Jair Bolsonaro, el expresidente que encendió a la derecha brasileña, abandonó este jueves el Hospital DF Star de Brasilia escoltado por un cortejo de motos policiales para regresar no a su hogar, sino a la pequeña y austera habitación de una sede policial donde purga 27 años de cárcel por un intento de golpe de Estado para aferrarse al poder.
A sus 70 años, el otrora jefe de Estado salió por la puerta del centro médico directo a la realidad de reo común, después de que la máxima corte del país le negara, una vez más, el “privilegio” de la prisión domiciliaria pese a su delicado historial clínico.
La defensa de Bolsonaro había presentado a contrarreloj una nueva petición de arresto domiciliario alegando un “riesgo concreto de agravamiento repentino” de su salud, tras una operación de hernia inguinal realizada la semana pasada y un procedimiento para combatir sus recurrentes y extrañas crisis de hipo. Los abogados insisten en que el cuadro del exmandatario se ha deteriorado desde que el tribunal tumbó hace unas semanas otra solicitud “humanitaria”, pero el argumento chocó de frente con el muro de la justicia.
El juez Alexandre de Moraes fue tajante al dictar el nuevo revés: “A diferencia de lo alegado por la defensa, no hubo agravamiento de la situación de salud” del expresidente, subrayó en su decisión, remarcando que los propios médicos hablan de una “mejora de las incomodidades” que venía sufriendo. Lejos de abrirle la puerta de su casa, el Supremo blindó el cerrojo de la celda, convencido de que el líder de la derecha debe seguir entre rejas por el plan golpista que intentó ejecutar tras perder las elecciones de 2022 frente a Luiz Inácio Lula da Silva.
Bolsonaro arrastra desde hace años las secuelas de la puñalada en el abdomen que sufrió en plena campaña de 2018, un ataque que obligó a múltiples cirugías y que su entorno esgrime ahora como prueba de su frágil estado. A esa vieja herida se suman, según sus médicos, una apnea del sueño severa, gastritis, esofagitis y la inusual cadena de crisis de hipo que lo han perseguido con tenacidad, un cóctel perfecto para apuntalar el relato de una salud al límite. Pero el informe clínico más reciente, lejos de apoyar el dramático cuadro pintado por sus abogados, habla de estabilización y mejora, echando por tierra la estrategia de la defensa.
Esta hospitalización de nueve días fue la primera salida de Bolsonaro desde que cruzó el umbral de la prisión, y se convirtió en un episodio cargado de simbolismo: de la cama del hospital, rodeado de médicos y aparatos, al retorno a una habitación mínima, vigilada y sin concesiones, en la que el hombre que presidió Brasil entre 2019 y 2022 cumple su condena por intentar torcer la voluntad de las urnas.
Con su regreso escoltado y la negativa rotunda a la domiciliaria, el mensaje del sistema judicial retumba en Brasilia: no habrá alivio ni tregua para el expresidente que quiso desafiar el resultado electoral.

