TENER RAZÓN ESTÁ SOBRESTIMADO
He dicho y escrito en diversas ocasiones que, para seguir peregrinando por este valle de lágrimas, que es nuestra existencia en el planeta azul, la Tierra, con dignidad, es imprescindible haber acopiado previamente y estar todavía en posesión de (y/o cumplir a rajatabla) dos requisitos necesarios, el amor y el humor; el amor, para comprender y perdonar, y el humor, para soportar estoicamente cuantos reveses, velis nolis, nos procure o provea la vida. Ahora bien, como servidor lleva casi la friolera de cinco lustros sin sentir el amor diario, sin besar los labios ni tocar la cuidada piel de una fémina, ha probado a suplir esa notoria ausencia o carencia con una doble ración de humor y, por ahora, esa estrategia o plan ha dado los frutos apetecidos o resultados esperados.
Y, como en el cenobio de Algaso sigue sin haber un religioso que aventaje o supere en dicacidad y perspicacia a fray Ejemplo, me veo en la obligación de poner uno, que sea aleccionador, clarificador.
Hoy hay quien sostiene la tesis de que Arthur Schopenhauer no concluyó su “Dialéctica erística o el arte de tener razón, expuesta en 38 estratagemas” porque constató las añagazas o subterfugios de los que acostumbra a echar mano y valerse de ellos la naturaleza humana para intentar ocultar las numerosas taras que acarrea o tiene. La idea la probó consigo mismo, como eso hicieron antes y después muchos científicos con idéntico método, el de ensayo y error, y comprobó, de manera fehaciente, lo que había previsto y esperado, que era verdad. Puede que entonces tuviera razón y aún hoy la tenga, o puede que marrara otrora y ahora. Sin embargo, ese pensamiento suyo me ha hecho recordar, por esos paralelismos que tanto le gusta establecer y hallar a nuestro cacumen, una cuarteta del vate luso Fernando Pessoa, que dice así: “¿El poeta? Un fingidor. / Finge tan completamente, / que hasta finge que es dolor / el dolor que en verdad siente”.
El humanista conquense Juan de Valdés (más que probable y plausible autor de “El Lazarillo de Tormes”), en su celebérrimo “Diálogo de la lengua”, formuló su archisabido y proverbial ideal lingüístico: “El estilo que tengo me es natural, y sin afectación ninguna escribo como hablo”. ¿Realmente escribía como hablaba Juan de Valdés o mentía, como acostumbra a hacer todo bellaco bululú o cuentacuentos que acarrea cualquier hacedor que se precie de serlo? Tengo para mí que fue falaz, mendaz, sí, pero no invertiré ni siquiera un segundo de mi preciado y precioso tiempo en argumentarlo con razones incontrovertibles, apodícticas, de peso, porque no deja de ser una simple intuición. Y yo no soy una fémina, ya que la famosa frase de Rudyard Kipling dice así: “La intuición de una mujer es más precisa que la certeza de un hombre”. ¿De qué me aprovecharía tener razón? Salvo a mi autoestima, que ya está bien servida, de nada.
Como le consta a todo quisque, incluido, por supuesto, Pero Grullo, el antónimo de divertido no es serio, sino aburrido. Uno se siente así, mustio, cuando no encuentra acicate, aliciente o estímulo en nada de cuanto hay a su alrededor.
Esta sería la versión seria del presente texto. ¿Y la divertida, la que espabilara y moviera nuestra hilaridad, cómo sería?
Procedo a coronar dicho menester, en una versión reducida o abreviada (por ser servidor un epígono o partidario del adagio 105 del “Oráculo manual y arte de prudencia”, 1647, de Baltasar Gracián: “Lo bueno, si breve, dos veces bueno; y aun lo malo, si poco, no tan malo. Más obran quintas esencias que fárragos”), pero no le prometo a usted, atento y desocupado lector (ora sea o se sienta ella, él o no binario) de estos renglones torcidos, si decide pasar su vista por ellos, que vaya a reírse a mandíbula batiente o a carcajada tendida. Acaso se limite a sentir unas cuantas cosquillas en el caletre.
Hay quien sostiene la especie cara (cuestión querida), que vale tanto como una cara (no barata) especia, el azafrán, verbigracia, de que el filósofo alemán Arthur Schopenhauer se negó en redondo a concluir su obra “El arte de tener razón, expuesto en 38 estratagemas” porque, cuando se puso a redactarla, constató, de modo fidedigno, que el trato que estableció con las piedras preciosas reunidas, esas gemas, le flipaba y, asimismo, que eran más, pero no consideró ni pertinente, ni distintivo, ni relevante, mu(d-t)ar el rótulo que había elegido para su texto, y, por eso, desistió de seguir con la pamema, que puede ser interpretada como una mera contracción de “pantomima para gente mema”. Ese bebedizo o elixir, esa pócima, la probó consigo mismo y comprobó que en un mismo ser humano, pueden convivir (no sin ciertos roces, rasguños y dificultades,) el doctor Jekyll y mister Hyde, como lo propio experimentó Robert Louis Stevenson y, por haber tenido esa vivencia, escribió sobre ello.
El reputado hermano de Alfonso Valdés, autor del renombrado “Diálogo de la lengua”, cuya primera edición, por contener su título una errata, la falta de ene, fue alumbrado así, “Diálogo de la legua, que no era la distancia que cabía andar en una hora y mediaba entre dos puntos separados, superior a los cinco kilómetros y medio, no, sino la lengua de una yegua a punto de parir que, vete tú a saber por qué extraña razón, antes de dar a luz, aunque Juan Valdés no había cursado la carrera de Veterinaria, por el sencillo motivo de que en el siglo XVI nadie cursaba en España esos estudios, ya que no existía dicha especialidad universitaria, entendió lo que la jaca le decía, como lo propio suele suceder en muchas fábulas, y este le adujo que no se subiera a la parra, por el potro que traía, que a él la afectación no le afectaba, pues, amén de ser inmune a ella, su estilo era natural, y concluyó su aserto así: “como el caballito de tierra que vas a alumbrar, que no va a ser tan chiquitito como uno de mar”.
No me mienta, ni niegue lo evidente; pues barrunto, lector, que se ha reído.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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