Podemos tener la seguridad de que nuestra especie, desde el lejano instante en que apareció sobre el planeta, no ha dejado de plantearse preguntas; algunas obtuvieron fácil respuesta; no siempre esas respuestas se consolidaron como tales; en demasiadas ocasiones hubo que desecharlas y seguir investigando hasta dar con otras que nos merecieran mayor confianza.
Un buen ejemplo de este tipo de fracasos, fue la general convicción de que nuestro planeta era plano y permanecía inmóvil. Hasta hace sólo unos siglos, esa creencia fue considerada indiscutible. Por casi todos, es justo hacerlo constar. Hubo algún griego de los tiempos felices que advirtió el error, pero, lamentablemente, no le hicieron mucho caso. En ocasiones, el asunto llegó a adquirir caracteres verdaderamente trágicos: al gran Galileo, demostrar que la Tierra no era como todos creían, estuvo a punto de costarle la vida.
Pues bien, así es como ha ido avanzando el conocimiento hasta llegar a los ordenadores y demás maravillas de la ciencia y la tecnología actuales. Pregunta tras pregunta y, no siempre, respuesta tras respuesta. En no pocas ocasiones, el encontrarlas, no suponía dar por cerrado el asunto; muy al contrario, a veces, ese hallazgo no era sino una puerta abierta a la aparición de nuevos interrogantes.
Algunas de estas búsquedas llevan sin solucionarse siglos y siglos; tal vez, en no pocos casos, jamás se llegue a dar con una respuesta satisfactoria.
Pondré dos ejemplos: La matemática, ¿se inventa o se descubre? Sigue habiendo partidarios de una y otra posibilidad; no parece que exista manera de llegar a un acuerdo definitivo.
Otra duda que también tiene su miga: En la busca del conocimiento, ¿podemos saber con seguridad cuándo son más importantes las preguntas o cuándo las respuestas? ¡Pues la cuestión continúa sin aclararse del todo!
En muchas ocasiones, la pregunta es casi inmediata y el intríngulis está en dar con la solución; pero en otras, lo que realmente tiene mérito es atinar con el interrogante adecuado y, sólo entonces, se habrá abierto el camino hacia la respuesta.
Pondré dos ejemplos de este último caso; el primero es un mera fábula, pero ilustra muy bien el concepto; durante siglos, los hombres habían visto miles de veces caer manzanas de los árboles; pero sólo Newton se hizo la pregunta correcta: “¿No es cierto que una persona situada en nuestros antípodas vería también caer la manzana hacia abajo?”
La pegunta recién formulada le llevó a dar de inmediato el primer paso: “las manzanas no caen; ni hacia arriba ni hacia abajo; lo que realmente sucede, es que todos los cuerpos con masa se atraen entre sí”
Y, a no tardar, el segundo “Si es así, y todo parece indicar que es así, la Luna debería haber caído sobre la Tierra hace millones de años.”
Siguió razonando hasta formular sus famosas Leyes; pero sin la feliz pregunta inicial no hubieran sido posibles aquellos trascendentales descubrimientos.
Otro ejemplo de este asunto nos lo aporta el mismísimo Einstein.
Se empezaba a sospechar que la velocidad de la luz en el vacío era constante con independencia del movimiento o no de la fuente emisora o la posición relativa del espectador.
El genial físico, dio con la pregunta clave: Si eso es cierto, y todo parece indicar que es cierto, ¿acaso puede haber otra consecuencia, sino que el tiempo sea algo que no avanza de forma constante como siempre creímos?
A partir de ahí, como hizo Newton siglos atrás, Einstein dio un paso más: “en ese caso, si dos cuerpos se desplazaran entre sí a velocidades muy elevadas, sería apreciable que, cuando para uno de ellos hubieran transcurrido sólo unos minutos, para el otro pudieran haber pasado años. Si las velocidades relativas fueran pequeñas, el efecto seguiría produciéndose, aunque resultaría prácticamente imposible comprobarlo.”
El siguiente escalón consistió precisamente en eso: en comprobarlo.
¡Pues se consiguió confirmar que el tiempo funciona, efectivamente así! Hoy sabemos que un astronauta que se diera un paseo por el espacio a enorme velocidad, a su regreso a la Tierra, pongamos, en un viaje que para él hubiera durado sólo unos meses, como le confirmarían los relojes de a bordo, descubriría que para los terrícolas habrían transcurrido varios siglos.
He dado este largo rodeo para llegar, finalmente, a donde pretendo llegar.
¿Habrá algún error básico en nuestro actual sistema político, tan fundamental que, si consiguiéramos solucionarlo, el remedio para el resto de nuestros males aparecería nítido ante nosotros?
Reconozcan que es una buena pregunta; otra cuestión sería si seremos capaces, o no, de dar con la solución.
Poe si acaso, vamos a intentarlo.
¿Por qué hemos de ser nosotros menos que Newton o Einstein?
