Gabriel Albiac

Errejón constata un hilo común entre Podemos y Marine Le Pen: ese hilo se llama fascismo

La tragedia del «intelectual» es que su apuesta choque con una verdad demasiado amarga para ser aceptada

Errejón constata un hilo común entre Podemos y Marine Le Pen: ese hilo se llama fascismo
Gabriel Albiac. PD

Los penenes españoles que cantaron épicas elegías a Hugo Chávez y hoy alzan loas al estado de excepción de Maduro no acumulan más patrimonio académico que el de sus incompetencias

Puede que Maurice Blanchot haya sido el más influyente escritor francés del siglo pasado.

Menos conocido por el gran público que otros nombres solemnes. Y objeto de veneración de todos cuantos tuvieron verdadero peso entre sus contemporáneos: de Sartre a Deleuze y Foucault, de Lévinas a Barthes o Lyotard. Su lejanía de los espacios de reconocimiento popular le permitió siempre ser implacable.

Desde el Olimpo ajeno a todo en que se había blindado, no existía deuda ni corrección política a la cual debiera plegar el rigor de sus análisis.

Por ello, su escéptica reflexión sobre el misterioso significado de eso a lo que el último decenio del siglo XIX bautizó como «intelectual» tiene hoy para el lector más peso que todas las complacencias en las cuales aun los de más talento se extraviaron.

Releo su desapegado balance, en los años ochenta, de aquella fantasía salvífica que latía bajo el tópico del «intelectual comprometido»:

«¡A qué desvaríos se expone el intelectual cuando se convierte en el mensajero del absoluto, en el sustituto del predicador, en el hombre superior que se siente tocado por la gracia!».

Y es cierto que es ése el mayor desastre al que puede contribuir aquel cuya función, cuyo deber profesional aun antes que moral, es acumular conocimiento, atesorar saberes y no distorsionar nunca en favor de su deseo datos ni análisis. Aunque las conclusiones a las que el conocimiento lleve resulten ser antipáticas o aun odiosas para el analista.

La tragedia del «intelectual» es que su apuesta choque con una verdad demasiado amarga para ser aceptada.

Y que opte por torcer su juicio -a veces, sin ni ser consciente de que lo hace- para mejor servir a la causa en la cual puso su creencia.

En los años de entreguerras, tal tentación acabó arrastrando a los más grandes. Que adquirieron, así, responsabilidades, morales y políticas, monstruosas. Sabios de la potencia de Carl Schmitt o Martin Heidegger acabaron por ser portaestandartes del nazismo.

Talentos poéticos como los de Mayakovski, Aragon o Éluard cantaron la mayor matanza de la historia moderna: la que Stalin perpetraba en el nombre del asalto al cielo.

No hay ya sabios canallas en nuestro tiempo. Sólo canallas. El Heidegger o el Schmitt que exaltan a Hitler lo hacen con todo el saber académico de su tiempo a las espaldas: y eso los trueca en aún más culpables.

Los penenes españoles que cantaron épicas elegías a Hugo Chávez y hoy alzan loas al estado de excepción de Maduro no acumulan más patrimonio académico que el de sus incompetencias.

Y estoy dispuesto a conceder que eso los hace menos canallas. Pero igual de funestos. Igual de indiferentes hacia la población a la que sus providenciales caudillos sangran.

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