PÁRRAFO ESCUETO EN TORNO A LA EXISTENCIA
Además de aprender a aprender (que no es un mero juego de palabras, aunque a alguien se lo pueda parecer en un principio, sino una realidad fehaciente de la que cada individuo, ya sea o se sienta ella, él o no binario, va tomando conciencia y constancia paulatinamente, en distintos y tal vez distantes entre sí momentos de su proceso de aprendizaje o instrucción, que dura mientras el sujeto vive y le sigue funcionando la testa correctamente), saber provisto de un variopinto muestrario de sabores que toda persona adquiere en silencio y soledad, pero, sobre todo, interactuando con sus émulos y/o colegas, dentro y fuera del aula, los discentes (los seres humanos, querámoslo o no, lo somos a lo ancho y a lo largo de toda nuestra existencia, si exceptuamos a quienes están en coma, inconscientes, y a los enfermos de alzhéimer o quienes padecen otras alteraciones mentales, etc., claro) tenemos mucho que aprender; además de las diversas materias de conocimiento, cuyo cometido e impartición corresponde e incumbe socialmente a los maestros y profesores (ellas y ellos), de la situación o el entorno, verbigracia, de la diuturna pandemia de la covid-19 (aún hay casos) y de la incertidumbre (que tiene la rara virtud de aglutinar o agrupar diferentes asuntos o temas), que rodean y gravitan sobre el actual espacio/tiempo o “cronotopo”.
Si no recuerdo mal, fue el literato cubano José Lezama Lima quien, en su “Curso Délfico” (que escribió y describió su discípulo Manuel Pereira), dejó dicho que no saber es el grado cero, el primer escalón o peldaño que hay que subir para ascender luego la entera escalera del saber. Para superar con éxito esa primera dificultad, nos hemos tenido que cepillar los prejuicios que acarreábamos, por ejemplo, ese miedo inveterado y cerval que, desde la más tierna infancia, se adhirió a nuestra piel como una lapa, el pánico escénico a quedar en ridículo ante los demás y ser el hazmerreír de la clase o el grupo. Solo conseguirán salir airosos del brete quienes mejor logren adaptarse al medio, siempre cambiante, donde su anagrama, el miedo, hace buenas migas con la incertidumbre, un totum revolutum.
Está claro, cristalino, que el Dios cristiano, el trino, al ser omnímodo, omnisciente y omnipotente, no hubiera necesitado crear y, por ende, delegar funciones que le son propias, pues le atañen, exclusivamente, a Él, en sus ayudantes o servidores (por cierto, esta idea, verbigracia, no cuaja ni encaja bien con la que profirió, si hacemos caso a la Buena Nueva, el evangelio, su supuesto Hijo, Jesús de Nazaret, Jesucristo, que aseveró que vino al mundo a servir y no a ser servido), los arcángeles y ángeles (pues, según mi perspectiva o modo actual de ver las cosas y los casos de la Gloria eterna, estos son claramente innecesarios y hasta contradictorios; ahora bien, entiendo que Dios, a fin de hacerse humano, de humanizarse, echara mano de ellos y les atribuyera a estos algunas de sus facultades, habilidades o poderes, para que hicieran buen uso de ellas/os).
Así las cosas, no me extraña que, dando cuenta de su infinita magnanimidad, Dios escribiera, de su propio puño y letra legible, el mensaje que sigue y obrará en el parágrafo final de este escrito, que cabe leer en un cartel, reproducido hasta el infinito, que pende de dos hilos irrompibles del techo celestial, en la sala donde los ángeles que miden y pesan las acciones de los difuntos, todas ellas, leen y releen, antes de conceder o denegar el plácet a cuantas almas solicitan acceder al Cielo:
“Todo examen exhaustivo que no caiga en el prejuicio de desechar notorias constataciones y revelaciones nuevas ha de dar como resultado una visión integral de toda existencia humana, que fue consecuencia de tensiones y equilibrios de fuerzas diversas, individuales y sociales, éticas, intelectuales y religiosas, que merecen escudriñarse y ponderarse de nuevo en toda su complejidad, que orille el relato maniqueo y simple de estos fueron buenos y esos malos. In dubio, por reo.
“Dios”.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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