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Atraído me he visto y engullido…

Ángel Sáez García 09 May 2026 - 14:00 CET
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ATRAÍDO ME HE VISTO Y ENGULLIDO

POR UN EXTRAORDINARIO TORBELLINO

   “Me considero esencialmente un lector. Como saben ustedes, me he atrevido a escribir; pero creo que lo que he leído es mucho más importante que lo que he escrito. Pues uno lee lo que quiere, pero no escribe lo que quisiera, sino lo que puede…”.

   Jorge Luis Borges

Por un cúmulo de casualidades (y también, por supuesto, de su anagrama, causalidades; ¿acaso no es esa una buena y cabal definición de vida?), el lunes 4 de los corrientes mes y año cayó en mis manos (porque se me entregó como obsequio; gracias, Teresa) la novela “Culpa salada” (Círculo Rojo), subtitulada “Luna de hiel en Tailandia”, de mi paisano, el tudelano David Lucas Ramírez, a quien no tengo el gusto de conocer. Ese mismo lunes, por la tarde, como el finde anterior había sido muy creativo y/o productivo para mí, me concedí la gracia o venia de empezar a leerla… hasta que la terminé. Me vi imantado por el estilo directo que esgrimió su hacedor, como si fuera un remolino o torbellino, un agujero negro que atrajo y/o concitó toda mi atención.

De ese collar o rosario de azares y consecuencias (toda acción genera una reacción o varias), precisamente, va esta novela, como el propio autor omnisciente de la misma se encarga de hacer evidente, patente, cuando le suministra al concentrado y desocupado lector esa específica información en la página 21, dentro del parágrafo que corona el capítulo IV: “Echando la vista atrás, se podría decir que un número indeterminado de casualidades podrían haber evitado la tragedia que conllevó ofrecer ese pegajoso vaso de tamaño ridículo con licor de melocotón. Si Dani hubiera pedido cervezas en vez de dinamitar la noche pasando de fermentados a destilados no se hubieran conocido. Si no hubiera perdido el ‘piedra, papel o tijeras’ no habría ido a la barra en ese momento. Si el portero de Argentina no hubiera detenido ese penalti, no habría nada que celebrar. Si se hubiera enfadado esa mañana en la playa cuando le dieron un balonazo, jamás habría pisado ese bar. Si nunca se hubiera perdido en Bruselas, Clara no le habría rescatado. Él no se habría enamorado. Nada de lo que estaba a punto de pasar habría pasado. Pero pasó”. En ese párrafo está concentrado, como el cerebro dentro de una nuez, el meollo del adagio 105 del “Oráculo manual y arte de prudencia” (1647), de Baltasar Gracián: “(…) Lo bueno, si breve, dos veces bueno; y aun lo malo, si poco, no tan malo. Más obran quintas esencias que fárragos”; que él comprime en las cuatro primeras palabras, “Lo bueno, si breve…”, de la no numerada página 116 de su libro.

¿Que cuál es el resumen que cabe hacer de “Culpa salada”, sin destripar la novela, sin hacer espóiler? Hay opciones diversas, imágenes varias; por ejemplo, el efecto dominó de un absurdo, en el que una ficha cretina empuja a su inmediata insensata, a la que tiene detrás y, así, con la misma dinámica o mecánica, hasta el final, hasta que no queda ninguna ficha en pie (salvo la del protagonista, Dani, que se salva de la quema, de la cárcel, pero lo pierde todo, hasta su identidad). La suma de un borracho más otro borracho da una estupidez doble, infinita en su finitud; y esta puede derivar o devenir en una bomba de efectos insospechados.

Otra imagen posible y plausible puede ser el latinajo abyssus abysssum invocat (el abismo llama al abismo) del Salmo 42, 7, pues una desgracia lleva aparejada otra peor, escalando los problemas, adentrándose o profundizando en el infierno.

El collar de azares, mencionado arriba, ha mutado en otro de perlas, que, tras chocar contra el árbol, se ha roto y los aljófares o las margaritas aparecen diseminadas a lo largo de la novela. En el supuesto de que el lector esperara más, seguro que se convence de que ocurre aquí lo que Plinio el Joven le escuchó decir en un montón de ocasiones a su tío Plinio el Viejo, que no hay libro que sea tan malo que no aproveche en alguna de sus partes. La citada, en la página 21, a mí, al menos, me lo parece, sin duda. O esta otra de la página 29: “Era uno de esos momentos de exaltación y efusividad masculina; una amistad hija de la victoria deportiva y sobrina del alcohol”. Ahora bien, nos encontramos, asimismo, con partes manifiestamente mejorables, perfectibles; verbigracia, esta de la página 37: “(…) Uno de esos que en el telediario avisan que puede herir sensibilidad, cuya única utilidad es el morbo”, que pudo optimizar David Lucas Ramírez de este modo: “que puede herir la sensibilidad del espectador, y resulta contraproducente, ya que, en vez de atemperar o frenar el morbo, favorece e incrementa su interés malsano”.

La secuencia o vía de los hechos y la de la investigación policial de sus corolarios, paralelas, están bien concatenadas o resueltas. No me resisto a apuntar (sin disparar) que hubiera mejorado la novela con una revisión final. Pero David me podría retrucar de esta guisa: ¿Sabes cuántas revisiones hice, Ángel? ¡Ni te imaginas el número exacto!

El párrafo que corona “Culpa salada” me place tanto que no se lo hurto al lector. Me ha recordado, mutatis mutandis, el que culmina Quevedo en su “Buscón”, donde aparece y reconcentra su enseñanza ética: “La justicia no se descuidaba de buscarnos; rondábanos la puerta, pero, con todo, de media noche abajo, rondábamos disfrazados. Yo que vi que duraba mucho este negocio y más la fortuna en perseguirme, no de escarmentado, que no soy tan cuerdo, sino de cansado, como obstinado pecador, determiné, consultándolo primero con la Grajal, de pasarme a Indias con ella y ver si mudando mundo y tierra mejoraría mi suerte. Y fueme peor, como V. Md. verá en la segunda parte, pues nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar y no de vida y costumbres”.

A quien le apetezca pasar una tarde leyendo e imaginando un thriller de acción trepidante se la recomiendo. Hallará momentos en los que el corazón se le encoja e instantes en los que la hilaridad se desborde en forma de carcajada tendida.

   Nota bene

Olvidábaseme de decir que hay suficiente información en “Culpa salada” para escribir el guion de una película. Sea el director avezado o novel, yo ya he visto proyectada en la pantalla peculiar de mi imaginación el filme, como otro tanto habrá hecho el lector (ora sea o se sienta ella, él o no binario) de la misma.

Y, salvo que sea una ironía pactada, me disgusta sobremanera la dedicatoria restrictiva, elegida por David. En la próxima reedición, le recomiendo que la modifique o varíe y eche mano del sarcasmo. La que aparece le hace quedar mal a él (así lo interpreto yo), como un odioso. Ojalá opte por una parecida a esta: “A todos; en especial, al que más se lo merece”.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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