PUEDE CREAR UN CLÁSICO EL AUTOR;
MAS, SI ES BUENO EL LECTOR, LO INMORTALIZA
Reconozco que otrora, la primera vez que me llevé a los ojos algunos relatos cortos de Borges, Cortázar y Rulfo, ¡menuda tríada!, quedé encantado de haber coronado dicha tarea. Han transcurrido casi cuatro décadas de aquellos momentos satisfactorios y, como algunas partes de los mismos las recuerdo fielmente, porque hice el esfuerzo ímprobo de aprendérmelos de memoria, puedo aseverar lo esperado y obvio, que me marcaron para bien, que dejaron una huella o impronta indeleble, o sea, honda impresión, en mí.
De todos ellos hay uno que carece de título, y que, por ser breve, me lo aprendí de cabo a rabo. Es el que corona o sirve de colofón a “El hacedor” (1960), de Jorge Luis Borges, y dice así:
“Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los años puebla un espacio con imágenes de provincias, de reinos, de montañas, de bahías, de naves, de islas, de peces, de habitaciones, de instrumentos, de astros, de caballos y de personas. Poco antes de morir, descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara”.
Está claro, cristalino, que es posible y plausible advertir un cúmulo de concomitancias o paralelismos entre las labores de un pintor de cuadros y un escritor. El primero se ayuda de uno o varios pinceles y una paleta que contiene variopintas sustancias de colores que aplica sobre el lienzo o tela. El segundo se sirve de una pluma o bolígrafo y su acervo lingüístico, que va diseminando sobre un papel o folio en blanco (u otro color, el gualdo, verbigracia). No sobra añadir este apunte, que hay quienes directamente redactan la idea que han cazado al vuelo o pescado sin anzuelo, ayudándose del teclado de una computadora, y eso aparece escrito al momento sobre la pantalla del ordenador.
Las cuatro formas verbales que aparecen en el microrrelato borgiano son sendos presentes de indicativo. La sabia elección de Borges propicia que cada vez que lee el texto un lector (ora sea o se sienta ella, él o no binario) la historia que cuenta el mismo sea saboreada como nueva, original, aunque, como se lee en el versículo 9 del capítulo primero del Eclesiastés, nada lo sea, en sentido estricto, bajo el sol. El presente histórico permite que los hechos históricos devengan actuales. Un acierto, sin duda.
Cada lector interpretará el texto (para cuyo título yo hubiera elegido un verso endecasílabo, por supuesto, lo asiduo en mí, o una sola palabra, “Autorretrato”) desde su perspectiva, prisma o punto de vista. Para mí, es evidente lo que Borges pretendió decir con él: que al hombre hay que valorarlo por los frutos de da, por las obras que ha culminado; y, por ende, que no es lo que piensa hacer o ha pensado, ni es lo que dice que va a hacer; únicamente, es lo que hace (o deja de hacer, no prestar auxilio, verbigracia, tras un accidente); y que el cosmos contiene muchos microcosmos.
Nota bene
Nada más decidir que “microcosmos” concluiría la urdidura hodierna, he leído el correo que me ha mandado quien no ha firmado sus renglones rectos. Los encabeza el rótulo que él puso. No son mal remate para estas líneas.
DE FLORES FLORES LÁZARO ES LA COPIA
“A algunos personajes literarios, ficticios, les ocurre tres cuartas partes de lo mismo que a ciertos personajes reales, de carne y hueso, que nada más sentir el primer síntoma de avidez de eviternidad, se toman la única píldora del mercado que ha demostrado, de manera fehaciente, su eficacia, porque la calma en un santiamén o visto y no visto, y da paz, la eviternina. Y, por eso, como suele escribir usted, Otramotro, me apostaría doble (caña o café) contra sencillo a que he encontrado el original de su réplica, Lázaro Lázaro, en el ciudadano costarricense José Flores Flores, que acaba de cumplir 119 primaveras en el lugar donde reside, Obandito de Sardinal, poblado del municipio de Carrillo, y se siente un ‘machete gastado’, según confesó al periodista que lo visitó y entrevistó en su casa, Álvaro Murillo”.
Ángel Sáez García