El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Prefiero las censuras a las loas

PREFIERO LAS CENSURAS A LAS LOAS

Hoy he recibido correo electrónico de alguien que ya me ha redactado y enviado otros con antelación. Ahora bien, como no tiene el hábito de firmarlos con su nombre y apellidos verdaderos, pero su dirección de correo me suena (es lector, seguida de una serie numérica en dígitos romanos), aunque no coincida, pues su cifra tiende a ser diferente, eso me ha hecho colegir (me apostaría doble contra sencillo a que de forma certera) lo obvio, que antes me ha escrito y remitido sus opiniones sobre algunas de mis urdiduras o “urdiblandas”.

No me atrevo a augurar (ergo, menos aún a asegurar de modo concluyente) cuál es su sexo (cuál es su identidad sexual o cómo se siente él, fémina, varón o no binario).

Los párrafos que en esta ocasión ha agavillado o reunido y mandado son los que siguen:

“Usted, Otramotro, tiene la rara habilidad o virtud de ponerme un nudo en la garganta en un renglón y, en el siguiente, deshacérmelo. Y eso, se lo puedo confirmar, aun sin ser obispo ni llevar, por ende, ínfulas sobre los hombros y la espalda, poca gente lo logra.

“Leyéndole con atención, me flipa comprobar, de manera fidedigna, cómo todas las piezas que van apareciendo en el relato, conforme se ajustan unas con otras (a eso se le suele llamar coherencia y cohesión formal), van encajando perfectamente en el puzle, o cómo las teselas van componiendo el mosaico; el paisaje se funde con el paisanaje, formando una identidad nueva, más prolífica o rica, y de esa variopinta y sutil gama de matices brota la maravilla, un manantial de agua vivificante y transformadora, donde el líquido elemento y prodigioso que quita, además de la acostumbrada, otras sedes, fluye libre, en armónica emoción con el medio (o) ambiente.

“En el grueso de sus textos (no en todos; así lo vengo constatando y atestiguando) ocurre lo que he dado en llamar el milagro del mensaje, la función principal del lenguaje, la correcta comunicación, porque este consigue maridarse estupendamente con los pensamientos que se sienten y, asimismo, con los sentimientos que se piensan, como eso decía que sucedía el maestro Miguel de Unamuno, en una fértil comunión, como lo propio hace la asamblea de cristianos durante el sacrificio incruento de la misa.

“Lo innovador o nuevo, en su caso, es comprobar cómo fusiona, sin apenas estridencias, el modelo o lenguaje poético y el prosístico. He testado, de manera extática, cómo escribe prosa, pero, en su estructura profunda, esta está compuesta (en unos textos, solo en parte; en otros, de manera completa), por series y más tiras de versos endecasílabos, técnica que requiere un dominio exhaustivo de ese procedimiento. Dicho recurso lo había identificado antes en otros autores, pero es que usted lo usa de manera sublime, habitualmente.

“Siga escribiendo, Otramotro, como lo hace, porque leerle  a diario es un deleite del que no estoy dispuesto a renunciar”.

Me apetece creer a pies juntillas que lo que escribe y me remite el susodicho comunicante es verdad auténtica, apodíctica, absoluta; empero, como yo utilizo mucho la figura literaria de la ironía (sensu stricto, decir lo contrario de lo que se piensa), ¿por qué otros no van a poder echar mano del mismo recurso retórico?

Le he contestado esto:

Lector y comunicante espontáneo:

Le agradezco sobremanera, de veras, los párrafos laudatorios que me ha mandado y he leído con sumo gusto; ahora bien, por si no lo sabe, o, conociéndolo, lo ha olvidado, soy más partidario de las censuras o críticas que de las alabanzas. ¿Por qué? Porque las primeras son más educativas o provechosas que las segundas. Además, como arguyó Unamuno, el aplauso o elogio de uno suele ir aparejado del abucheo o baldón, más o menos evidente, de otro/s. Y es que la primera vez que leí “Charlas de café” (1920), de Santiago Ramón y Cajal, consideré precipuo o principal subrayar este inteligente aserto suyo que dice así: “Te quejas de las censuras de tus profesores, émulos y adversario, cuando debieras agradecerlas; sus golpes no te hieren, te esculpen (sic, con la preceptiva ele, no sin ella, “escupen”, como también he leído la frase, mal citada, claro)”.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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