Nunca jamás he visto ni un minuto de Operación Triunfo. Ni de Master Chef. Ni de el programa ese de perdidos en una isla. Ni el programa de citas de la Cuatro. Nunca jamás. Doy mi palabra de honor. Tampoco he visto “La que se avecina” ni otro programa similar cuyo nombre no recuerdo. Estaría bien fundar una asociación de damnificados.
No soy ni un sibarita ni un troglodita, pero siempre me han parecido programas infames, para gente de bajas expectativas vitales, para gentes manipulables, para gentes que necesitan que les digan lo que está bien, lo que se puede y no se puede hacer, para gentes sin personalidad, para gentes adocenadas, sin iniciativa propia, sin criterio propio. Son programas, a mi humilde entender, para gentes que permiten ser amaestradas en lo guay, en lo políticamente correcto, en lo doctrinariamente permitido.
Que ayer o antes de ayer o el otro día (no sé cuándo ha sucedido, solo he encontrado referencia visual) unos cuántos de esos mozalbetes intrínsecamente estúpidos de Operación Triunfo ( ¿o era otro programa similar?) se hayan puesto de rodillas en lamento, queja, súplica y tal vez petición de perdón por la muerte de un ciudadano americano a manos de su propia policía (asesinato vil, no solo muerte) me parece una manipulación de sus voluntades y de la de todos los adocenados espectadores que en buena justicia debería ser castigada con destierro en una isla desierta en compañía de alguno de sus inmarcesibles héroes, tal vez Belén Esteban, Quico Matamoros o cualquiera de esos bichos semisalvajes, asilvestrados, infectos y agusanados que pueblan nuestras televisiones, entre los que también incluyo a impagables monstruos deformes como Risto Mejide, ese infraser que según la Güiquipedia ganó su fama insultando y humillando a los concursantes de un programa.
Estos adolescentes genuflexos son una tristísima representación de una España en la que prima el postureo, la imagen guay y progremita, una maldita España que se cabrea con razón por un asesinato en EEUU pero calla torticera y mendazmente la muerte injustificada e inexplicable de 40000 vecinos suyos. Esta es una manipulable España de mierda de la que me gustaría borrarme para nacionalizarme andorrano, maltés o de Liechtenstein, cualquier país pequeño, discreto y que salga poco en los papeles. Bueno, quizá haya que eliminar Liechtenstein, por difícil de pronunciar y por otros motivos.
Que bueno, que vale, que yo quiero hacerme de cualquier país de esos que he nombrado y donde no exista ninguno de los personajes indeseables, repugnantes y rechazables que he nombrado, países donde la nobleza de carácter, la indiferencia ante lo que dicten las autoridades y el pensamiento propio sean normas habituales. A la mierda, coño.

