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Es Íñigo Domínguez una mina

Ángel Sáez García 03 Nov 2025 - 20:00 CET
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ES ÍÑIGO DOMÍNGUEZ UNA MINA

Y ESTA LOA UNA MERA CONSECUENCIA

Es Íñigo Domínguez una mina. Y escribirlo es lo justo; y lo oportuno agradecérselo por cuanto aporta. Ignoro cuál es la opinión del atento y desocupado lector (ora sea o se sienta ella, él o no binario) de las habituales urdiduras de Domínguez en EL PAÍS, pero, para este menda, quien firma abajo estos renglones torcidos, al que le gusta “garimperar” (verbo que, en portugués/ brasileño, significa prospectar, o sea, buscar diamantes en terrenos diamantíferos), además de otras muchas cosas que obvio, por consabidas, un lector es un explorador y un explotador del medio, un minero en constante búsqueda de un filón aurífero, a fin de extraer de él todo lo que sea aprovechable.

De las tres piezas que, durante el pasado fin de semana, Domínguez publicó en el Periódico Global, me he decantado por glosar someramente su texto hilarante del sábado, titulado “Picaresca italiana en incómodas lecciones”, que vio la luz en la contraportada o página 48 del diario de papel de dicho día, 1 de noviembre de 2025, festividad de Todos los Santos; que, si a los muertos les cupiera la doble posibilidad de leer y reír, se hubieran tronchado de la risa, es decir, carcajeado a mandíbula batiente, por los casos y la cosas que suceden (y seducen, si los lees sobre o bajo la firma de Íñigo) en el país de la bota, que tanto se parecen a los que acaecen en el de la piel de toro puesta a secar al sol que más calienta.

Está claro que, al final del reinado de Carlos V, se publicó una breve novela que inició en España el género picaresco, “El Lazarillo de Tormes”, de autor anónimo (aunque juzgo que la atribución a Juan de Valdés es la más certera, si tengo en cuenta el acervo o montón de razones aducidas por Manuel J. Asensio, Mariano Calvo López y José María Martínez Domingo), que narra, de forma autobiográfica, las proezas de un joven personaje, un pícaro, que sirve a varios amos. Como todo quisque sabe, aun sin haber leído entera la novelita, solo algunos de sus fragmentos, los más renombrados, en el relato que trenza el supuesto Lázaro González Pérez, ya adulto, describe y muestra la sociedad española de aquel tiempo, mediados del siglo XVI.

Bueno, pues, cabe aseverar que, antes o después, la llama de la picaresca prendió aquí, ahí y allí, allende las fronteras y/o los mares, en los procederes de las gentes. Hubieran leído estas la novela o no, hubieran escuchado parte de las andanzas de Lázaro o no, lo cierto y verdad es que no solo surgieron caraduras o desvergonzados en España y en Italia, sino en cualesquiera otros países del ancho e inmundo mundo.

Como Domínguez es un poliedro, también es un bululú dicaz y perspicaz de tomo y lomo. Y, como está atento y concentrado en cuanto hace, ha reparado en lo público y notorio, que la realidad abunda en noticias que acarrean o pueden transportarle a uno a la perplejidad. A él no se le ha pasado captar lo diáfano, que, como ocurre en toda moneda de curso legal, esta tiene dos caras, anverso y reverso, o haz y envés, o sea, que pueden convivir en una misma persona la agudeza de su ingenio y la crudeza de su actitud.

Recomiendo, con especial encarecimiento, que se lea su pieza íntegra, de cabo a rabo, porque yo me limitaré a comentar aquí solo dos de las nuevas que Íñigo señala.

Primera: “Condenada a pagar 129000 euros por trabajar solo seis días en nueve años con enfermedades y embarazos ficticios”. Supongo que la susodicha, se llame Justina o no, como la pícara de la novela homónima de dicho título, obra que se le atribuye a Francisco López de Úbeda, era funcionaria. Puede que el fraude cometido por la italiana quede a la misma altura que el pufo en el que incurrió (sensu stricto, al que le ayudaron a incurrir a) una española que fue contratada por una empresa pública y cobró de la misma sin tener que ir un solo día a trabajar. Creo que era sobrina (o eso se hizo saber, para agilizar y avalar su contratación) de un ministro de buen porte y que se llama (si no se ha mudado el nombre) Jesica (se escriba o escribiera su gracia de pila con doble ese o no, y con tilde o no).

Segunda: “Finge ser ciego durante 50 años, estafa un millón de euros al Estado en subsidios”. Y este timo me ha llevado a recordar el final que preparó y perpetró, una venganza en regla, Lázaro a su primer amo, el invidente y acaso también pederasta (aunque este último dato lo ha imaginado servidor por su propia cuenta y riesgo; por cierto, que echo de menos la versión de los hechos por parte del ciego, si es que logró recuperarse del descalabro o testarazo; ¿ningún autor se anima a fantasear sobre ello?), a quien llamaba (y no falta quien ve en él a quien fue cegado por el poder, el mentado “ministro de buen porte”) tío:

“Visto esto y las malas burlas que el ciego burlaba de mí, determiné de todo en todo dejalle, y, como lo traía pensado y lo tenía en voluntad, con este postrer juego que me hizo afirmélo más. Y fue así que luego otro día salimos por la villa a pedir limosna, y había llovido mucho la noche antes; y porque el día también llovía, y andaba rezando debajo de unos portales que en aquel pueblo había, donde no nos mojamos, mas como la noche se venía y el llover no cesaba, díjome el ciego:

“—Lázaro, esta agua es muy porfiada, y cuanto la noche más cierra, más recia. Acojámonos a la posada con tiempo.

“Para ir allá habíamos de pasar un arroyo, que con la mucha agua iba grande. Yo le dije:

“—Tío, el arroyo va muy ancho; mas si queréis, yo veo por donde travesemos más aína sin mojarnos, porque se estrecha allí mucho y, saltando, pasaremos a pie enjuto.

“Parecióle buen consejo y dijo:

“—Discreto eres, por esto te quiero bien; llévame a ese lugar donde el arroyo se ensangosta, que agora es invierno y sabe mal el agua, y más llevar los pies mojados.

“Yo que vi el aparejo a mi deseo, saquéle de bajo de los portales y llevélo derecho de un pilar o poste de piedra que en la plaza estaba, sobre el cual y sobre otros cargaban saledizos de aquellas casas, y dígole:

“—Tío, éste es el paso más angosto que en el arroyo hay.

“Como llovía recio y el triste se mojaba, y con la priesa que llevábamos de salir del agua, que encima de nos caía, y, lo más principal, porque Dios le cegó aquella hora el entendimiento (fue por darme de él venganza), creyóse de mí, y dijo:

“—Ponme bien derecho y salta tú el arroyo.

“ Yo le puse bien derecho enfrente del pilar, y doy un salto y póngome detrás del poste, como quien espera tope de toro, y díjele:

“—¡Sus, saltad todo lo que podáis, porque deis de este cabo del agua!

“Aun apenas lo había acabado de decir, cuando se abalanza el pobre ciego como cabrón y de toda su fuerza arremete, tomando un paso atrás de la corrida para hacer mayor salto, y da con la cabeza en el poste, que sonó tan recio como si diera con una gran calabaza, y cayó luego para atrás medio muerto y hendida la cabeza.

“—¿Cómo, y olisteis la longaniza y no el poste? ¡Oled! ¡Oled!  —le dije yo.

“Y dejéle en poder de mucha gente que lo había ido a socorrer, y tomo la puerta de la villa en los pies de un trote, y, antes de que la noche viniese, di conmigo en Torrijos. No supe más lo que Dios de él hizo ni curé de saberlo“.

Nota bene

Para evitar recelos o suspicacias, añado aquí lo que considero precipuo o principal, que, salvo por las lecturas que vengo haciendo desde años de sus textos, no conozco a Íñigo Domínguez de nada.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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