El Real Madrid volvió a Da Luz como quien regresa a la escena del crimen y, esta vez, cambió el papel de víctima por el de equipo imperial. El mismo estadio que hace tres semanas celebró el 4-2 que arrastró a los de Arbeloa al playoff, vio ahora a un Madrid duro, serio y con oficio, que le dio la vuelta al guion a base de solidez, fútbol y carácter.
Arbeloa repitió la fórmula del 4-4-2, el sistema que le ha dado equilibrio en Liga y que le permitió adelantar líneas y morder arriba, con Tchouaméni erigido en general de campo contrario y una vez de espartanos que ya se recita de memoria: Courtois; Trent, Rüdiger, Huijsen, Carreras; Valverde, Tchouaméni, Güler, Camavinga; Vinicius y Mbappé. El Benfica de Mourinho salió a embestir, empujado por Da Luz, pero se encontró con un rival que esta vez no se encogió, sino que contestó a cada zarpazo con una defensa ordenada y la voz de mando de Rüdiger ajustando cuentas a sus compañeros en los primeros minutos.
💪 ¡Un golazo de @vinijr nos da ventaja en la eliminatoria!
— Real Madrid C.F. (@realmadrid) February 17, 2026
Pronto el duelo dejó de ser un asiento y se convirtió en una larga posesión blanca, al principio horizontal y fría, pero cada vez más profunda. Camavinga se cerró hacia la izquierda para tapar las subidas a Carreras, Güler se juntó con Tchouaméni para mandar en el eje y, desde ahí, el Madrid empezó a respirar por la derecha, donde Trent ejerció de arquitecto de la noche. Un pase milimétrico del inglés dejó a Valverde en carrera para ponerla atrás y Vinicius, escorado, se giró y rozó el primer palo en una acción que olía a gol y que avisaba de lo que se venía.
El Benfica también enseñó los dientes con un misil de Aursnes desde la frontal que se envenenó tras tocar en Rafa Silva, una pelota que traía tatuado el 1-0. Solo que enfrente estaba Courtois, que se estiró imposible hacia la derecha para fabricar una de esas paradas que sostienen equipos y estadios silenciados. Esa mano, casi de semidiós, mantuvo el cero y cambió el tono: desde ahí, el Madrid creció de forma exponencial, alargando posesiones y metiendo al Benfica en su área.
El final del primer acto fue un monólogo blanco: Mbappé, servido otra vez por Trent, perdonó llegando forzado al punto de penalti; luego, tras la mejor jugada colectiva, encadenó dos ocasiones más que Trubin desbarató, primero bloqueando un disparo raso y centrado, después imponiéndose en el mano a mano. Vinicius y Güler también probaron al meta ucraniano, que se agigantó para sacar un tiro cruzado del turco que llevaba el destino escrito en la red. Al descanso, el 0-0 fue un milagro para el Benfica, sostenido por su portero y por el pitido de Letexier que llegó como alivio para Mourinho.
Tras la pausa, el Madrid salió decidido a hacer lo que no hizo en la primera mitad: traducir dominio en ventaja. Y lo conseguí a lo grande. En una contra perfecta, Mbappé condujo, abrió a la izquierda y Vinicius se inventó un monumento: control, toque hacia fuera para ganar ángulo y rosca a la escuadra, un gol de Champions en toda regla que silenció a medio estadio y ascendió al otro medio. Junior se fue al banderín, bailó como acostumbra y ahí empezó a arder Da Luz.
Otamendi, viejo zorro, fue directo a recriminar la celebración, y alrededor del brasileño se montó la primera tangana de la noche. Pero lo peor estaba por venir. Prestianni, con la camiseta tapándole la boca, se acercó a Vinicius y le lanzó una ristra de insultos que, según el propio jugador del Madrid, incluyóron la palabra “mono”. Vinicius, amonestado ya por la trifulca, no lo dejó pasar: se fue al árbitro, señaló al rival y denunció el insulto racista. Letexier cruzó los brazos en X, activó el protocolo antirracismo y el partido se paró durante cerca de diez minutos mientras se revisaban imágenes y se intentaba identificar la agresión, sin éxito concluyente en las cámaras.
Mientras el reloj se congelaba, el césped se convertía en un plato de cuentas pendientes. Otamendi y Mbappé se lanzaron miradas y reproches que olían una revancha mundialista; los banquillos se levantaron, un miembro del staff del Benfica vio la roja en medio del caos y Mourinho trató de templar a su estrella argentina, que seguía en el campo pese a la denuncia. Vinicius, entre lágrimas y rabia, dudó en seguir; Mbappé le arropó, Arbeloa se acercó a hablar con él, pero finalmente el Madrid decidió continuar un encuentro que ya estaba manchado para siempre por el racismo.
La grada de Da Luz eligió bando y se volvió contra Vinicius y Mbappé, pitando cada pelota que tocaban y convirtiendo cada esquina del campo en una olla a presión. El brasileño, lejos de esconderse, siguió castigando al Benfica a la contra, acumulando remates que Trubin volvió a desbaratar con seguridad. Mourinho movió el banquillo, metiendo piernas frescas como Sudakov y Ríos, y el partido cambió de escenario: el Madrid, con Tchouaméni mandando y Courtois dominando por alto cada centro lateral, se replegó para aguantar el envite final.
Prestianni, que llegó a ver amarilla por tirarse en el área, siguió en el césped hasta bien entrado el tramo final, mientras la temperatura en Da Luz no dejaba de subir. Finalmente, Mourinho lo retiró entre una ensalada de protestas, ya sin que el árbitro hubiera encontrado pruebas para expulsarle por el insulto denunciado. El técnico portugués, fuera de sí, pidió la segunda amarilla para Vinicius en una falta más y acabó marchándose al túnel de vestuarios expulsado, con dos amarillas consecutivas que le dejaron sin banquillo en la vuelta del Bernabéu.
El desenlace se estiró doce minutos, convertidos en una guerra de nervios con el estadio hirviendo y cada rincón del Madrid convertido en un pequeño Vietnam. Desde la grada empezaron a caer objetos, incluso un vaper que impactó en el área y pudo haber herido a cualquiera, mientras Vinicius y Mbappé intentaban sacar cada saque de esquina en medio de un ambiente irrespirable. Otamendi llegó a enseñar el tatuaje de la Copa del Mundo en su pecho al brasileño, como provocación final en una noche que cruzó demasiadas líneas.
Al pitido final, el marcador decía que el Real Madrid había ganado y que la eliminatoria viaja encarrilada al Bernabéu gracias al 0-1 y al golazo de Vinicius. Pero la crónica de Da Luz va mucho más allá del resultado: habla de un Madrid que encontró solidez, jerarquía y un sistema reconocible; de un portero gigante y un mediocampo que supo mandar; y, sobre todo, de un héroe que también fue mártir, obligado a soportar insultos racistas en una noche en la que el fútbol volvió a ser rehén de la peor cara de la grada. El Rey de Europa se comportó como tal sobre el césped, pero la Champions se lleva de Lisboa una mancha que ni el mejor resultado puede tapar.

