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Que ayer fuera al convento era obligado

Ángel Sáez García 27 Jun 2024 - 14:00 CET
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QUE AYER FUERA AL CONVENTO ERA OBLIGADO

(SE LO HABÍA GANADO UN FRAILE BUENO,

AUNQUE HAYA DISCREPANCIAS AL RESPECTO)

Ayer, martes, día raro para que este menda se viera impelido a acudir al convento, cuando arribé al citado recinto, remanso (de paz) o retiro, tres vocablos que empiezan con la misma sílaba, “re”, que silabaré sin ningún temor, re, re, re, y le cuadran o encajan perfectamente, como alianza al dedo anular, al cenobio algasiano, la puerta principal estaba abierta de par en par. Eso ocurre en contadas y/o puntuales ocasiones. Ayer una de ellas se cumplía a rajatabla, pues uno de los moradores habituales de sus celdas había fallecido.

Como conocía la tradición, palabra que hay quien define, de modo cabal, como norma no escrita (que puede consistir tanto en una bendición como en una truculencia, pues casos inconcusos hay de lo uno y de lo otro), cuando llegué al recibidor, saludé a los presentes en su interior, al alcalde, Baldomero Sánchez Espárrago, a Elías Zubero Canales, notorio notario, y a Segismundo Solanas, dueño de la ferretería “El arca de Noé”, y, cuando me dirigía a saludar a fray Ejemplo, que se hallaba de pie, a la derecha de la cabecera del ataúd, acaricié con las yemas de dos dedos de mi diestra, el índice y el corazón, de los pies a la testa, el exterior del féretro brillante, de madera de roble, que contenía los restos mortales del finado.

Me acerqué a mi maestro y mentor, que sostenía un rosario entre sus manos, y nos abrazamos. Reconozco que yo puse más empeño del normal. Le di un apretón más estrecho, si cabe, de lo usual, pues se llevaba estupendamente con fray Sebastián, y le dije:

—Le acompaño en el sentimiento, mezcla de dolor y tristeza. Como usted ya me conoce, no me extenderé, porque sabe que lamento, de veras, toda muerte, la de cualquier congénere; ahora bien, debo admitir lo obvio, que me ha apenado sobremanera conocer que el difunto era fray Sebastián.

—Como te consta, la locución que has utilizado al inicio de tu discurso es una frase hecha. Todos la hemos usado alguna vez. Y no la voy a detestar, pues he advertido en numerosas ocasiones, también hoy, como acabo de comprobar, en tu caso, que quien echa mano de ella demuestra bien, a las claras, que empatiza con el apesadumbrado desgarrón anímico que muestran mis hermanos y con el mío. Sé que, si el día de la fecha hubiera sido viernes, te hubiera gustado que habláramos más de la vida que de la muerte, de cuanto a ambos nos agrada, del amor humano o, mejor, humanitario; sensu stricto, de nuestra pasión por los libros que nos hicieron más libres, y de la amistad, y de literatura, que acaso sea una forma amable de ver al amigo, convertido, devenido o metamorfoseado en libro.

—No sabía que fray Sebastián estuviera tan enfermo.

—Nosotros tampoco; bueno, su confesor sí era conocedor del hecho, pero don Carlos, el párroco de la iglesia de Santa Catalina, no ha soltado prenda hasta esta mañana, apenas una hora después de que fray Sebastián hubiera expirado. Le había revelado el mal que padecía en una confesión y don Carlos procedió a guardar el secreto; es evidente que cumplió con su cometido y deseo con creces.

—Perdone que le haya cortado el hilo y el ritmo del rezo del rosario.

—Me has escuchado decir, y más de una vez, que la oración puede ser una liberación, en ciertas ocasiones, y una cárcel o carga, en otras.

—¿Hoy le he liberado, o sea, echado abajo los barrotes que le hacían sentirse dentro de una prisión?

—Definitivamente, sí.

—¿Puedo preguntarle qué recuerdo tiene de fray Sebastián que le cause más pudor y/o rubor contar?

—Puedes. Que un día, que flojeó en su fe y dudó, me adujo que el ejemplo que yo solía poner de la fe del carbonero para explicar la Santísima Trinidad, podía servirles y bastarles a otros para quedar persuadidos, pero no a él. Ese delantal con triple doble o repliegue era para él una engañifa, una filfa, desde el punto de vista intelectual, así como otros que prefería guardar para sí, en silencio, y no proferirlos, por no emponzoñar la vida conventual.

—Pues me doy cuenta de que abundaba con él más de lo que pensaba.

—Eso mismo le hice saber el día que me refirió que su mente no le permitía creer en un Dios tan endiosado como para juzgar, de modo inapelable, que la mejor forma de vivir la eternidad en el cielo fuera gozando por esta razón, contemplar pasmado su grandiosidad. ¿Puede haber un ejemplo de mayor egotismo?

—La verdad es que, si el planeta azul no ha logrado saltar antes por los aires, no sé dónde quedará el cielo dentro de cinco mil millones de años, cuando en el sol no haya más hidrógeno que pueda transformarse en helio.

—Si te sirve, Otramotro, yo le transmití, corroborando su parecer, que tampoco lo entendía. Esa coincidencia nos unió más, aunque no lo hiciera en el ámbito de la fe, como nos ocurre a nosotros.

Nota bene

Si el hombre puede devenir, como demostró irrefutable e irremediablemente Franz Kafka, en un monstruoso insecto, pongamos, verbigracia, un escarabajo, que, tras conseguir darse la vuelta y mirar cara arriba, llegó a ser un artista del hambre y/o del trapecio; y el astro sol, tras un largo proceso, puede acabar siendo una enana blanca, ¿por qué no va a terminar siendo Dios un ogro negro?

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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