España amanece conmocionada tras la peor catástrofe ferroviaria desde el accidente de Alvia en Santiago de Compostela en 2013.
Al menos 39 personas han perdido la vida y más de 150 han resultado heridas –48 de ellas aún hospitalizadas, 12 en estado crítico– en un brutal choque entre un tren Iryo (Málaga-Madrid) y un Alvia (Madrid-Huelva) ocurrido ayer domingo a las 19:45 en las inmediaciones de Adamuz (Córdoba).
Los últimos vagones del Iryo descarrilaron en los cambios de agujas de entrada a la estación de Adamuz e invadieron la vía contraria, donde circulaba a velocidad de línea el Alvia en sentido opuesto. El impacto fue devastador: los dos primeros vagones del tren de Renfe salieron literalmente despedidos y cayeron por un talud de varios metros, convirtiéndose en el foco principal de la tragedia.
Mientras familiares desesperados buscan respuestas y las tareas de rescate continúan con ayuda de la UME, el ministro de Transportes, Óscar Puente, se limita a repetir que “es muy raro”, que “nadie entiende nada” y que “hay que esperar a la investigación”. Palabras que, lejos de tranquilizar, han generado creciente indignación entre muchos ciudadanos y sectores del transporte.
Desde hace años venimos advirtiendo que la fragmentación del sistema ferroviario, la entrada de operadores privados sin la suficiente coordinación con Adif y Renfe, y una gestión política más preocupada por la foto y el relato que por el mantenimiento y la seguridad real, podía acabar en tragedia.
Para analizar esta y otras cuestiones de calado, Josué Cárdenas aborda lo último de la actualidad del momento en una nueva edición de ‘La Burbuja’.