TODA LITERATURA ES EMBELECO,
AUNQUE UN MONTÓN REÚNA DE FETENES;
Y NO ES UNA EXCEPCIÓN LA POESÍA
Está claro, cristalino, que, desde que el mundo es (in)mundo, dos han sido los grandes temas de la literatura universal, eros y thanatos, amor y muerte. Esos dos términos sirvieron al padre del psicoanálisis, Sigmund Freud, para distinguir lo que para él eran dos instintos básicos del ser humano, la vida y la muerte, respectivamente. Bueno, pues, por los antecedentes (la experiencia es un grado que marca tendencia), me veo empujado a trenzar que esos dos asuntos mencionados seguirán siendo los más y mejor tratados por los literatos que son y serán, sean ellas, ellos o no binarios. Y, como el abajo firmante no es una excepción a dicha regla, yo tampoco me salí de los cánones de ese libro de estilo o márgenes de ese guion. Así que empecé a ejercer de aprendiz de ruiseñor, a versear, a escribir poesía, a los dieciséis años. Y fue por un motivo luctuoso, no amoroso (entiéndaseme; a mi querido deudo, el mayor de mis hermanos, José Javier, lo quería, cuando estaba vivo, y lo sigo queriendo, cuando está muerto; no me he preguntado cuánto, si más, igual o menos; en todo caso, me consta que lo hago sobremanera; ahora bien, la razón de que asiera y empuñara con mi diestra la pluma fue otra, el deceso del susodicho, como trágica y funesta consecuencia de un accidente de tráfico), y económico (la economía siempre suele ser una parte importante de la madre del cordero, del quid de cualesquiera cuestiones, y, en este caso, también, por supuesto, pues era mi mecenas). Así que yo, aun siendo heterosexual, fui original, ya que no tuve musa, sino muso, Javi, en mis inicios líricos; y a él, preciosa (qué va a decir su hacedor) y precisamente, le remitía mis poemas a la única dirección posible donde él podía residir, tras fenecer, el Cielo. ¿No era una contradicción, pero como una catedral de grande, que el destinatario de mis versos fuera una persona finada y, además, occisa.
Bueno, pues, si tengo que ser yo quien dé respuesta a esa pregunta, la que corona el parágrafo anterior, contestaré lo obvio, que sí (pero, también, como noto que lo respondido queda incompleto, lo esperado) y que no. Y es que la realidad que nos rodea, como a quien se haya propuesto comprenderla, ser versada/o en ella (habrá tenido que explorarla y explotarla a conciencia, y, por ende, la habrá auscultado y escrutado), le consta o sabe, a ciencia cierta, es compleja y poliédrica, no tan sencilla como, a primera vista, pudiera parecer, simple, aunque muchos, una legión, se empeñen en hacer que la veamos así. Los poemas iban dirigidos a él, sin duda, porque él era el “tú” que aparecía en los tales; pero también, sobre todo, al lector de los mismos, que leyeron (calculo ahora, a ojo de buen cubero) una docena de personas tan solo, mis novias (no a la vez, sino una detrás de otra). A todas ellas les envié uno o varios con el mismo y doble propósito de que me entendieran y se entendieran, por si hallaban afinidad, concomitancia o parangón con alguna anécdota, episodio o percance traumático propio, de sus respectivas vidas, y, tras leerlos, el poso que estos habían dejado les ayudara, ahora sí, por fin, a entenderlos, a encontrarles una explicación lógica; o, tras pasar su vista por ellos, les sirviera de lenitivo, de remedio para atenuar el dolor que aún acarreaban los suyos. O cuánto me habían ayudado a mí a superar el duelo los pensamientos y sentimientos que derramé y derroché en ellos, los que el óbito de Javi me deparó o provocó, al haber perdido a quien me surtía de dinero extra para poder comprar libros, mi pasión de entonces, que, cuando los leía detenidamente, los disfrutaba dos veces, una, por haberlos adquirido y tenerlos y poder releerlos cuando quisiera, y dos, por haberles sacado rédito (el máximo lo obtendría cuando culminara varias relecturas de los tales), al constatar, de manera fehaciente, que ellos, sin hesitación, eran los que me habían hecho más libre.
Aún hoy hay muchas personas que me siguen planteando la misma cuestión, si lo que vierto en mis poemas es verdad pura y dura; y yo, por descontado, no les miento. Les digo que comienzo echando mano de uno o varios hechos ciertos, reales, verídicos, pero luego, si no todo, el grueso de los mismos lo metamorfoseo a mi antojo, con la pretensión de sacar a la idea primigenia, la que me brotó al principio y motivó la urdidura del poema, que comparo con una naranja zumosa, la mayor parte del jugo que contenía, para aprovecharlo a tope, para optimizarlo. ¿Dejan de ser reales cuando les añado un dato incierto, falso, apócrifo? Insisto en contestar tres cuartos de lo propio; sí y no. Quien haya leído “La verdad de las mentiras”, el ensayo definitivo de Mario Vargas Llosa sobre el asunto, sabe de qué hablo (en puridad, de qué escribo aquí).
Un dato, documento o testimonio ficticio, eso es, al menos, lo que a mí me consta, tiene la habilidad de contagiarlo todo, de falsearlo todo, al teñir todo el escrito donde aparece con su tinte característico (de variopinto color), el de la fantasía o la imaginación. Por tanto, para matizar, sin ánimo de complementar ni completar el texto canónico de Vargas Llosa, cabe agregar lo que tal vez hubiera salido algún día de la mui de Perogrullo: Toda literatura es embeleco, aunque un montón reúna de fetenes; y no es una excepción la poesía.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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