El PSOE tiene un suelo sólido, pese a que todas las encuestas, menos la de José Félix Tezanos, le dan un desplome importante frente al PP. Eso indica que el sanchismo —pues en eso se ha convertido el socialismo— es más fuerte de lo que sus detractores desean.
Aun así, el partido personalista de Pedro Sánchez empieza a tener tímidas fracturas. No me refiero tanto al manifiesto de Jordi Sevilla y unos cuantos socialistas, sino a la brega constante en defensa de las esencias de Emiliano García Page, entre otros pocos. Otro que se ha sumado a las descalificaciones del líder es Felipe González, quien ha dicho que votará en blanco si en unas elecciones Sánchez es el candidato. Eso le ha valido al ex dirigente socialista críticas de sus conmilitones, llegando algunos a decir, como el ministro Víctor Ángel Torres, que debería abandonar el partido.
Estamos, pues, al comienzo de la época baja del sanchismo, en el que parecen grietas donde antes era un todo monolítico. Eso, quiérase o no, es el comienzo del fin de un manera de hacer política poniéndose a todas las instituciones por montera. El sanchismo ha hecho un daño fundamental a la convivencia, estableciendo un muro que divide a los ciudadanos y poniendo en cuestión las elementales normas de armonía política.
O sea, que en algún momento más o menos próximo esta doctrina política perderá las elecciones y se verá abocada a la oposición. En ese momento se verá no sólo el daño que ha hecho al conjunto de los españoles sino a las propias siglas partidistas, porque el PSOE histórico nada tiene que ver con el narcisismo personalista a que lo ha llevado Pedro Sánchez, El daño ha sido tal que el costará al partido socialista, después de él, rehacer sus estructuras y tener un mensaje, si no de ilusión y concordia, al menos no de una salvaje confrontación con todo lo que se oponga a los designios de su actual líder.
