COMO SU SOMBRA, AL MAL LE SIGUE EL BIEN
He de reconocer lo obvio, que me encantó la definición que dio Martín Caparrós en una de sus Pamplinas, certero (por irónico) y humilde marbete, la titulada “La palabra inteligencia”, en la página 6 del número 2.582 de EL PAÍS SEMANAL, donde el atento y desocupado lector (ora sea o se sienta ella, él o no binario) de estos renglones torcidos pudo leer lo mismo que leí yo, que “la inteligencia, tan indefinible, se puede definir como una cruza de esas dos aptitudes: la capacidad de elegir entre muchas la mejor opción, la de juntar elementos que parecen distantes y lograr algo nuevo de esa síntesis”. ¿Que por qué? Porque, precisamente, eso es lo que vengo haciendo, antes de colocar la punta de mi bolígrafo BIC azul sobre la media cuartilla gualda, tras reunir en mi mente los materiales (pensamientos, sentimientos y emociones) sobre los que me dispongo a discurrir o disertar.
Hoy, por ejemplo, noto que gravitan alrededor de mi cacumen tres ideas con rango de certezas. La primera sostiene que casualidad y causalidad, anagramas entre sí, se entremezclan, entretejen o entreveran. La segunda, que realidad (verdad) y sueño (ficción) hacen lo propio, se complementan y completan. Y la tercera, certera también, sí, su anagrama, que no hay mal que por bien no venga.
En el diálogo “El banquete”, de Platón, Aristófanes defiende la tesis de que algunas personas somos semiesferas y necesitamos de una semiesfera complementaria para sentirnos realizados, plenos, llenos; en plata, que hallar a nuestra media naranja nos hará dichosos. A mí, mutatis mutandis, me vale la hipótesis del cómico griego para explicar la unión o fusión del consciente y el inconsciente de una persona. A la pata la llana, que lo que no nos ocurre en la realidad, en estado de vigilia, estando despiertos, para compensar, equilibrar la balanza o promediar, nos acaece en el ámbito onírico, estando dormidos, estupendo supletorio.
Probemos a ver si conseguimos conjuntar las piezas de ese puzle.
El pasado miércoles 25 de marzo de 2026, de chiripa, por azar, me encontré con Isabel, a quien hacía mucho tiempo que no veía, en el interior de una oficina de Iberdrola que hay en la tudelana calle Yanguas y Miranda. Había estado en la susodicha sede para renovar el Bono Social de Electricidad el día 20 de enero (fecha en la que solicité en el SAC de la Casa Consistorial uno de los requisitos, el documento sobre el empadronamiento), pero la joven que me atendió, o no estaba segura de lo que debía hacer o, en su defecto, no puso todo su empeño en llevarlo a cabo, pues quedó el trámite en agua de borrajas o cerrajas, en nada.
Como me llegó al buzón de casa la factura de la electricidad consumida durante el mes de febrero, y de ella se colegía que el citado bono ya no estaba en vigor, volví a la mentada oficina de Iberdrola para solicitarlo. Esta vez la misma joven que me atendió dos meses antes hizo su trabajo de manera competente y me entregó un justificante de haberlo pedido en dicha fecha.
A lo que iba a narrar, que a Isabel y a Leyla (ignoro si escribo su nombre correctamente), cuando eran dos adolescentes, doce o trece años, les echaba una mano en la resolución de sus deberes, si tenían alguna dificultad, cuando este menda acudía al Centro Cívico Lourdes (adonde ellas también iban) a escribir a ordenador el primer borrador de sus textos en prosa. El segundo lo culminaba en la biblioteca municipal “Yanguas y Miranda”, de Tudela.
Cierto día, para demostrarme su agradecimiento, por ayudarles, me compraron y regalaron al alimón una caja roja de bombones.
Otra jornada, al verme (iban juntas por la Avenida de Santa Ana), Leyla colocó sus brazos sobre mi cuello, mostrando su alegría y cariño. Le agradecí el gesto, pero también le pedí que no volviera a hacerlo, y menos en la calle, porque la gente podría extraer consecuencias inapropiadas o improcedentes del hecho.
Bueno, pues, toda esa información la manejó mi inconsciente a su libre albedrío, como hace con todo, porque, la pasada noche (me refiero a la del sábado 28 al domingo 29, no a cuando aparezca esto publicado en mi bitácora de Periodista Digital, pues escribí este texto a mano la tarde dominical), en la que hemos dormido una hora menos, puede que, para compensar el hurto de esos sesenta minutos, he soñado que Leyla, que medía ya más centímetros que yo, volvía a rodearme con sus brazos el cuello y me daba un diuturno morreo, porque los escrúpulos sobraban, ya que no importaba que alguien sacara conclusiones improcedentes, puesto que los dos éramos mayores de edad. Y reconozco que, en el sueño, me ha dejado sin palabras, además de por el gesto, una gesta, por el argumento esgrimido, sin objeción. He flipado, no lo niego. A Leyla no la veo desde hace uno o dos lustros.
Y, aunque al atento y desocupado lector le cueste creerme, cuanto acabo de narrar aquí ocurrió en uno de los episodios oníricos que mi inconsciente me ha suministrado, durante la pasada noche, por haber acudido a renovar el Bono Social de Electricidad (y es que en literatura se da el efecto dominó, que otros llaman rosario, en el que una ficha empuja a otra y esta, a su vez, a otra, o en un hilo a una cuenta se le ensarta otra, y, así, sucesivamente) a la oficina de Iberdrola que hay en la tudelana calle Yanguas y Miranda. ¿Fue una mera cuestión de casualidad o de causalidad?
Nota bene
Como hay quienes no entienden algunas facetas del poliedro que soy, me explicaré brevemente. A ver si esta vez lo consigo. Se puede ser ateo y no ser anticlerical, o sea, estar eviternamente agradecido a los religiosos Camilos, mis educadores. Se puede ser socialista y crítico con algunos comportamientos de algunos dirigentes del PSOE. Se puede tener como periódico de referencia a EL PAÍS y censurar a sus periodistas, si lo merecen. Como todo es perfectible, a mí me gusta que lo bueno sea mejor y que lo mejor devenga en óptimo.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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