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Razón se tiene, si se tiene en pie

Ángel Sáez García 04 Jun 2026 - 14:00 CET
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RAZÓN SE TIENE, SI SE TIENE EN PIE

Aunque está claro, cristalino, que quien generaliza yerra (asumo, por ende, mi parte alícuota de culpa por haber incurrido más de una vez en ese craso error, en ese cojo, manco y tuerto proceder), grosso modo, en la sociedad española (y extranjera) actual cabe hallar lectores (ellas, ellos o no binarios) de muchas clases (o muchos tipos de lectores). Este menda suele dividir ese abigarrado conjunto de lectores en dos grandes grupos: uno lo conforman los que leen con la intención o el propósito de satisfacer dos evidentes carencias o lagunas (o pantanos sin agua), aprender y deleitarse (los clásicos “utile dulci” o “delectando et prodesse” de Horacio), y otro lo constituyen quienes, además de los dos principios horacianos canónicos, persiguen que algo de cuanto leen les inspire, les sirva de estro poético o numen para crear ellos algo nuevo, que acaso tenga poco y aun nada que ver con la esencia, el meollo o la sustancia de lo leído. A estos últimos he dado en llamarlos egoístas e/o interesados.

Servidor, lo reconoce, sin ambages, es un lector del segundo grupo, egoísta, sí, interesado. O a quien está leyendo le sugiere antes de la página treinta una idea sobre la que poder trenzar este menda un párrafo y, a base de tirar de ese hilo, dar forma a un texto (en prosa, en verso, o en ambos), o le dice, sin requilorios, admite e itera que por mero interés él quiere a Andrés (o a Juan, Rosa, Marta, Fernando, o como se llame el autor), ahí te quedas, abandonado/a (a tu suerte, provisionalmente; no arrumbado, de manera definitiva, por si la culpa es suya), autor y obra.

Mis lectores habituales ya conocen por dónde voy a salir a continuación (¿por peteneras?, tal vez) o seguir, por uno de mis latiguillos o marcas de la casa: Y como en el convento no hay mejor maestro que fray Ejemplo, pondré uno, clarificador.

Acabo de leer las páginas 246 y 247 (esta, incompleta) de la pieza literaria titulada “Y de pronto Rosa Berbel”, del volumen rotulado por Fernando Aramburu, su autor, así, “Utilidad de las desgracias y otros textos” (Tusquets Editores, 2020).

¿Es posible que alguien haya leído el tercer y el cuarto párrafo de dicho escrito y no se haya inspirado? ¿Hay alguien que no haya sido capaz de hallar uno de los numerosos caños de esa fuente de agua vivificante, fresca, creativa, donde beber a morro? Leamos y transcribamos la primera idea del tercer parágrafo: “Es triste que el escritor veterano se obstine en negar los méritos de otros de su oficio por el simple hecho de que sean más jóvenes, creyendo ver en ellos una competencia peligrosa”.

Está claro, al menos para mí, que la edad (como el sexo, el género, el color de la piel, el estado civil, la religión y demás circunstancias) es un factor baladí. A mí, en literatura, lo que me importa es el texto. Hay obras primerizas que son estupendas y otras que son verdaderos bodrios. Hay obras maduras geniales y otras que son un completo fracaso o, aún peor, un fraude. No haber escrito antes nada nada indica o significa (ni bueno ni malo; aunque ese título, “Nada”, fuera, precisamente, el de la primera novela de una autora joven, de apenas 23 años, Carmen Laforet, que fue galardonada con el Premio Nadal en 1944, año de su estreno o primera convocatoria). Haber escrito antes una obra magnífica no debe prejuzgar ni presuponer (dejar por sentado o cierto) que la siguiente también lo será. Cervantes creyó que su “Persiles” superaba a su “Quijote”. Nadie está libre, ni siquiera se libran los genios, de patinar morrocotudamente. Hay quien tiene razón hoy, después de haber aducido o vertido en sus escritos sinrazones a espuertas, a puñados. Mañana puede volver por sus fueros, como en ocasiones anteriores, o dejarnos epatados, patidifusos (por el cacumen derrochado). Completo la idea con los dos versos iniciales, pintiparados, del poema “Melancolía del destierro”, de José Ángel Valente: “Lo peor es creer / que se tiene razón por haberla tenido”.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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