Israel de la Rosa: «Las compras»

Israel de la Rosa: "Las compras"

Haciendo uso de un calzador imaginario, un calzador enorme de puro y terrible acero, nos ha entrado en el cuerpo una cosa negra, viscosa, similar a una creencia, a una extraña manía, y esta cosa negra es el ansia por la compra. Y de todas las compras, de ese abultado repertorio a que da lugar el intercambio del duro por el objeto, de entre toda esa vasta colección hay una compra que sobresale por encima de las demás y que se muestra victoriosa en su propia inutilidad: la compra innecesaria.

Nada resulta más espantoso, terrorífico sobresalto, que torcer el cuello así, sin pensar, de repente, y enfrentar la mirada a esas cortinas viejas y deshilachadas de la salita de estar, cortinas feas, caducas, jirones penosos de otro tiempo pasado y remoto, vestigio lúgubre de una vida lejana. Tres meses tienen las cortinas, pero ya merecen que se las acuchille con saña, con encono: urge comprar otras, urge remozar el ambiente ayer inmejorable del saloncito. Unas cortinas nuevas son sangre renovada, son luz radiante de sol coqueto y primaveral, son necesidad de primer orden. A qué continuar un minuto más con esas viejas cortinas podridas que en un trimestre se han tornado estandarte deplorable de mala muerte, símbolo inequívoco de mediocridad, de malvivir, de vergüenza, de ahogarse en charco profundo de miseria, de asfixia agónica y existencial. Viene una visita de sopetón, sin previo aviso —la suegra, verbigracia—, y se topa con estas cortinas mugrientas, y más vale que nos coja el tren. Tener colgando en casa unas cortinas más de noventa días es gritarle al mundo que se es un muerto de hambre, un paria, un fracasado, un verdadero infeliz.

La fiebre que nos está arrollando de un tiempo a esta parte, envenenados todos en el aire fétido de este consumo estúpido y encabritado, es la de arrojarnos de cabeza a cazar gangas —y no tan gangas— en un mercado convulso y absurdo que se agita locamente y sin descanso como una maraca, un mercado que se atropella a sí mismo, que se reinventa diariamente en su vertiginosa fugacidad, que se destruye y se rehace aprovechando sus propios escombros. Nunca se tiene bastante. Todo sirve para mejorar el dormitorio, para embellecer la cocina, para dar nueva solemnidad al recibidor de medio metro cuadrado. Lámparas en ángulos retorcidos, serpentinas de luz indirecta en el retrete, percheros con forma de berenjena, reposapiés junto al horno, toallas de un solo uso con mensajes de autoayuda, copas de vino decorando hogares donde jamás se bebe vino, mesitas colocadas sobre otras mesitas en grotescas pirámides domésticas, escobas con iluminación RGB, flamantes butacas de lectura en mansiones de analfabetos.

El siniestro e inconfesable placer que provoca teclear los números de la tarjeta de crédito. El secreto y dudoso orgullo de acumular cachivaches sin función alguna. El cosquilleo de la impaciente espera, el éxtasis, la poderosa catarsis que desencadena la anhelada aparición del repartidor. La decadencia acelerada, en fin, de este mundo enfermo de frivolidad.

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Autor

Israel de la Rosa

Israel de la Rosa nació en Elda, Alicante. Es novelista y dramaturgo. Colabora habitualmente en prensa publicando artículos de opinión. Fue guionista de televisión en 1999. Ha escrito veintiocho guiones de largometraje hasta la fecha. Es también autor de más de doscientos relatos breves, que pueden hallarse en su web personal.

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