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¿Por qué un camaleón me considero?

Ángel Sáez García 02 Oct 2026 - 14:00 CET
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¿POR QUÉ UN CAMALEÓN ME CONSIDERO?

Como supongo (no sé si es mucho, lo normal o poco suponer) que el atento y desocupado lector, ora sea o se sienta ella, él o no binario, de estos renglones torcidos tuvo, a lo largo de su variopinta existencia, una época o etapa de insensatez redomada, como la que también viví yo (ahora me hubiera gustado no haberla tenido —pero, si esta no hubiera ocurrido, acaso tampoco hubiera podido elegir y, por ende, optar por la gozosa alternativa de aprender de ella—, haberla esquivado o driblado, pero no lo hice; así que juzgo que de nada sirve que me lamente de los diversos errores en los que incurrí, confío, deseo y espero que alguien que me lea escarmiente en cabeza ajena y logre darle oportuno esquinazo), sospecho que no fui el único entre mis congéneres que otrora necesitó una ayuda extra, casi casi un prodigio, o sea, que el santo moreno, san Fermín, manejara con maestría su milagroso capote, pues, además de fungir antaño de fumador empedernido (no he vuelto a concederme el sandio placer de encenderme un cigarrillo, desde que el magnífico cirujano Iñaki Alberdi y otros compañeros suyos del excelente equipo que formaban me operaron, hace 25 años justos de ello, el 10 de septiembre de 2001, en un quirófano del Hospital “Reina Sofía”, HRS, de Tudela), me gustaban sobremanera los encierros y participar activamente, como temerario corredor, en ellos. Recuerdo qué sentí cerca, muy cerca, a flor de piel, en el último que participé en Cornago (La Rioja), que fue el postrero, pues no volví a entrar en otro recorrido del mismo tipo, miedo cerval, porque un toro casi me pilla (al perder la vertical y caer, me hice un siete en el pantalón vaquero que acababa de estrenar); el morlaco pasó por encima de mi cuerpo (no sé el motivo por el que me vi en el suelo, pero yo lo achaco, una mitad a la velocidad del cornúpeta y la otra mitad a mi pánico).

A partir de entonces, los encierros no han dejado de gustarme del todo, pero ahora los suelo ver en directo o diferido, una de dos, o sentado en el sofá de mi casa, por la tele, o resguardado tras las barreras, o subido a un lugar seguro, más que el mejor del recorrido, según la opinión generalizada.

Entonces era (y sigo siendo todavía) un lector asiduo (de diarios, revistas y libros), hábito que no he enmendado ni mudado por otro, aunque ahora, como escribo mucho más de lo que lo hacía hace veintitantos años, acaso lea menos, es decir, sea menos león y menos peleón (menos lector y menos exégeta y crítico), pero sigo siendo el mismo animal de buenas costumbres que fui. Lo que sí he dejado de ser es un camaleón, siempre que esa dicción denote o signifique león de cama, esto es, lector de lecho; ahora no necesito leer durante media o tres cuartos de hora, estando tumbado decúbito supino en el catre, para conciliar el sueño. Ahora, a las 11 de la noche, se me empiezan a bajar las ventanas oculares, los párpados, y caigo rendido en los mullidos brazos de Hipnos o Morfeo en un santiamén.

Así las cosas, en el arranque del cuarto parágrafo de este texto en prosa, me ha dado por buscar concomitancias o hallar paralelismos entre los dos vocablos que refulgen en los párrafos precedentes. En 1980 apareció publicada la obra “Música para camaleones”, de Truman Capote. En el prefacio que le colocó a dicho libro misceláneo, seis cuentos y seis entrevistas, se pueden leer estas líneas sugerentes: “Empecé a escribir cuando tenía ocho años: de improviso, sin inspirarme en ejemplo alguno. No conocía a nadie que escribiese y a poca gente que leyese. Pero el caso era que solo me interesaban cuatro cosas: leer libros, ir al cine, bailar claqué y hacer dibujos. Entonces, un día comencé a escribir, sin saber que me había encadenado de por vida a un noble, pero implacable amo. Cuando Dios le entrega a uno un don, también le da un látigo; y el látigo es únicamente para autoflagelarse”. Bueno, pues, he comprobado, de manera fehaciente, que el último aserto es verdad.

Está claro, cristalino, que el espectador lejano de un suceso vislumbró lo que pasó, pero, acercándose al lugar donde el hecho ocurrió, seguramente, dialogó con un testigo presencial, directo, del mismo y, aproximándose aún más, al personaje principal, quien protagonizó o sufrió la acción. ¿Qué cabe deducir de todo lo escrito? Que los tres personajes he sido yo en alguno de los cuentos que he firmado. Así pues, es lícito aseverar que todo autor es un camaleón, porque puede interpretar los tres papeles o roles descritos y señalados. No hay mejor modo para salir airoso de un aprieto que tragarse a los tres y, así, poder escribir luego una narración que resulte creíble, verosímil.

Hay literatos que no necesitan metamorfosearse en los personajes de sus piezas literarias, pero yo reconozco que lo hago. Si lo corono bien o mal, eso ya es harina de otro costal.

No he creado ni tengo tantos heterónimos como los que parió el prolífico Fernando Pessoa, de personalidad literaria múltiple, pero he reunido a mi alrededor una buena panoplia de ellos: Emilio González, “Metomentodo”; Elvira González, “Metáfora”; Eladio Golosinas, “Metaplasmo”; Edurne Gotor, “Metonimia”, etc. Si con cada uno de ellos hacemos la misma operación, es decir, si juntamos la letra inicial de su nombre de pila, las dos primeras de su primer apellido y las tres primeras de su apodo, en todos los casos obtendremos la misma voz, “egomet”, que en latín significa “yo mismo”, o sea, el camaleón, el ser proteico que soy.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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