Energía, poder y hegemonía en disputa en el hemisferio occidental

Venezuela, petróleo y geopolítica: cuando el relato de la izquierda choca con la realidad del poder

La captura de Nicolás Maduro y la intervención estadounidense en Venezuela han sido presentadas por la izquierda internacional como una “invasión por petróleo”. Sin embargo, un análisis económico y geopolítico serio muestra otra realidad: un país devastado por el chavismo, con las mayores reservas del mundo, convertido en botín geopolítico de China, Rusia y aliados ideológicos, y un Estados Unidos que decide intervenir no para llevarse el petróleo, sino para impedir que siga siendo usado contra sus propios intereses estratégicos.  

Venezuela, petróleo y geopolítica: cuando el relato de la izquierda choca con la realidad del poder
Bajo el chavismo, la distribución del petróleo venezolano siguió lógicas políticas y clientelares más que comerciales. Hablar de “defensa de la soberanía” en este contexto resulta, como mínimo, una ironía.

Un giro geopolítico que incomoda a la izquierda

Lo que ocurre hoy en Venezuela no es un episodio aislado ni improvisado, sino un punto de quiebre en la política hemisférica de Estados Unidos. La captura de Nicolás Maduro marca el final de una larga etapa de tolerancia estratégica hacia una narcotiranía que, bajo el discurso antiimperialista, terminó entregando recursos, territorio e influencia a potencias extranjeras.

Washington ha decidido reafirmar su peso en América Latina, no con retórica diplomática, sino con hechos. Para muchos analistas, esto equivale a una actualización práctica de la Doctrina Monroe: Estados Unidos deja claro que no aceptará la consolidación de enclaves estratégicos de China y Rusia en su entorno inmediato.

Este giro es precisamente lo que incomoda a la izquierda global, acostumbrada a denunciar el “imperialismo” estadounidense mientras guarda silencio ante la penetración sistemática de potencias autoritarias en la región.

Rusia y China: aliados del chavismo, no de Venezuela

Durante años, Rusia y China expandieron su influencia en Venezuela no por solidaridad, sino por oportunidad. El colapso institucional, la corrupción y el aislamiento internacional del chavismo facilitaron acuerdos energéticos, financieros y políticos altamente favorables para Moscú y Pekín.

Hoy, ese esquema entra en crisis. La intervención estadounidense supone un revés estratégico para ambos países, que pierden una plataforma clave en el hemisferio occidental. Desde luego, China y Rusia denuncian la acción como hegemonista, pero el trasfondo es evidente: pierden acceso privilegiado a un país con un recurso energético de valor global.

Venezuela deja de ser un terreno cómodo para la proyección de poder de estas potencias, y eso explica buena parte del ruido diplomático que se escucha desde esos centros de poder.

El petróleo venezolano: riqueza histórica, desastre presente

Venezuela posee las mayores reservas probadas de petróleo del planeta, una verdad que nadie discute. Según datos oficiales de la OPEP y reportes coincidentes de SWI swissinfo.ch, el país cuenta con aproximadamente 303.000 millones de barriles de reservas probadas, por encima de Arabia Saudita e Irán. Lo que sí se suele omitir —y que resulta políticamente incómodo para la izquierda internacional— es que esa riqueza fue destruida en la práctica por el chavismo, que convirtió el mayor patrimonio energético del país en un instrumento ideológico, mal gestionado, corrupto y funcional a intereses extranjeros antes que al desarrollo nacional.

La magnitud estratégica del petróleo venezolano se entiende mejor al ponerlo en perspectiva global. Con unos 303.000 millones de barriles de reservas probadas, según datos de la OPEP, Venezuela posee un volumen de crudo que, en términos estrictamente teóricos, podría abastecer el consumo total de Estados Unidos durante casi 40 años, considerando que la mayor economía del mundo consume alrededor de 21 millones de barriles diarios. Este dato no implica que Washington busque apropiarse del recurso, como sostiene la izquierda internacional, sino que explica por qué Venezuela es un factor geopolítico de primer orden: se trata de una reserva energética de escala histórica, ubicada en el hemisferio occidental y hoy subutilizada, degradada y entregada por el chavismo a aliados ideológicos, en detrimento del interés nacional y del equilibrio energético regional.

De producir más de 3,5 millones de barriles diarios, el país pasó a apenas alrededor de un millón, una cifra marginal para su potencial. No se trata de un accidente ni de una conspiración externa, sino del resultado directo de: La politización de PDVSA, la expulsión de talento técnico, la corrupción estructural y el uso del petróleo como herramienta ideológica.

La izquierda internacional suele hablar de “bloqueo” y “sanciones”, pero evita reconocer que cuando aún no existían sanciones severas, la producción ya se estaba desplomando.

¿Por qué Venezuela ahora? La lógica estratégica de EE. UU.

Estados Unidos consume cerca de 21 millones de barriles diarios. Aunque produce gran parte de lo que consume, sigue siendo vulnerable a las turbulencias del mercado energético global. En ese contexto, Venezuela no es importante por lo que produce hoy, sino por lo que podría producir mañana.

Reinsertar a Venezuela en el mercado energético internacional permitiría a EE. UU.:

  • Diversificar fuentes de crudo pesado
  • Reducir la capacidad de presión de Rusia y Medio Oriente
  • Evitar que China consolide rutas energéticas fuera del sistema dólar

Aquí hay un punto clave que la izquierda omite deliberadamente: Estados Unidos no necesita robar el petróleo venezolano. Lo que necesita es que ese petróleo no siga siendo usado por sus rivales estratégicos.

El argumento incómodo: el petróleo ya se lo estaban llevando

La narrativa dominante acusa a Trump de “venir por el petróleo”. Pero hay una pregunta que rara vez se responde:

¿Quién se lo llevaba antes?

Bajo el chavismo, la distribución del petróleo venezolano siguió lógicas políticas y clientelares más que comerciales. Cuba, aliado ideológico histórico, llegó a recibir en 2025 alrededor de 42.000 barriles diarios de crudo y combustibles como subsidio energético, apuntalando al régimen castrista en crisis.

China, por su parte, absorbió cientos de miles de barriles diarios —alrededor de 470.000 bpd en 2025— parte del cual se utilizó para pagar deudas estimadas en más de 10.000 millones de dólares, en vez de fortalecer la capacidad productiva venezolana. 

Y aunque los datos directos son más opacos, Rusia consolidó su influencia energética y geopolítica ayudando en esquemas de intermediación y comercialización del crudo venezolano, extendiendo así su presencia en el hemisferio.

El resultado fue claro: el petróleo no se tradujo en bienestar para los venezolanos, sino en poder para una élite gobernante y sus aliados ideológicos.

Hablar de “defensa de la soberanía” en este contexto resulta, como mínimo, una ironía.

Impacto económico: expectativas y límites

Para Estados Unidos

El beneficio no es inmediato ni mágico. Recuperar la industria petrolera venezolana requerirá decenas de miles de millones de dólares y años de trabajo. Pero a largo plazo, EE. UU. gana previsibilidad energética y reduce riesgos geopolíticos.

Para Venezuela

Existe una oportunidad real de: Inversión, recuperación productiva y reinserción internacional. Pero también un riesgo evidente: sin reformas profundas, el país puede pasar de un tutelaje ideológico a uno meramente económico.

Para Rusia y China

La pérdida no es tanto de barriles como de influencia estratégica. Venezuela era una pieza simbólica y funcional de su narrativa antioccidental.

Un tablero global más tenso

La intervención profundiza la división entre Occidente y el eje China–Rusia. Muchos países del Sur Global deberán elegir entre el pragmatismo económico y la retórica ideológica.

El mercado petrolero, por ahora, reacciona con cautela, pero el mensaje es claro: el control de la energía sigue siendo control del poder.

Conclusión: la realidad que la izquierda no quiere admitir

El caso venezolano desnuda una verdad incómoda: el chavismo no defendió la soberanía energética, la dilapidó. Bajo consignas antiimperialistas, entregó el petróleo a aliados políticos mientras destruía la capacidad productiva del país.

Estados Unidos no actúa por altruismo ni por romanticismo democrático. Actúa por intereses. Pero lo hace sobre un vacío creado por años de mal gobierno, corrupción e ideologización extrema.

La disputa no es entre imperio y pueblo, como insiste la izquierda

Es entre caos y orden estratégico, entre uso político del petróleo y reinserción en el mercado, entre relato ideológico y realidad geopolítica. Y en ese choque, Venezuela vuelve a estar en el centro del tablero, no por fortaleza propia, sino por el desastre que dejó el chavismo.

 

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