DORMIDO EN LOS MULLIDOS BRAZOS DE HIPNOS
Hace dos semanas justas, soñé (habiéndome dormido en los mullidos brazos de Hipnos) que mi amigo Pío Fraguas me proponía ir a pasar un fin de semana al León Dormido, como cuando, estando ambos internos en Navarrete (La Rioja), en el colegio o seminario menor que regentaban entonces los religiosos camilos, nuestros inolvidables educadores, varias veces fuimos a dicho lugar de acampada (Pío con sus compañeros de curso, y este menda con los del suyo), pero no ahora, en pleno invierno, sino en la primavera. Dada mi condición actual de “ileostomizado”, junto con otras circunstancias o peros (no aperos, como había escrito al principio), me vi impelido (no impedido, ídem) a rehusar su propuesta, pero le comenté que, cuando el tiempo atmosférico fuera más benigno, podríamos ir a pasar un día por aquellas latitudes y altitudes.
Hace una semana cabal, soñé (ídem) que Pío y Diana habían decidido, de consuno o común acuerdo, ir al León Dormido a pasar el fin de semana. Habían comprado dos tiendas, una para ellos, la pareja, y otra para mí, el soltero. E insistieron en hacerme la misma proposición, y yo me limité a iterar mi negativa, pero les encargué que fueran mis ojos, mis oídos y mi piel, y quedé con ellos para que, cuando volvieran y hubieran descansado, me llamaran y acudiría gustoso a su casa para escuchar con suma atención sus respectivos relatos, contados al alimón o por separado; qué habían hecho, con detalles o pormenores, pelos y señales, salvo las intimidades, por si con dicho material podía escribir luego un texto en prosa, a partir de sus experiencias.
Ayer soñé (ídem) que había trenzado un cuento sobre la relación de hechos que Pío y Diana me habían referido. En él yo fingía que les había acompañado. Lo presenté a un certamen literario de narraciones y me habían concedido el galardón.
Hoy he soñado (ídem) que en mi bitácora de Periodista Digital, el blog de Otramotro, donde había publicado, con permiso de la entidad convocante, el relato premiado, han aparecido varios comentarios con denuestos hacia mi persona, acusándome de haber mentido como un bellaco, porque yo no había estado dicho fin de semana en el León Dormido.
Tras dudar si salir a la palestra o no, he decidido saltar al ruedo a pecho descubierto, sin capote ni muleta, para defenderme (aunque fuera contraproducente para mí) de las embestidas de media docena de morlacos. Basta con leer lo que quedó escrito, en la base tercera de la convocatoria del certamen literario al que me presenté, para salir airoso, ileso e indemne de la primera acometida: “El relato deberá versar sobre una experiencia (no dice directa, ni personal, ni propia; ergo, podía ser indirecta, ajena) real”. Y yo me pregunto, ¿acaso no lo fue la que vivieron y me narraron (unas partes, de manera breve, otras, por extenso) mis amigos Pío y Diana?; porque, si no fue real, que venga Dios, si es que existe, imparta justicia divina y sentencie cabalmente el caso.
Cierta y claramente, mi recorrido difiere del que hicieron y me contaron Pío y Diana, porque el suyo fue oral y el mío escrito.
No tengo ningún remordimiento de conciencia, ninguno. A veces, el mejor viaje se hace con el dedo sobre un mapa, o después, al recordarlo, cuando lo organizas mentalmente, a tu gusto literario.
En la sexta base de la convocatoria se insistía en que el relato debía basarse en hechos ciertos, fidedignos. ¿No lo fueron las relaciones de sucesos que me hicieron Pío y Diana? Yo, con esos materiales, con esa arcilla o barro, hice mi propia figura, mi propio viaje verosímil, verídico.
A quienes convocaron el premio he de aducirles cuanto a mis lectores habituales y a algunos esporádicos ya les consta o saben qué pienso en lo concerniente o tocante al tema de la verdad de las mentiras: que una sola gota de tinta, de ficción, tiene la rara virtud de lograr entintar todo el texto, aunque este fuera ciento por ciento fehaciente. Y un último otrosí; prefiero a una verdad chapuceramente urdida, una mentira bellamente trenzada, siempre que nos hallemos en el ámbito de la literatura, y no en el de la justicia, el periodismo o la historia, claro.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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