LA TRIBUNA DEL COLUMNISTA

Julián Cabrera dispara contra Pedro Sánchez y Pablo Iglesias: «Han proyectado en las bases el fracaso de su diálogo»

"No parece probable para Sánchez una negociación de última hora y casi de número de la cabra con Podemos"

Julián Cabrera dispara contra Pedro Sánchez y Pablo Iglesias: "Han proyectado en las bases el fracaso de su diálogo"
Pedro Sánchez y Pablo Iglesias. EP

Cuatro meses exactos se cumplen este 20 de abril de 2016 del famoso 20 de diciembre de 2015 en el que los españoles creíamos que íbamos a las urnas a renovar la confianza en Mariano Rajoy o en elegir a un nuevo Gobierno.

Sin embargo, desde entonces, nada que ver. Han sido 17 semanas donde unos y otros se han tirado los trastos a la cabeza y, lo peor de todo, que nos volverán a convocar a unos nuevos comicios para el 26 de junio de 2016.

Pese a todo, no es éste el tema fundamental de las tribunas de opinión. Muchos se centran en el escandalazo de Manos Limpias y como el caso de la Infanta Cristina da un giro de casi 180 grados:

Arrancamos en ABC y lo hacemos con Ignacio Camacho que pone de vuelta y media a los de Manos Limpias a los que llega a llamar, ‘distraídamente’, Manos Llenas:

Los sicofantes (o sicofantas, como prefiere la Academia) eran denunciantes profesionales en la Atenas clásica. Al no existir fiscales públicos el ejercicio de la acusación quedaba en manos de particulares y se prestaba al chivatazo sesgado, al ajuste de cuentas, a la intriga falsa, a la difamación mercenaria. De ahí que en castellano el significado de la palabra haya derivado en el genérico de «impostor» o «calumniador», aunque desprovisto de la condición extorsionista que ha adquirido en la práctica judicial contemporánea. La antigua figura del delator a sueldo ha cobrado un nuevo sentido en España al amparo de la susceptibilidad social ante la corrupción, capaz de generar incluso una reciente picaresca del chantaje. El lucrativo negocio de la denuncia retráctil, el oportunista oficio del linchamiento a la carta.

Añade que:

El escándalo de Ausbanc y Manos Llenas – perdón, Limpias (!!!)- era en los tribunales españoles un imperdonable secreto a voces, que tal vez permanecería aún velado en el limbo de los tabúes farisaicos si los modernos sicofantes no hubiesen pisado el cable de alta tensión que corría bajo los pies de la Infanta. Ebrios de impunidad, olvidaron que detrás del caso Nóos se movía el aparato del Estado. Si empresarios, políticos y financieros habían pagado para eludir la acción popular, llegaron a imaginar la imputación de Doña Cristina como pieza de alta tasación en su habitual subasta. Se sentían protegidos por el aura justiciera que les había proporcionado la creciente irritación de una sociedad hastiada por el expolio de sus élites extractivas. Tribunos de la plebe, paladines de la regeneración, implacables debeladores de la venalidad, apóstoles de la pena de telediario y la expeditiva justicia de costureras.

En esta burda coacción recién desenmascarada hay sin embargo un asunto antipático que escapa del simple comercio de imputaciones con marca de la casa. Se trata del papel del juez Castro, obcecado con la idea de sentar a una royal en el banquillo. Dada la oposición extenuante de la Fiscalía, la Infanta fue inculpada porque el magistrado se mostró proclive a los argumentos de la acusación particular moviéndose a favor de una corriente de falso populismo moral que alcanzó incluso a los componentes de la Sala. Conocido el montaje -ay, aquellas comprometedoras fotos de los cordiales gintonics compartidos por la letrada y el instructor-, Castro queda en situación más que desairada. O bien sirvió como colaborador involuntario de un chantaje o utilizó a los sicofantes como instrumento de sus propios criterios subjetivos para articular un procesamiento estelar a la medida de los prejuicios de masas. Y lo peor es que tanto este como otros muchos casos intervenidos por estos presuntos y omnipresentes incorruptibles quedan ahora contaminados por la insoportable sospecha de una manipulación intoxicada.

Antonio Burgos hace una encendida defensa de panamá, sin mayúsculas, refiriéndose al clásico sombrero y no al país de las offshore:

Qué hermosura nuestra lengua, hablada a un lado y al otro de la Mar Océana de la que Colón fue almirante. Tú coges a Panamá, le quitas la mayúscula y le pones un artículo, determinado o indeterminado, y por la magia del español conviertes a una nación, ¡halejop!, en un sombrero. No es que saques un conejo de la chistera: es que el sombrero es la sorpresa de este juego de manos de la magia del lenguaje. Has convertido a la República o a la ciudad de Panamá en un panamá, en un sombrero. Lo he pensado cuando han pasado los fríos, empieza a romper la primavera con sus temperaturas de romance («que por mayo era, por mayo,/ cuando las grandes calores») y para las cardiosaludables caminatas mañaneras en las que ya pasamos del pasamontañas a la gorra habrá que ir pensando en coger el panamá. El que con las alas gachas usaba don Juan Belmonte, el que pusieron de elegante moda Napoleón III o Eduardo VII. El que aunque se llame panamá no es de Panamá, ¿qué va a ser de Panamá?

Recuerda que:

Si en Panamá los que fabrican son canales, como el bailarín y como el torero primo de Rivera. Ni los que los compran imitados en China, fabricados con papel, saben que el panamá viene del Ecuador, ay, triste Ecuador del terremoto, y precisamente de su costa, de la parte ahora desgraciadamente más castigada por el maldito seísmo. Los que fabrican en Ecuador no son panamás, sino jipijapas, palabra veinte mil millones de veces más bella. O sombreros de pajatoquilla. Lo que pasa es que cuando estaban haciendo el Canal de Panamá lo visitó el presidente americano Theodore Roosevelt, y se protegió del sol con uno de los sombreros ecuatorianos, un jipijapa de pajatoquilla, de los que usaban quienes andaban en las obras. Y cuando los americanos vieron su retrato con el jipijapa en Panamá, le pusieron de nombre «panamá» al sombrero. Y panamá se le quedó al ecuatoriano. Aunque a algunos, especialmente a los miembros de la Real Orden Gaditana de la Guayabera, nos guste llamarlos por su verdadero nombre: jipijapa. Te pones una guayabera y te calas un jipijapa, y que te echen calores de la Andalucía. De esa Andalucía de ida y vuelta, como una guajira de Angelillo o una colombiana de Pepe Marchena; de ese Cádiz del que dijo García Márquez que sus muelles seguían esperando al último galeón.

Y se pregunta:

¿Por qué tanto panamá para arriba y panamá para abajo en mi artículo de hoy? ¿Por qué va a ser, carnes mías? Porque, con los blanqueos y fugas de capitales a las sociedades «offshore» de Panamá con mayúscula, cualquiera es el guapo que se pone un panamá con minúscula ahora cuando lleguen las calores. Panamá ya no suena a sombrero jipijapa; suena a evasión de los caudales de los grandes pelotazos patrios de los mangones. Dices que vas a coger el panamá y te echan en cara:

-¿Tú también Panamá, hijo, como Soria, como Almodóvar y como los siete millones de euros que Venezuela les metió a los de Podemos en una «offshore»?

Concluye:

Por eso hay que reivindicar el nombre suyo de jipijapa, que, además, es como un homenaje al herido Ecuador. Padilla Crespo sigue poniendo en las muestras de sus sombrererías: «Artículo español, jornal para los nuestros». Yo añadiría, con el sombrero jipijapa «en la mano como persona de diplomacia»: «Jipijapa ecuatoriano, auxilio humanitario para la población damnificada por el terremoto». Todo menos que te tomen por trincón con una sociedad «offshore» de Panamá. Un amigo que sabe que está al caer que servidor salga a andar con mi jipijapa estival de reglamento me hizo ayer la corrección fraterna:

-Este año ten mucho cuidado si caminas con tu panamá. Porque el que no esté en el secreto de la historia del sombrero puede creerse que el panamá es lo que regalan al que se lleva el dinero a una «offshore» de Panamá, como aquí los bancos te regalan una vajilla, una cubertería o un robot de cocina si domicilias tu nómina en una cuenta.

David Gistau señala en su artículo que ahora resulta complejo no ver a la Infanta Cristina como víctima de una gran extorsión:

Estos tiempos españoles son tan tóxicos, tan corrosivos, que cabe preguntarse, cuando salgamos de ellos, qué prestigio no habrá sido alcanzado por la gangrena. Esto a los cínicos no nos afecta demasiado. Al contrario, nos confirma, nos legitima, nos pone a tocar la lira ante el espectáculo del incendio. Pero comprendo que debe de ser devastador para quienes necesiten un sentido de pertenencia «político y social» más allá de la familia, los amigos, el club de fútbol y el micromundo íntimo de las pasiones de cada cual, ya se trate de George Gershwin, de París en primavera, del «uppercut» del Canelo o de los intentos de Gran Novela Americana. Al mirar los muros de la patria mía, no encuentro mejor solaz que reír con la nueva picaresca de los grandes caraduras. Lo mismo dan los falsos profetas de los milagros curativos que los granujas a lo Tony Leblanc como este Pineda de Ausbanc que, arrastrado a empellones por un policía que lo llevaba agarrado de la axila, aún decía: «Nada, no pasa nada, que estos señores quieren conocer nuestra sede, y muy gustoso se la voy a enseñar».

Fíjense si todo se degrada, que la desarticulación de Manos Limpias liquida el ideal -para quien se lo creyera: también a eso éramos inmunes los cínicos- del «desfacedor de entuertos» cuya pureza justiciera se daba por segura por el solo hecho de no pertenecer al Sistema. Este juego equívoco también se instaló en la política, donde fue aceptada una partición entre Sistema y Gente que sólo es posible cuando gran parte de una sociedad quiere venganza o al menos autoengañarse para sentir que huye de la pira de su época. El episodio de Manos Limpias nos acaba de arrebatar uno de los pocos consuelos que encontraron en los últimos tiempos los ansiosos por creer en alguna forma de moral colectiva ajena a los privilegios y las tramas cleptocráticas: aquel por el que se decía que España era un país capaz de sentar en el banquillo a una hija y hermana de reyes. Pues mire usted, también eso se ensució, porque ahora resulta difícil no ver a la Infanta como una víctima de gánsteres especializados en la extorsión. Cuando habíamos cogido un enorme gusto literario a verla más bien como una protegida del Sistema a la que sólo el empeño de unos cuantos campeadores estaba llevando a los ámbitos de penitencia que merecía.

Sentencia que:

Todo ello supone una alteración del guión significativa. A cambio de la entrega en sacrificio de una infanta, el Sistema iba a avalar su honradez y su carencia de privilegios y la nueva etapa de la monarquía iba a demostrar que la ruptura con los viejos hábitos era de una determinación tal que no se apiadaba ni de los familiares. Y, hoy, esa misma infanta amanece convertida en el objetivo de un chantaje que salió mal y que fue urdido, con la justicia como vil coartada, con las manos limpias como marca falaz, por tipos a los que hemos visto desfilar hacia el furgón celular agarrados por la axila. ¿Y ahora qué hacemos?

¿Quieren saber ustedes qué se hace con nuestros impuestos? Este 20 de abril de 2016 Federico Jiménez Losantos les ayuda en El Mundo a cabrearse un pelín:

En plena campaña de la Renta, nada mejor que saber a dónde va el dinero de los impuestos, así que he leído con interés el informe de Juanma del Álamo en ‘Libertad Digital’ sobre algunas de las partidas en que acaba lo que debemos entregar a Montoro so pena de multa y befa en los calabozos de la Sexta. Sinceramente, muchas no me gustan. Así la ‘Viabilidad del sistema silvopastoral roble-cerdo celta en la Galicia Atlántica’. Me parece discriminatorio el concepto «celta» y aún más el «sistema roble-cerdo», que excluye a otros animales y vegetales. ¿No sería más ‘inclusivo’ «celtíbero» que «celta», gaitas aparte? En Teruel, entre dinosaurios, se han encontrado muchos poblados celtas. ¿No los habrá iberos o celtíberos en Orense y Lugo, cuyas termas y murallas, maravillas hispanorromanas, prueban una cultura ‘post-post-celta-ibero-celtíbera’?

Subraya que:

Aunque como ha expuesto la Abogacía del Estado en el ‘caso Nóos’, eso de que ‘Hacienda somos todos’ es publicidad engañosa, ¿debe gastarse nuestro dinero en la ‘Conservación in-situ y ex-situ de la gallina valenciana de Chulilla’? ¿Y en la ‘Elaboración de snacks de nueva generación con compuestos bioactivos de algas y garrofín’, más la obligada ‘Validación de los beneficios del snack de nueva generación’? ¿Pues y el ‘Encuentro internacional de cucurbitáceas’, en Cartagena? La calabaza de Cieza, villa natal de Camacho, estaba seguramente muy alejada del pepino esloveno, pero ¿hemos de pagar su lío? ¿Para cuándo la ley de mecenazgo vegetal?

Claro que, para derroche, las ayudas al Exterior. Así la ‘Ejecución del proyecto de gestión de conflictos rurales y salvaguarda de los espacios pastorales en las regiones de Maradí y Tahoua’. ¿Qué se nos ha perdido en el Níger? Que se rompan la crisma los pastores por un quítame allá esa linde, ¿no será una forma de vida ancestral, tipo celta, digna de conservar?

Finaliza exponiendo que:

Tres universidades del Sur y el CSIC, investigan a fondo el ‘lenguado senegalés’. ¿Por qué él? Presuntos podemitas trincaron cientos de miles de euros para el ‘Empoderamiento de los jóvenes de Jerusalén Este’. ¿Y los jóvenes de Jerusalén Oeste, Norte y Sur? ¿Se ‘empoderará’ Rita, a su manera, del Vía Crucis? En fin, mucho gastamos siempre en Palestina, sin fruto. Y muy poco en el proyecto ‘Descentralización de Panamá’: 30.000 euros. Sería el billete de Corinna.

En La Razón, Julián Cabrera hace un completo relato de lo sucedido desde el pasado 20 de diciembre de 2015, con dos partidos, Podemos y PSOE, que se han dedicado al cruce de invectivas por no poder formar Gobierno:

Hoy miércoles se cumplen cuatro meses desde las elecciones generales del «20-D», 121 días dignos de análisis que van a pasar a la historia, no sólo por la incapacidad de los principales actores políticos para alcanzar un Gobierno estable, sino sobre todo por la lamentable desproporción entre las pocas horas destinadas en términos reales a negociar todo y entre todos en tan extenso periodo de tiempo. Ha mediado toda una Semana Santa en la que nadie se ruborizaba mientras primaba el parón de las fiestas frente a la urgencia de sondear acuerdos.

Dice que:

En este décimo octavo miércoles postelectoral, en puertas de una última y puede que de puro trámite ronda de consultas a cargo del jefe del Estado y con mínimas posibilidades de que al final de abril o comienzos de mayo asistamos a una nueva sesión de investidura, el diálogo de besugos, los egos y el pánico a ser pieza comida en el tablero arrojan un balance cuyo raquitismo es más evidente tras una consulta de Podemos a sus «inscritos» que enterraba cualquier esperanza de continuidad a un «pacto a 130» entre socialistas y Ciudadanos muerto desde la segunda sesión en la que el Parlamento pronunciaba un rotundo «no» a la investidura de Pedro Sánchez. Y llegados a este punto, surgen algunas preguntas que precisamente apuntan a la actitud de un secretario general socialista que desde el primer momento basó toda su línea de acción en el rechazo a sentarse a dialogar con el Partido Popular de Rajoy, única fuerza con la que números en mano sí se sumaba en pos de una coalición de gobierno, puede que contra natura para los partidos, pero quizás no tanto para el país.

La primera pregunta inevitable y de manual es si Sánchez se topará en estos escasos días con una mínima justificación que le permita, previa ruptura con Rivera, una negociación de última hora y casi de «número de la cabra» con Pablo Iglesias. Parece que va a ser que no. Pero hay otros interrogantes, por ejemplo qué empujó al líder del PSOE a pensar -probablemente también pudo pensarlo después de escuchar a unos y a otros el propio jefe del Estado- que su insuficiente suma con Ciudadanos iba a ser secundada por la abstención de Podemos o hasta del propio Partido Popular. O por qué el portavoz socialista da por sentado que los votantes de la consulta interna en Podemos hubieran contestado unánimemente «sí» a echar a Rajoy sin reparar en que esos votantes también reprochan casi con la misma unanimidad al PSOE un pacto con Ciudadanos que impide sacar al PP de pista.

Apunta que:

El «furor consultivo» impulsado en sus respectivas formaciones por Sánchez e Iglesias -y resulta llamativo que una y otra parte dediquen tanto tiempo a interpretar el resultado en la consulta de enfrente- viene a certificar, más allá del intento por vender bocanadas de democracia interna, una poco disimulada utilización de las bases en favor de estrategias en clave interna y una patente inclinación a proyectar en quienes pegan los carteles, pero no reciben cargos, el fracaso del diálogo.

Autor

Juan Velarde

Delegado de la filial de Periodista Digital en el Archipiélago, Canarias8. Actualmente es redactor en Madrid en Periodista Digital.

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