“El futuro de los niños es siempre hoy. Mañana será tarde” Gabriela Mistral, poeta, diplomática y pedagoga chilena. Premio Nobel de Literatura 1945.
Llega el verano: ¡niños fuera!
Michel Ende publicó en 1973 MOMO, una novela de narrativa infantil, pero con un mensaje muy serio. Momo es el nombre de una niña huérfana de unos 8 años que ha escapado del orfanato y vive libre en un derruido anfiteatro romano cercano a una imaginaria ciudad italiana. Cuando los niños de la ciudad descubren a Momo quedan encantados con ella, tanto que todos los días se reúnen en el anfiteatro para organizar juegos, cuentos y relatos. Poco más tarde también se unen los padres de los niños. Las veladas al atardecer son maravillosas: se juega, se habla, se inventan juegos y cuentos en los que se impone la libertad, la improvisación, la imaginación. Los niños, sin ataduras, son muy felices, pero también sus padres. Corren tiempos de paz y felicidad en los que el cultivo del espíritu está por encima del cultivo material, en los que el ser está por encima del poseer. Nadie es rico en esa ciudad, pero con lo que tienen viven dignamente y en armonía y disponen de tiempo para compartir la vida con los demás; los padres con los niños y los niños con los padres y, entre sí, todos los vecinos de la ciudad. Las reuniones en el anfiteatro son un bálsamo para el espíritu y una fuerza para la unión de todos. Los niños juegan entre sí y con sus padres dejándose llevar por el paso suave del tiempo compartido y sin prisas. No necesitan nada más en sus vidas modestas, sencillas y auténticas a las que el tiempo no les aprieta porque no necesitan más tiempo para trabajar y procurar lo necesario para vivir dignamente. Tienen lo suficiente y la sobra de tiempo la emplean en ser felices.
Unos hombres grises invaden la ciudad y esta se vuelve gris. Vienen pregonando el progreso, un progreso que para alcanzarlo tiene como condición básica “ahorrar tiempo” y para ello se debe dejar de hacer todo aquello que se considera gastar inútilmente el tiempo, perder el tiempo como, por ejemplo, imaginar, crear, el arte, jugar, dormir etc. Los hombres grises van imponiendo sus tesis y la ciudad se vuelve gris y la vida estéril.
Han robado el tiempo a los adultos que, para acumular horas y días de trabajo que les garanticen poder de consumo y así poder vivir según los cánones del progreso, han olvidado porque los hombres grises los han convencido de que, las sutilezas, la ternura, la dulzura, el amor, la caridad, el cariño, el amor, los juegos compartidos, la amistad, la reflexión etc. son solo nimiedades con las que no se debe perder el tiempo. La ciudad, ocupada por los hombres grises portadores del progreso, amanece todos los días triste, vacía por muy llena de gentes que esté, siempre en color gris titando a negro. Los ciudadanos marchan a prisa, enfadados, ceñudos, ensimismados y sin tiempo para nada que no sea “ahorrar tiempo” para lo cual no malgastan tiempo.
¿Y los niños? Como sus padres ya no son dueños de su tiempo, están desatendidos, solos, abandonados y es el Estado el que decide que es lo mejor para ellos que, por supuesto, pasa por la pérdida de su libertad al dictaminar que lo mejor es tenerlos encerrados o aparcados interminables horas en las que se limitan a realizar las tareas que, también el Estado, estipula cuales deben ser. ¡Lejos aquellos maravillosos momentos reunidos en el anfiteatro junto a Momo y a sus padres! Sus reuniones con Momo han sido eliminadas, sus vidas han devenido en grises vidas sin juegos, su imaginación ha sido colectivizada, sus sueños rotos, sus conversaciones dictaminadas y no espontáneas, Al igual que la vida de sus padres, la de los niños se ha vuelto gris, como la ciudad, como la vestimenta, como los rostros, como el cielo de esa ciudad antes iluminada por el griterío feliz de los niños y hoy estuporizada por los dictámenes del progreso gris. A la ciudad, a los adultos y a los niños, el progreso les ha robado su tiempo.
La novela termina con el triunfo de Momo, de los niños y del tiempo no robado. Pero ¿cómo están los niños en estos momentos del año 2023? Los padres, que carecen de tiempo porque se lo han dejado robar las doctrinas de progreso, se lo roban a su vez a sus hijos. Y es que no son los niños los que roban vida a sus padres, hemos llegado a que sean los padres los que, en un ejercicio de egoísmo bárbaro, roban vida a sus hijos. Como en el cuento de Momo, hemos robado el tiempo a nuestros niños, la diferencia está en que el cuento termina con el tiempo recuperado para los niños por el amor de Momo a ellos, mientras nuestros niños, aparcados encerrados, condicionados; soportando horarios más largos que los de sus padres han perdido su libertad en aras de un mundo gris en el que el tiempo no puede perderse proporcionando libertad a los niños que, como en Momo, quieren ir al anfiteatro derruido a dejar volar su imaginación, su creatividad, sus ideas; a hablar sin trabas, a sonreír a vivir, en definitiva, como niños.
MAROGA
