Hay que tener mucha inteligencia y mucho atrevimiento, para llevar la novela de Joseph Conrad, “El duelo”, denominación como “Los Duelistas”, a la sala Jardiel Poncela de los teatros de Fernán Gómez del Centro Cultural de la Villa, siendo una sala pequeña y un escenario a pie de los espectadores, sin cuarta pared y pudiendo tocar a los actores con solo sacar el brazo. Incluso, soportar la mirada a menos de un metro en momento en los que la dramatización de la acción, hacía que los actores busquen el punto de fijación en su mirada al público e igualmente, más difícil para los actores, siendo posible ver fácilmente sus errores.
Sorprende e intimida un poco a los no acostumbrados y altera un poco la situación con cierto rubor, pero el teatro es así. los actores en la oscuridad de la sala buscan un punto para fijar su mirada y descansar en ella con el texto memorizado. En este caso es tanta la aproximación, que intimidan y participas de su fijación.

Así es hoy, en muchos casos las salas alternativas en las que se someten a un juicio de valor, los nuevos actores frente a un público que está esperando ver resultados complacientes con situaciones emocionantes. No es el caso, porque la obra de la que estamos hablando de “El duelo” llamado en este caso “Los duelistas”, basada en la novela de Conrad, lleva la dirección de uno de los grandes de nuestro teatro, Emilio Gutiérrez Caba con una traducción, exquisita realización de Ignacio García May y la inigualable adaptación por parte de Javier Sahuquillo siendo esto, lo que más nos ha sorprendido y no podemos por menos de comentarlo. Con estos “mimbres”, es difícil que las cosas salgan mal y por tanto la obra queda en un alarde de interpretación, dirección y adaptación, saliendo en todo momento de las desgracias épicas de las situaciones bélicas de finales del siglo XVII y principios del XIX, para detener el momento con la presencia de Joseph Conrad.
Comienza la obra, con una presentación del actor Jose Juan Sevilla, que se sitúa en el papel del autor Joseph Conrad, como hilo conductor de la misma y nos va relatando a lo largo de cien minutos, las peripecias de dos militares húsares franceses, que batallan a las órdenes de Napoleón y a lo largo de todas las batallas que Francia mantiene con los países europeos, con ánimo de su conquista, ellos son los tenientes de húsares, con distinto destino de bandera, Gabriel Feraud y Armand d’Hubert.

El litigio comienza al ser enviado D´Hubert para poner a Feraud bajo arresto domiciliario, por orden del Alcalde, al que un sobrino ha sido muerto en duelo por Feraud tras una disputa. Como la detención se lleva a cabo en la casa de una dama local prominente, Feraud, lo toma como un insulto personal de D’Hubert y lo reta a un duelo, que ambos aceptan y mantendrán esta disputa personal, durante quince años siendo imposible que se cumpliera la muerte de uno de los dos y la afrenta se mantiene a lo largo de las batallas de Napoleón por Europa.
Cabe explicar que el teniente D’Hubert es un militar de clase noble y con principios sólidos, en los que la palabra honor es base de su conciencia, a diferencia del Teniente Feraud, belicoso de origen más que humilde vulgar, tortuoso, vengativo y sanguinario, un auténtico hombre de guerra que en el campo de batalla se entrega en la defensa de Francia, según el mandato de los coroneles de Napoleón Bonaparte.
Ambos contendientes se enfrentan en diversas ocasiones, sin llegar jamás a lograr satisfacerse en sus duelos. Gabriel Feraud, siempre encuentra ocasión para un nuevo enfrentamiento con Armand D´Hubert, aunque este más cauto por su nobleza, tanto personal como heráldica lo evita lo más posible.

Estamos en Estraburgo en 1800 y la guerra desencadenada por Bonaparte, obliga a detener la disputa de los dos hombres, que no se reanuda de nuevo hasta seis meses después, en Augsburgo en 1801, en donde Feraud tiene un encontronazo e inmediatamente desafía D’Hubert a otro duelo y le hiere gravemente en el costado, por lo que el duelo, en esta ocasión, termina sin más incidentes.
En definitiva, mientras los protagonistas de esta historia se pelean a muerte durante quince años, dejemos que el público vea la obra, como es su obligación, lea el libro de Joseph Conrad o incluso más cómodo, ver la película que hizo el director Ridley Scott, primera de su carrera cinematográfica y premiada como «mejor ópera prima» en el Festival de Cannes del año 1977. Protagonizada por Harvey Keitel y Keith Carradine. El guion, en la película, es una adaptación perfecta con rigor milimétrico de la novela.
Por tanto, nosotros vamos a contar lo que ha tenido en la cabeza, tanto Emilio Gutierrez Caba, como Javier Sahuquillo para crear una entretenida obra que, siendo un drama de enfrentamientos con el honor y la villanía, en ocasiones los perfiles de la misma se bajan, dando menos temperatura dramática.
Ello es debido a la magnífica intervención de Jose Juan Sevilla, actor de gruesa y clara voz, con un sentido de la situación que se vive en cada momento, llevando en su sonido lo necesario para hacer realidad la presencia del autor, Conrad cuando es Conrad, como cuando aparece con otros personajes, que lleva a escena y completa con ellos el elenco de los actores existentes en la novela.
Una perfecta sincronización, de sonido con la intervención de una pianista con un apoyo de música operística a cargo de la actriz, Aurora Garcia Agud, encarnando diversos papeles y figurando en todo momento en el trayecto de la explicación de Jose Juan Sevilla (en la obra Joseph Conrad), ocupando el punto de personajes femeninos, hasta en cuatro ocasiones todas ellas, con sus correspondientes matizaciones en la voz, caracterizaciones y en la vestimenta, completando lo que en la novela aparecen como personajes de interés.
Su trabajo, al igual que el de Jose Juan Sevilla y su inesperada presencia en escena, se comunican perfectamente con la obra, dejando a un lado como algo más, la intervención de pelea a espadas de los dos tenientes de Napoleón, con los que disfrutamos en su dialogo, en según qué casos, son épicos de construcción o son verborreas de tipo mundano, sobre todo en la boca de Gabriel Feraud.
Sorprende y mucho que ambos actores sean los que permitan con sus entradas y salidas de escena e interpretaciones, salvar al público del embrollo de los espadistas en la obra, y ello gracias a la pericia de Emilio y Javier de su creación y estructura e incluso en la capacidad de ofrecer en escena un paisaje de Moscú en pleno invierno con una capa de nieve, haciendo simplemente subir por encima del piano y del atrezo una extensa sábana blanca en la que, en sus perfiles inferiores, ambos duelistas, se arrastras por esa nieve dando muestra del ejercito derrotado y el fracaso de Napoleón en su invasión a Rusia. Igualmente, el fondo del escenario, reproduce según el año y lugares en los que tiene lugar la acción, con fotografías y escenas del momento que trascurre en el escenario.
Tanto Daniel Feraud en la interpretado por Francisco Ortiz, como la presencia de Armand D´Hubert en el actor Daniel Ortiz, ambos con una buena actuación con una dicción, que lleva en algunos momentos, recordar los textos de caballerías medievales que significaban la exaltación del héroe individual, sus aventuras fantásticas y su adhesión a un estricto código de honor, valores como la lealtad, el coraje y el amor cortés, sirviendo como entretenimiento popular y reflejo de los ideales (y a veces las rebeliones) de la nobleza, narrando gestas épicas y amoríos en tierras lejanas.
Para un espacio tan pequeño como la sala Jardiel Poncela, la actuación, es de auténtica aproximación con el público, que en ocasiones, en las primeras filas los giros y choques de las espadas, llegan a pocos milímetros de los mismos y se los ve atemorizados de ser tocados por algún sable. Todo ello lo consiguen poner en escena los duelistas en su ir y venir de país en país con su inagotable duelo.
Emilio Gutiérrez Caba, nacido en Valladolid en 1942, es un actor dentro de una leyenda de actores y actrices y para más “inri”, nació durante una gira teatral; toda su familia se ha dedicado siempre al teatro y al cine, por lo que su infancia y adolescencia transcurrieron en un ambiente que determinó su vocación artística. Bisnieto de Pascual Alba, nieto de Irene Alba, sobrino-nieto de Leocadia Alba, hijo menor de Emilio Gutiérrez e Irene Caba Alba y sobrino de Julia Caba Alba, sus hermanas Irene y Julia también se han dedicado a la interpretación, al igual que su sobrina-nieta Irene Escolar.
Desde 1970 interviene en el teatro con la obra “Olivia” para tener un proceso de protagonismo acabando con Galdós Enamorado (2021) habiendo pasado por obras como Copenhague (2019);César y Cleopatra (2015);Poder absoluto (2012); Drácula (2011-2012); La muerte y la doncella; (2008-2010); A Electra le sienta bien el luto (2005-2006);La mujer de negro (1998, 2007, 2014); La Orestiada (2005);Las memorias de Sarah Bernhard (2003); El príncipe y la corista (2002-2003); El sí de las niñas (1996): Julio César (1988); Los cabellos de Absalón (1983); El correo de Hessen (1983);Usted también podrá disfrutar de ella (1973); La profesión de la señora Warren (1973) y Olvida los tambores (1970).
Debemos señalar que en 1968, creó su propia compañía junto a María José Goyanes y en 1970 estrenó una pieza de la escritora y actriz Ana Diosdado, titulada: “Olvida los tambores”, con la compañía de su hermana Julia, colaboradora en algunos montajes, como “Olivia”, de Terence Rattigan, y “La profesión de la señora Warren”, de Bernard Shaw, los cuales consolidaron su carrera en el teatro.
En otro orden de cosas, Emilio es una importante figura representativa de nuestro cine y televisión cuyos trabajos, sería una interminable lista de éxitos. Pero anotemos que es Presidente de AISGE, Fundación de actores con más de 40 años de recorrido y cuenta con dos Premios Goya, tres Medallas del Círculo de Escritores Cinematográficos, cuatro premios de la Unión de Actores y ganador en 2010 del Premio de la Academia de la Televisión, a la mejor interpretación masculina protagonista.
Javier Sahuquillo, Es licenciado en Historia, dramaturgo, director y kendoka. Compagina sus rastreros intentos de conquistar el mundo con la escritura. Codirige la revista teatral «Ukränia» y forma parte de la compañía valenciana Perros Daneses. A temprana edad decide convertirse en caballero andante. Pasarán muchos años hasta que se dé cuenta de que Alonso de Quijano fue el último; así que decide dedicarse a la música, pero, lamentablemente, no sabe tocar ningún instrumento. Debido a su gran habilidad para la charlatanería comienza a escribir. En 2001 gana el premio FISEC con el relato corto «Aventuras de un maulet». Después de un largo parón en su actividad creativa, aquejado del mal de vagancia aguda, se aventura en el mundo del teatro escribiendo y estrenando en la Universidad de Valencia «Su turno”. Comedia sacra inspirada en la vida de Carlos de Foucauld», una absurda Comedia de Santos, género muy de moda en el siglo XXI (2008). Desde entonces, y para desgracia de la dramaturgia, no ha dejado de escribir teatro.
Realiza varios cursos de escritura con Paco Zarzoso, del que bebe de su estética del Teatro Ebrio y de José Sanchis Sinisterra y José Luis Alonso de Santos. Recabamos de Javier Sahuquillo, uno de sus pensamientos, que nos descubre esa personalidad que tiene frente al mundo del teatro:
“Me gustaría contar que soy un ser torturado, un poeta maldito y un etílico confeso. Pero sólo puedo defender esto último. Confío en un teatro de la Palabra, en una estética de lo Ebrio, dónde el autor sea capaz de acercar la mano al fuego, de mirar a sus personajes con lupa, de atrapar catástrofes en un microcosmo propio que sirve al espectador en una bandeja de plata. Amante de la comedia, desposado con lo dramático y de antepasados trágicos lo más divertido es mezclar la genética de los géneros hasta deformarlos en la olla del esperpento. Kantor practicaba un Teatro de la Muerte, yo intento un Teatro de la Sombra”.
