¿Son convergentes los intereses de Francia y de España? Esta es una de las preguntas esenciales al plantearse nuestra política exterior. La cuestión se puede examinar tanto históricamente, como en la actualidad. Francisco Vázquez, embajador de España en el Vaticano, me temo que no piensa lo mismo que el ministro Moratinos.
Si examinamos la cuestión en el momento presente, nos encontramos con un punto donde esta cuestión reviste una importancia excepcional: el Sahara Occidental. Es cierto que el ministro Moratinos, al fin y al cabo, marido de una mujer francesa, está totalmente alineado con la posición francesa en el asunto. Pero somos muchos los que pensamos que ese alineamiento (al menos, ese alineamiento total) es inmoral: la prueba la hemos tenido apenas hace unos días cuando Francia se negaba a que la ONU protegiera los derechos humanos en el Sahara Occidental, con la aquiescencia de Rodríguez y Moratinos.
Pero ¿qué ocurría en el pasado? Pues que según el embajador Francisco Vázquez nuestros intereses geoestratégicos eran opuestos «como siempre» a los de los franceses. La frase se deja caer en un buen artículo que reproduzco por el interés que tiene para entender la política exterior… pasada y presente.
El oro del gavilán
Francisco Vázquez Embajador de España ante la Santa SedeLa Voz de Galicia
Domingo 03 de mayo de 2009En pocas ciudades del mundo está tan presente la huella de España como en Roma. De los muchos acontecimientos históricos que nos vinculan a los españoles con esta ciudad, uno de los capítulos más importantes y menos conocido es la decisiva contribución que tuvo el oro procedente de América a la hora de construir gran número de las iglesias y palacios que hoy convierten a Roma en una de las ciudades más monumentales del mundo. Cuando Quevedo en su conocida poesía titulada Poderoso caballero es don dinero… dice que el oro que nace en las Indias «es en Génova enterrado», aludiendo a la usura de los banqueros genoveses, el poeta en parte se equivocaba, ya que una porción de ese oro era enviado por los reyes de España a Italia, pero no a Génova, sino a Roma, para así captar el apoyo político de papas y cardenales.
Dicen las crónicas que en una de las cuatro grandes basílicas pontificias, la de Santa María la Mayor, vinculada históricamente a España y de la que el Rey es canónigo honorario, su hermoso artesonado se doró con el primer oro traído del Nuevo Mundo por el propio Colón y que los Reyes Católicos donaron como expresión de la devoción de España a la Virgen.
La construcción de la basílica de San Pedro, que duró más de un siglo, estuvo vinculada a la suerte que corría la flota de Indias, siempre expuesta a temporales o ataques de los corsarios ingleses. Cuando la flota se retrasaba o incluso no llegaba hasta el puerto de Sevilla, indefectiblemente, la construcción de la basílica vaticana se paralizaba o veía mermados aspectos sustanciales de su proyecto.
Pero los doblones de oro sirvieron sobre todo para ganarse la voluntad de los cardenales en la defensa de nuestros intereses geoestratégicos, opuestos a los de nuestros grandes rivales de aquellas épocas, que como siempre eran los franceses. En el archivo de la Embajada, uno de los más importantes del patrimonio documental español, existen expedientes y cartas que nos ilustran sobre las bregas y empeños de mis predecesores para lograr el favor de papas y cardenales.
Así, leemos como el embajador conde de Olivares pedía al rey Felipe II que ampliara el número de prelados que recibían rentas españolas, ya que al beneficiarse tan solo dos cardenales -el prefecto del Concilio, que recibía mil ducados, y el secretario vicario de Roma, que gozaba de una asignación de mil doscientos ducados-, eran pocos los que podían considerarse como proclives a servir los intereses del rey de España. Otro embajador, en este caso de Felipe IV, el conde de Oñate, recordaba al rey que se debían más de treinta mil ducados a los cardenales favorables al llamado «partido de España» y recordaba la urgencia de su petición diciendo que «se veía vecino un futuro cónclave».
Pero la pieza más singular del archivo, y que sin duda alguna es una auténtica joya de la teoría política, es una carta que el 31 de mayo de 1609 Felipe III envía a su embajador, Francisco de Castro, vinculado a Galicia por su condición de VIII conde de Lemos y V marqués de Sarria. En su carta, el rey aconseja a mi antecesor sobre las formas y maneras que debe seguir para mejor desenvolverse en una corte tan especial como en aquella época era la papal, ya que como dice el rey, «la domina un príncipe mixto porque, siendo eclesiástico, también tiene de temporal». A la hora de administrar y repartir las dádivas reales para así incrementar el número de cardenales favorables a los intereses de España, Felipe III dice textualmente: «En esa corte como en todas, puede mucho el interés y así es menester gobernarse en ella como el buen cazador, mostrándole al gavilán la carne y dándole poca y poco a poco, porque si se le da mucha, luego pide más y se olvida de la recibida y así si es poco a poco, vive con esperanzas y acude a lo que desea».
Ya lo decían los clásicos: «Homo tamen» (hombre a pesar de todo). Y, ciertamente, ayer como hoy.
