrinín!) con el esmero o primor de sus manos.

Ahora bien, insisto, en el día de la fecha, por esos extraños e ignotos senderos, llámense anfractuosidades o circunvoluciones, por los que discurre la memoria, que tiene sus caprichos, me he acordado de una tarde del estío de 1981, cuando mi madre, estando pasando parte de nuestra familia unos días en la casa de mis abuelos maternos, me pidió que le echara una mano, porque iba a asear a la abuela, que estaba encamada. Recuerdo que llevé, en dos viajes, a la habitación donde ella se hallaba tumbada boca arriba, dos jofainas o palanganas con agua caliente de la cocina. Una era para que la utilizara mi progenitora y otra para que la usara yo. Dentro de ellas, sobrenadando, había sendas esponjas previamente enjabonadas por mi progenitora.

Recuerdo que mi abuela Cruz miró a mi madre, su benjamina, a los ojos, y mi progenitora entendió el mensaje, lo que quería comunicarle, sin que hubiera mediado una sola palabra entre ellas, que había un intruso en la alcoba, que era yo, y a ella le daba cierto apuro, pudor o vergüenza, que estuviera presente. Mi madre, que cumplía regularmente con su gracia de pila, Iluminada, tuvo uno de esos momentos de lucidez y hasta de genialidad y echó mano de su sinhueso para razonar y aducir un argumento irrefutable. No he olvidado qué alegó: “¡Por Dios, madre, que el próximo curso Ángel, tu nieto aquí presente, va a empezar a estudiar la carrera de Medicina en la facultad de Zaragoza! Está claro, cristalino, que el impecable razonamiento esgrimido por su hija fue concluyente y convincente, porque el apuro, embarazo o reparo se le borró en un pispás a la abuela de la cara. Y pudimos hacer el aseo con el mismo cariño que ponían la tía Martina y ella cuando se lavaban el pelo, lo peinaban y se hacían aquellos moños tan perfectos, siendo yo un infante de corta edad. Yo me dediqué a los pies y mi madre a otras zonas más pudorosas o púbicas. De esa anécdota de esa tarde de ese verano concreto me acuerdo perfectamente.

Releído lo trenzado, manifiesto que he quedado satisfecho de la labor realizada, porque he corregido algo el desfase existente entre abuelas, el desigual trato literario dispensado.

Nota bene

Bueno, pues, puede admirarse el atento y desocupado lector (ora sea o se sienta ella, él o no binario) de estos renglones torcidos, porque acaeció la sorpresa. Mientras daba el paseo nocturno, posterior a la cena, ayer llamé por teléfono a mi hermana María Pilar, con quien no había cruzado palabra durante la jornada, y, entre otros comentarios sin importancia que nos hicimos, le mencioné el asunto o tema del último texto en prosa que había escrito. Se lo referí grosso modo, y le faltó tiempo para replicarme que yo estaba confundido o equivocado, que eso no había ocurrido así, porque ella había visto a la abuela Cruz muerta, de niña, y se negó a cumplir, en redondo, la sugerencia que le hizo nuestro padre, Eusebio, de que diera un beso a sus restos mortales.

Como la discrepancia era evidente, le dije que, cuando llegara a casa, llamaría a nuestra prima Manoli para que me sacara de dudas. Coincidió con el parecer de mi hermana. Me adujo que su hija mayor, Rosana, había nacido en octubre y la abuela Cruz murió en noviembre de 1975. ¿Cómo puede ser eso verdad, si yo tenía recuerdo fiel de lo contado en el cuerpo de la noticia, arriba? ¿Qué ha acontecido? ¿Puede que uno recuerde con pelos y señales no solo lo que ha ocurrido en la realidad, estando despierto, sino también lo que ha sucedido en un sueño? Cuanto uno vive en la realidad lo considera auténtico, fetén, pero ¿acaso no vive como real también lo que sueña?

Puede que la anécdota acaeciera seis años antes, en el verano de 1975, y que, en lugar del argumento de que iba a estudiar Medicina, adujera mi madre que iba a estudiar para sacerdote y cuidar a los enfermos, como san Camilo de Lelis. Recuerdo que asistí también al entierro de mi abuela en Cabretón, pero ¿eso ocurrió tal cual? No he olvidado que con la muerte del dictador Francisco Franco nos dieron una semana de vacación. ¿Ese hecho propició que pudiera acudir a las exequias de mi yaya Cruz? Acaso tenga razón Oliver Sacks y todo acto de memoria sea hasta cierto punto un acto de imaginación consciente o inconsciente, voluntaria o involuntaria.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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