SI NO SALVO A CRISTINA, ME CONDENO
Otrora acepté ser cristino (además de cristiano, por haber nacido en una familia católica, apostólica y romana, y por haber recibido en mi adolescencia y primera juventud la formación religiosa de los Camilos) por la misma razón que Calisto en “La Celestina”, de Fernando de Rojas, se confesó melibeo, por haberme enamorado hasta los tuétanos de Cristina, o sea, haber sentido cómo un grupo de mariposas revoloteaban en esa campana o espacio vacío que había devenido mi estómago, y haber sido ella la primera fémina a la que le besé sus labios horizontales. Y hoy, ahora, admito que aún lo soy o sigo siendo, por el motivo que, si el atento y desocupado lector (ora sea o se sienta ella, él o no binario) continúa leyendo estos renglones torcidos, colegirá y comprenderá.
Terminé de leer la misiva, y concluí lo inconcuso, precipuo y relevante, que todo lo que contaba Raquel en ella era verosímil. Releí dos y hasta tres veces los párrafos que reputé más importantes e interesantes:
“Yo estoy completamente segura, pero entiendo que tú quieras cerciorarte. Adelante; hazte la prueba definitiva y concluyente, la de ADN de paternidad, para salir de dudas; te profetizo y pronostico el resultado: Cristina es tu hija. Aquel verano no hice el amor más que una única vez (con qué tino cursó, sí, el desatino, por obra del azar o del destino) y fue contigo; como recordarás, el coito no acaeció en una cama, sino en la calle, estando los dos de pie, en la oscura esquina que conformaban dos muros de ladrillo.
“No te hubiera escrito, ni enviado esta carta, ni puesto en un compromiso, ni, de verdad, pedirte que le dieras un mordisco al llámalo como quieras, verbigracia, marrón, si no me fuera a morir; pero me quedan (eso me lo confirmó ayer mi oncóloga) seis meses, como mucho, de vida, y quiero que conozcas a tu hija, que lo es, Cris, antes de que yo me vaya. Creo que ella tiene todo el derecho del mundo a conocer quién es su padre; y tú lo mismo a saber que un espermatozoide del semen que eyaculaste dentro de mi vagina me dejó encinta.
“¿Por qué actué como lo hice? Cuando reparé en que se me retrasaba el periodo, caí en la cuenta de la festiva noche algasiana de marras; ahora bien, en lugar de entrarme el pánico, sensación que no me era extraña, pues ya la conocía, me hizo ilusión ser madre, aun estando soltera y sin pareja estable. Sé que hice mal, porque no te pregunté si tú quieras ser padre, pero el apareamiento sucedió sin pensarlo, en una noche loca y ya está. Puedes estar seguro de que, si todo hubiera sucedido sin el contratiempo mencionado, según lo previsto, no te hubiera escrito ni remitido esta epístola.
“Estoy segura de que Cris hubiera insistido en preguntarme y yo le hubiera seguido mintiendo cuantas veces hubiera hecho falta, pero no te hubiera delatado ni, menos todavía, molestado. Pero, a veces, las circunstancias se imponen e imperan. No somos tan libres como nos consideramos o creemos”.
La cuarta vez que releí lo inimaginable e insospechado noté que el ápice o pizca de enfado que me brotó, mientras pasaba mis ojos la primera vez por los parágrafos citados arriba, se había esfumado, evaporado, sublimado. Y ese espacio que había quedado libre lo había ocupado la ilusión, que, si no era idéntica a la que le había surgido a Raquel, cuando constató que estaba embarazada, era de un jaez similar al suyo. Fungió de panacea o mano de santo (para vencer el escrúpulo despistado que andaba pululando por ahí, gravitando sobre mi cacumen) recordar la famosa frase del raciovitalismo de José Ortega y Gasset que tantas veces había proferido mi mui y, asimismo, había escrito el BIC azul que empuñaban los dedos pulgar, índice y corazón de mi diestra: “Yo soy yo y mi circunstancia y, si no la salvo a ella, no me salvo yo”.
Para que todo quedara claro, cristalino, nos hemos hecho los análisis preceptivos, y toda sospecha ha quedado disipada. De consuno (hemos llegado los tres sin discrepancias insalvables al acuerdo común), he reconocido a Cristina como mi hija, y hemos decidido darnos un primer capricho juntos, contemplando el abundante arte románico existente en las provincias desconocidas de Palencia y Zamora.
Ha llegado el momento de confesarle a usted, selecto lector, que el mosaico que ha resultado, con el oportuno añadido de alguna tesela imaginada por servidor para que encajara todo el conjunto, la verdad, que cuanto precede lo he soñado esta pasada noche, mientras me hallaba descansando, durmiendo a pierna suelta, en los mullidos brazos de Hipnos o Morfeo, dentro de uno de los episodios oníricos que me ha suministrado, gratis et amore, mi inconsciente.
Durante mis sueños (ignoro qué les da por soñar a los demás), suelen acaecer hechos que no acostumbran a suceder en el estado de vigilia. Cris me ha llamado en el mismo tres veces papá y, no lo niego, me he sentido (quizá porque podría haber titulado este texto en prosa así, con su solo nombre de pila, “Cristina”), amén de satisfecho, orgulloso.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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