Hay tragedias que se presentan como accidentes. Y hay accidentes que, analizados con rigor, resultan ser decisiones acumuladas. El terrible suceso ocurrido en Córdoba pertenece inequívocamente a esta segunda categoría. No fue fruto del azar, no fue una fatalidad imprevisible, no fue una desgracia inevitable. Fue el resultado lógico —y perfectamente anticipable— de una forma de gobernar, de administrar y de pensar el poder que ha normalizado la irresponsabilidad, la mediocridad y la ausencia de conciencia moral.
Lo ocurrido en Córdoba tiene nombre. No uno solo, sino varios, que se refuerzan entre sí: maldad fría, estupidez organizada y psicopatía narcisista instalada en estructuras de decisión.
Psicopatía: cuando desaparece la conciencia, pero permanece el cálculo
El psicópata no es un loco ni un ignorante. No es impulsivo ni torpe. Es, precisamente, alguien que carece de conciencia moral, de ese “policía interno” que en la mayoría de las personas introduce frenos, culpa, remordimiento o incomodidad cuando se actúa mal. No siente esa incomodidad emocional que obliga a reparar el daño causado. Su brújula moral está rota o simplemente no existe.
Pero —y esto es esencial— el psicópata sí comprende las normas, sí entiende las consecuencias, sí anticipa los efectos de sus actos u omisiones. A menudo posee una inteligencia superior a la media, un alto cociente intelectual, y una notable capacidad de seducción, persuasión y manipulación. Es el clásico encantador de serpientes: sonríe, tranquiliza, promete, calcula. Cada gesto, cada palabra y cada decisión están orientados a su propio interés, sin importar el sufrimiento ajeno.
Por eso resulta especialmente peligroso cuando accede a posiciones de poder. Las vidas humanas se convierten en cifras, los daños en “costes asumibles”, las advertencias técnicas en molestias prescindibles. No hay remordimiento, solo cálculo.
No hay error moral, solo estrategia.
En Córdoba no hubo ignorancia.
Hubo conocimiento ignorado.
Eso no es incompetencia: es psicopatía funcional.
Psicopatía integrada y psicopatía institucional
Resulta revelador contrastar esta realidad con la figura —aparentemente paradójica— del psicópata integrado. Incluso una persona carente de emociones y de conciencia moral puede, si es educada por una comunidad firme y coherente, aprender a inhibir conductas antisociales, a respetar normas y a no dañar a otros. Puede no sentir, pero sabe. Puede carecer de conciencia, pero adquirir consciencia normativa.
Las instituciones actuales, en cambio, muestran el fenómeno inverso: abundancia de discurso emocional y ausencia total de freno moral. No sienten culpa, no aprenden del daño, no rectifican. Y cuando gobiernan sin conciencia, matan.
El necio moderno: la Mediocridad Inoperante Activa (MIA)
Junto al psicópata aparece otra figura decisiva: el necio contemporáneo, que no es pasivo ni inofensivo, sino activamente destructivo. Es lo que puede denominarse síndrome de la Mediocridad Inoperante Activa (MIA).
Este perfil se caracteriza por:
- Incapacidad estructural para crear excelencia o reconocerla en otros.
- Hostigamiento sistemático al talento, al rigor y a la competencia.
- Simulación de productividad mediante lenguaje hueco, gestos vacíos y apariencias.
- Deseo obsesivo de control, impulsado por envidia y miedo a quedar expuesto.
- Comportamiento destructivo: sabotaje, bloqueo, mantenimiento del statu quo.
El necio MIA no soporta que alguien sepa más, vea más lejos o advierta riesgos reales. Por eso persigue, ridiculiza o silencia a quien destaca. Este perfil prolifera en burocracias, comités, organismos intermedios y administraciones donde la responsabilidad se diluye y el procedimiento sustituye al criterio.
En Córdoba, las advertencias técnicas, las señales de deterioro y las demandas de mantenimiento existían. Lo que falló no fue la información, sino la voluntad, la competencia y la responsabilidad. Eso no es mala suerte: es mediocridad organizada.
Cuando psicópatas y necios coinciden: la maquinaria del daño
Cuando psicópatas sin conciencia y necios MIA sin talento coinciden en estructuras de poder, la combinación es devastadora. Los primeros calculan fríamente los daños; los segundos paralizan cualquier forma de excelencia. Juntos construyen una maquinaria de destrucción impersonal, fría, burocrática y letal.
No hace falta violencia directa. Algunos asesinos no empuñan armas: firman decretos, recortan recursos, niegan medios, silencian advertencias. El patrón se repite:
- Negación: minimizar riesgos, banalizar señales, no alarmar.
- Instrumentalización: informes maquillados, cifras minimizadas, personas convertidas en estadísticas.
- Consolidación: el daño se transforma en relato, en excusa, en coste colateral inevitable.
La fórmula “no se podía saber” no expresa ignorancia, sino retórica exculpatoria. En Córdoba, sí se podía saber. Y se sabía.
Violencia administrativa: matar por omisión y por simulación
Existe una violencia que no deja sangre en las manos, pero sí cadáveres en el suelo: la violencia administrativa. Puede ejercerse por omisión —no actuar cuando se debe— o por simulación —mentir, maquillar, ocultar—. Ambas requieren coordinación, jerarquía, obediencia burocrática y control del relato.
Las víctimas no son cifras: son trabajadores, familias, ciudadanos que confiaron en que alguien hacía su trabajo. En Córdoba, la cadena de decisiones erróneas, negligencias sostenidas y responsabilidades diluidas no fue un fallo del sistema: fue el sistema funcionando tal como ha sido diseñado.
El porculerismo y la degradación moral colectiva
Este marco se inserta en un contexto social más amplio: la normalización del sujeto antisocial, del porculero elevado a tipo humano dominante. Individuos incapaces de autorregulación moral, convencidos de que todo deseo propio es un derecho exigible, que interpretan cualquier límite como agresión y cualquier norma como opresión. Personas que no construyen nada, pero obtienen satisfacción del conflicto, del bloqueo y del deterioro de la convivencia.
Este fenómeno hunde sus raíces en décadas de fracaso educativo, en la desaparición de la autoridad formativa, en la confusión entre deseo y derecho, y en la exaltación del homo festivus, donde el esfuerzo es sospechoso, la excelencia ofensiva y el rigor una rareza digna de burla.
España como laboratorio de la mediocridad institucionalizada
El caso de Córdoba no es una anomalía. Encaja en un patrón reconocible:
- riadas evitables por abandono de cauces,
- incendios forestales previsibles por falta de mantenimiento,
- infraestructuras degradadas,
- dependencia energética autoinfligida,
- advertencias técnicas sistemáticamente despreciadas.
En todos los casos se repite la misma lógica: la primacía del relato sobre la realidad, de la ideología sobre la técnica, del narcisismo político sobre la vida humana. No es incompetencia casual; es hostilidad estructural hacia la excelencia y la responsabilidad.
La conjura de los necios, versión institucional
John Kennedy Toole lo retrató con crudeza: cuando la necedad se normaliza y se rodea de burocracia, deja de ser cómica y se vuelve letal. El problema no es el necio individual, sino el sistema que lo asciende; no es el psicópata aislado, sino la estructura que le permite decidir sin consecuencias.
Cuando la mediocridad se convierte en criterio de selección, la tragedia deja de ser excepcional y pasa a ser recurrente.
Conclusión: Córdoba no fue un accidente
Conviene decirlo sin rodeos, porque edulcorarlo es volver a matar a las víctimas.
Lo ocurrido en Córdoba no fue azar.
No fue destino.
No fue mala suerte.
Fue el resultado de psicópatas narcisistas, fríos y calculadores; de necios mediocres, hostiles a la excelencia; y de una estructura que premia a ambos. Eso tiene un nombre. Y mientras no se rompa esa conjura de mediocridad y frialdad moral, volverá a ocurrir.
Llamar “accidente” a lo ocurrido es una forma de porculear a los muertos.
Las decisiones, a diferencia del azar, tienen responsables.
