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Carlos Dávila: «¿Por qué no se derriba la estatua de Largo Caballero?»

Ahora que los fautores de esa fechoría rencorosa que llaman “Memoria Democrática” (¡hay que tener desvergüenza!)

Periodista Digital 24 Sep 2020 - 06:58 CET
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Me refiero -supongo que repartidas por toda España existen otras- a la que hay instalada en el Paseo de la Castellana de Madrid, y que el efímero ministro de Trabajo de UCD, el bienpensante Manuel Jiménez de Parga, encargó a un mediocre escultor de apellido Noja, que trazó un monumento unipersonal horrendo, a cinco metros del de Indalecio Prieto, y a cincuenta del lugar donde hasta hace escaso tiempo se erigía la figura de Franco, a caballo y con una alzada evidentemente mayor que la que poseía realmente.

Ahora que los fautores de esa fechoría rencorosa que llaman “Memoria Democrática” (¡hay que tener desvergüenza!), anuncian en una pirueta que no es precisamente un globo sonda para otear cómo reacciona el personal, sino una decisión ya adoptada de antemano, ¿por qué no se arma una iniciativa para derribar las tallas de Largo Caballero, el segundo golpista que sufrió la malhadada II República después de la intentona del espadón Sanjurjo?

Como una idea como ésta es difícil que se promueva desde la derecha acobardada por los milicianos de Sánchez y del leninista Iglesias, el cronista no hace en este trabajo más que recordar las mil apelaciones a la violencia, a la guerra civil concretamente, que desde el primer momento de la República, realizó el denominado “Lenin español”, un título que, al decir de Azaña, le cuadraba como anillo al dedo y que él mismo soportaba con entereza y hasta con gran ilusión. Allá vamos:

Largo dejó mucha bibliografía que abunda sin duda alguna en sus apreciaciones a favor de la violencia y, desde luego de la Guerra Civil, para doblegar a las “derechas”, el mismo término que curiosamente utilizan ahora tanto Sánchez como su íntimo colaborador Pablo Iglesias.

Estos dos y la depauperada Calvo pretenden ahora destruir a los millones de españoles (incluidos sus padres) que convivieron, de buena o mala gana con el franquismo, y reivindicar sujetos como este personaje del que, seguro, mantendrán su estatua. ¿Derribarán la Cruz del Valle de los Caídos, signo de paz y de religión, y sostendrán la talla de Largo, apóstol del guerracivilismo?

A eso vamos. ¿Molesta la pregunta que encierra el título de esta crónica? Por si acaso, mi respuesta es esta: no soy nada partidario del ojo por ojo, pero es que además derribar estatuas no borra la memoria.

En este caso, la de un Largo Caballero, uno de los gobernantes más nocivos de esta República que ahora nos pretenden edulcorar. Su mencionada estatua madrileña es sobre todo un horror monumental; su recuerdo es un horror histórico.

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