Palabras y gestos duros y moralistas corren el riesgo hundir más a quienes querríamos conducir a la conversión y a la libertad, reforzando su sentido de negación y de defensa
El Papa Francisco considera que el lenguaje de la política y la diplomática se debería inspirar por la misericordia y no dar nunca nada por perdido para tender puentes y resolver conflictos y lograr una paz duradera.
«Hago un llamamiento sobre todo a cuantos tienen responsabilidades institucionales, políticas y de formar la opinión pública, a que estén siempre atentos al modo de expresase cuando se refieren a quien piensa o actúa de forma distinta, o a quienes han cometido errores ( ) Se necesita, sin embargo, valentía para orientar a las personas hacia procesos de reconciliación. Y es precisamente esa audacia positiva y creativa la que ofrece verdaderas soluciones a antiguos conflictos así como la oportunidad de realizar una paz duradera».
Así lo afirma en el mensaje Comunicación y Misericordia: un encuentro fecundo, que ha redactado para la 50 Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, que la Iglesia conmemora el 8 de mayo. El texto llama a la misericordia a la que el pontífice ha dedicado este año, y parte de la idea de que el amor, por su naturaleza, es comunicación, lleva a la apertura, no al aislamiento.
Estamos llamados a comunicar con todos, sin exclusión, recalca Francisco, recordando que las palabras pueden construir puentes entre las personas, las familias, los grupos sociales y los pueblos. Y esto es posible tanto en el mundo físico como en el digital. Por tanto, que las palabras y las acciones sean apropiadas para ayudarnos a salir de los círculos viciosos de las condenas y las venganzas, que siguen enmarañando a individuos y naciones, y que llevan a expresarse con mensajes de odio, agrega.
El obispo de Roma también pide a los pastores de la Iglesia católica que no expresen el orgullo soberbio del triunfo sobre el enemigo, ni que la comunicación humillara a quienes la mentalidad del mundo considera perdedores y material de desecho.
Nosotros podemos y debemos juzgar situaciones de pecado violencia, corrupción, explotación, etc., pero no podemos juzgar a las personas, dice. Según él, la tarea de los obispos es amonestar a quien se equivoca, denunciando la maldad y la injusticia de ciertos comportamientos, con el fin de liberar a las víctimas y de levantar al caído.
»Palabras y gestos duros y moralistas corren el riesgo hundir más a quienes querríamos conducir a la conversión y a la libertad, reforzando su sentido de negación y de defensa», concluye.

(RD/Agencias)




