LA TRIBUNA DEL COLUMNISTA

Alfonso Rojo: «Los de Podemos siguen grogui, como si les hubiese atropellado el autobús»

"Pablo Iglesias y sus compinches estaban hace una semana repartiéndose ministerios"

Jon Juaristi: "Rivera quiere parecer más enemigo de la corrupción que los del PSOE"

Siguen los de Podemos buscando ese millón de votos que se perdieron en el camino que va de los sondeos al recuento oficial. Los chicos de Pablo Iglesias aún no se han percatado de que el mundo de las predicciones demoscópicas no tiene por qué tener su reflejo en el real, en el oficial, en el que los ciudadanos no quieren ser carne de encuesta.

Este 3 de julio de 2016 las columnas de opinión van en esa dirección, en explicarle a los podemitas que los sondeos son una cosa y otra lo que en realidad la gente quiso elegir ese 26-J:

Arrancamos en La Razón y lo hacemos con Alfonso Rojo que define en cuatro pinceladas cómo esta el patio político una semana después de las elecciones del 26 de junio de 2016:

Ha pasado una semana del 26-J y alguno sigue como si lo hubiera atropellado el autobús. Pablo Iglesias y sus compinches, que a estas horas estaban el pasado domingo repartiéndose ministerios y dando por seguro que al día siguiente camparían a sus anchas por los salones de La Moncloa, siguen «grogui». Se les ha quedado cara de tontos de catálogo y no es para menos, porque no se van a ver en otra como esta. Tiene el de la coleta un ego tan desaforado y le han dorado tanto la píldora los periodistas, que todavía no entiende que España no es sólo Twitter y que en política se juega también fuera de los platós de televisión.

Aclara que:

Si no se produce un cataclismo planetario o el PSOE se empecina en suicidarse, lo lógico es que de aquí en adelante los podemitas vayan hacia abajo, para terminar ocupando el espacio donde históricamente se ha situado Izquierda Unida. Con otras caras, un estilo más moderno, toques de ecologismo, hablando de sexo, muchos besos y todavía más demagogia, pero ahí.

Apunta que:

Lo de los socialistas de toda la vida es distinto. La nueva pérdida de escaños se ha visto compensada por la narcótica sensación de alivio que les generó, contra pronóstico, esquivar el «sorpasso» y quedar segundos. Están todavía como quien resbala al borde del precipicio, consigue aferrarse a una rama y tras colgar en el vacío un buen rato, es rescatado, pero en breve deberán hacer frente a la inevitable decapitación de Pedro Sánchez. Sea quien sea el nuevo líder, parece claro que optarán por una oposición frontal a Mariano Rajoy, así que ya nos podemos ir preparando para una legislatura en la que PSOE y Podemos competirán por ver quien ataca con mayor ferocidad al Gobierno.

Con ese panorama, lo lógico es que Albert Rivera se deje de pamplinas, asuma que Ciudadanos no tiene hueco en el equipo opositor y opte por convertirse en el catalizador de esas reformas que necesita España. Si para ello debe entrar en el Gabinete, que se incopore, porque la gente no le perdonará que se ponga de perfil.

Y le da un consejo al PP, que no se abotargue en la autocomplacencia, que al fin y a la postre sólo obtuvo 137 escaños, inesperados, eso sí, pero está a 39 de la mayoría absoluta:

El PP, donde muchos deben estar pellizcándose con esos 137 diputados logrados contra pronóstico, corre el riesgo de abotargarse en la autocomplacencia. Ni Rajoy ni los populares llevan en sus genes la pulsión del cambio y a menos que sientan presión, van a seguir a lo suyo. Hace falta que alguien le meta un cohete donde la espalda pierde su casto nombre.

En ABC, Antonio Burgos se marca una divertida columna en modo romance sobre el tortazo que se dio el 26 de junio de 2016:

Como estrenamos verano, a la orilla de la playa viene fresquito el romance de Podemos y su guasa. Les diré, pues, en romance, lo que con Podemos pasa. Lo que pasa es que ha ganado el que menos se esperaba, porque nadie daba un duro por el partido que llaman Popular, pues Populismo era lo que se estilaba. Al cierre de los colegios las encuestas lo cantaban: se ha producido el «sorpasso», Podemos es aquí quien manda y han quedado los demás lo mismito que La Chata. En la radio el tertuliano de comentarlo se hinchaba, mientras no daban los datos, porque faltaba Canarias: de Iglesias será el gobierno y Rajoy se va a su casa; que pronto parecerá que esta nación no es España, porque le han cruzado el charco y ya es sudamericana. Dicen unos: «Como Cuba». Replican otros que nada, que será una Venezuela sin cumbia y sin maracas.

Añade que:

La ilusión duró un segundo. Ya los colegios cerraban en aquellas que les dicen las Islas Afortunadas y empezaba el escrutinio y la verdad revelaban: todas las israelitas estaban equivocadas. De «sorpasso», ni mijita; no pegó la costalada ese Rajoy que en derrota todo el mundo presagiaba. Y salieron al balcón, como en las noches sonadas: Mariano con los suyos, saludando muchachadas que enarbolaban banderas, banderas rojas y gualdas. Y que eran españoles con orgullo proclamaban, como si en vez de un partido que había ganado en España fueran con la selección, la que «la Roja» le llaman, y a la que Italia la puso mirando a Guadalajara.

¿Y Podemos? Pues Podemos el temporal capeaba del mejor modo posible: a mal tiempo, buena cara. Buena cara y puño en alto, y repitiendo soflamas más antiguas que el TBO, las que usaba Pasionaria: «No pasarán» que decía. Celia Gámez replicaba: «Ya hemos pasao, comunistas, así que a joderse mandan». Como podrán ver ustedes, esta Historia nunca cambia. Los que decían que Unidos podían lo que gustaran, ni Unidos ni sin unir: el pellejazo pegaban, perdiendo un millón de votos sobre aquellos de las Pascuas. Se les ha visto el plumero en la Tacita de Plata, y en Madrid, y en Barcelona, y ya la gente los cala: «Pues te va a votar tu tía; te va a votar la Bescansa, la diputada lactante, la lactante diputada que se montó el numerito dándole el pecho en la Cámara a su bebé pequeñito, que una tata le entregaba en el momento preciso para la foto en portada».

Subraya que:

Kichi, Colau, La Carmena, el del Ferrol: cuatro patas de un banco que Cañamero si llegara y lo quincara, igual que si un Mercadona, seguro que lo asaltaba. El Tío de la Coleta y el de la Beca sonada las manos a la cabeza se llevan, no creen nada: «Esto ha sido un pucherazo», por toda España proclaman los que sólo cuando ellos son los que en las urnas ganan creen el sistema que quieren derribar de una tacada; sólo cuando ganan ellos creen en la democracia. Cuando no, ¡vengan insultos a aquel que no los votara! ¿Lo del PP? Unos viejos que están buscando las tablas; les quedan dos afeitados, a punto están de palmarla.

Y aquel espadón perjuro que a Zaragoza mandaran y que los maños, tan listos, al momento rechazaran, y enviaron a Almería para ver si allí tragaban, como tampoco sacó el escaño que buscaba; el que se olvidó que un día juró la Bandera patria en vez de estar a papitos con todos los separatas, dice que ya aquí no hay ética. ¡Pues mira tú, ay, quién habla! El que besó la Bandera que ahora por un trapo cambia…

Y sentencia:

Y lo del miedo, no olviden. ¿Es Marifé de Triana, que canta que tiene miedo de querer a esa serrana aquel gachó de la copla que Solano musicara? No, señor: se llama copla, pero es el cante que daban tras insultar a la gente que los votos les quitaran. Con el miedo han dado el cante, no hallaron lo que buscaban, que es partir el bacalao con el PSOE en nuestra España. Y de verdad que dan miedo: dan miedo con esas caras, con su odio comunista y atuendo perroflauta, y apestando a sudorina, que es que te tira de espaldas. Y como nos dabais miedo, que el comunismo llegara, en vez de «sorpasso» os dimos un mojón como una casa.

Jon Juaristi habla sobre la astucia de Mariano Rajoy para no sólo salir vivo del 26-J, sino incluso más revitalizado:

En la consternación de la semana posterior a su derrota, los residuos sólidos del comunismo español han tocado todos los palos posibles: el del pucherazo, el del amor traicionado y el de las purgas necesarias. Alguno, más leído, ha hablado de temporalidades, de revolución paciente y de la astucia del viejo topo de la historia. Al viejo topo de la historia se refirió Marx en su panfleto antibonapartista de 1852, El 18 Brumario de Luis Napoleón, pero sin atribuirle astucia. Marx tomaba la imagen del topo (la mitad de su metáfora) de Hamlet, cuyo protagonista llama así al fantasma de su padre, que va hundiéndose en la tierra mientras exige del tortuoso príncipe de Dinamarca que jure vengarle. Hamlet no llama topo al espectro porque lo crea astuto, sino porque no deja de perforar el subsuelo (hasta el infierno, se supone). Los topos no son astutos, sólo cegatos e impulsivos.

Señala que:

Esa tontería del viejo topo me ha traído a la memoria uno de los chistes bilbaínos más viejos de la historia, tanto por viejo como por topo. Es, como los viejos chistes de la Bilbao liberal, un chiste a expensas de los campesinos carlistas. Pachi (o Chomín), estereotipo cómico del aldeano, logra capturar al topo que le ha estado destrozando el patatal. Para celebrarlo, paga una ronda a los amigos en la taberna del pueblo. Uno de ellos le pregunta: «Y al topo, ¿qué le has hecho pues?». Y Pachi contesta: «Primero pensé en echarlo en aseite hirviendo, pero poco castigo me paresía pa lo que se merese. Así que ¡lo he enterrao vivo!».

Inevitablemente, el chiste me ha llevado a pensar en Pedro Sánchez y en su firme decisión de votar no a la investidura de Rajoy. También en Rivera, aunque su estolidez sea de segundo grado: quiere parecer más enemigo de la corrupción que los del PSOE, y de ahí que mantenga su veto personal a Rajoy, por más que se condene así al aislamiento y despierte las iras de quienes se han jugado su prestigio al apoyar por segunda vez a Ciudadanos, como mis amigos Espada, Azúa y Pericay.

Sobre Rivera destaca que:

Rivera es un inquisidor, según perfectamente lo definió Rajoy. Lo de Sánchez resulta más grave. Que el segundo partido de España tenga al frente a un tipo que razona como el aldeano del chiste me parece terrible. Veamos: Pedro Sánchez, y con él todos los diputados de su grupo, votarán no a la investidura de Mariano Rajoy para impedir que gobierne. Pero si Mariano Rajoy no fuera investido a causa de los votos negativos del PSOE, sumados a los de los residuos sólidos y de los regeneracionistas incorruptibles, ¿quién gobernaría España? La respuesta es muy sencilla: Mariano Rajoy, el topo enterrado vivo. Por lo menos, hasta unos nuevos comicios en los que, previsiblemente, el PSOE conseguiría llegar al nivel alcanzado el pasado domingo por Unidos Podemos, estos al de Ciudadanos, y Rivera y sus muchachos al de UPyD.

Y remata:

Rajoy debe de estar bailando jubilosas muñeiras. Su mayor problema, de aquí a la investidura, será tratar de que Sánchez no se eche atrás y acabe cediendo a los que, en su partido, le imploran que opte por la abstención generosa. Por eso insiste tanto el presidente en el argumento de que hay que dejar gobernar al partido más votado y en su oferta de la gran coalición constitucionalista. Es decir, en las dos murgas que tanto furor labriego despiertan en Pedro Sánchez. Qué cuco, qué astuto el topo Mariano, más listo que el de Le Carré. De rebote, mantendría a Rivera y a sus huestes prisioneros de sus escrupulillos de damas por la decencia y las buenas costumbres. En fin, que, con suerte, esta vez no tendrá ni que negarse a afrontar el trago de la investidura. Qué grandiosa perspectiva, la de todo un otoño para descansar.

José María Carrascal también hace una fotografía de la situación por la que atraviesan los tres partidos que el 26 de junio de 2016 perdieron las elecciones generales:

¿Por qué empieza las consultas por el más pequeño, Coalición Canaria, cuando debería empezarlas por el más importante, el PSOE?, preguntan esos sesudos analistas que ya no saben por dónde atacar a Rajoy. Pues por algo muy sencillo, señores y señoras: porque Coalición Canaria, con un solo escaño, es el más fácil de convencer, y este proceso va a ser tan largo como difícil, pudiendo derrapar en la primera curva si se toma con exceso de velocidad. «Vísteme despacio, Josefina -decía Napoleón a su esposa-, que tengo prisa». ¿Es que todavía no se han dado cuenta de que, midiendo sus pasos, Rajoy ha echado a la cuneta a todos sus competidores? Así que no se va a precipitar tampoco ahora, porque todos ellos siguen groguis del golpetazo recibido el 26-J, y la recuperación, sobre todo de los mayores, requerirá su tiempo, ya que antes tendrán que decidir hacia dónde tirar.

Resalta que:

Ahí tienen a Unidos-Podemos no sabiendo a quién echar la culpa de haber perdido 1.200.000 votos, si a haberse unido, a la estupidez de la «gente» que consideraba sus fuerzas de choque o a un «pucherazo» de la derecha, cuando los pucherazos, hoy, los dan las fuerzas «progresistas», como se ha visto en Austria. Iglesias, en una de esas salidas que antes hacían tanta gracia, lo achaca a la campaña del miedo contra ellos. Es la única cosa en la que coincidimos con él. Pero no fue una campaña publicitaria como la suya del catálogo de Ikea. El miedo fue real. Hubo miedo a que nos sacaran de Europa, con todo lo que nos hemos beneficiado de ella, miedo a que acabaran con nuestras libertades, miedo a un comunismo que, en el mejor de los casos, reparte miseria, no prosperidad; miedo, sobre todo, a unos aspirantes a gobernarnos que tan pronto se autocalifican de antisistema, como de socialdemócratas como de centristas, al estilo de aquellos personajes de nuestra novela picaresca que cambiaban de oficio en cada capítulo. En efecto, han creado miedo y tendrán que cambiar mucho para reanudar su marcha triunfal hacia el cielo que ya tocaban con los dedos y hoy vuelven a tener lejos.

Algo parecido, pero en escala menor, le ha ocurrido a Ciudadanos. Fueron muchos los votantes del PP que les votaron creyendo dar una bofetada a Rajoy como el subnormal de Pontevedra, convencidos de que estaban votando centro-derecha, para encontrarse con que podían haber votado centro-izquierda o algo peor. Así que han vuelto a la casa-madre.

En cuanto al PSOE, ¿qué puedo decirles, si ellos mismos no se aclaran? Y hasta que no se aclaren, siendo como son el segundo gran partido de España, no se despejará nuestro futuro. Se impone, por tanto, la cautela al vestir el nuevo gobierno, como a Napoleón cuando tenía prisa.

En El Mundo, Fernando Sánchez Dragó muestra su oposición a ese carnaval del orgullo gay y dice que diría lo mismo independientemente del movimiento sexual que se celebrase:

Nunca he entendido por qué la identidad sexual, ya sea homo, hetero, bi, tri, trans, pan (como la mía) o poli, tiene que ser motivo de orgullo, pero celebre cada cual lo que le venga en gana. No es de eso de lo que hoy quiero hablar, sino de la sorprendente afinidad que aún subsiste entre la izquierda, chupona siempre a la hora de arramblar con votos que no le corresponden, y quienes esgrimen la bandera del arco iris. Lo digo porque, año tras año, los políticos zurdos se encaraman a los carromatos del desfile, saludan desde sus plataformas a quienes desde el asfalto los jalean y son recibidos con vítores, besos y achuchones.

Recuerda que:

La derecha, en cambio, se queda acoquinadita en sus cubiles, e incluso, como en esta ocasión, los organizadores llegan al extremo de advertir a los miembros del PP de que su presencia no es grata. Curiosa actitud si consideramos que nadie ha perseguido más a los homosexuales, despreciándolos, tildándolos de enfermos, torturándolos y encarcelándolos, que los partidos y los regímenes de extrema izquierda. Aunque es cosa bien sabida y mil veces demostrada, contaré una anécdota elevándola a categoría. No es la primera vez que lo hago.

En 1958, miembro yo y otros 17 compañeros del Partido Comunista, y encontrándonos todos en la cárcel de Carabanchel, solíamos recibir en mi celda, que era ágora de apasionadas tertulias, a un raterillo de Málaga, casi adolescente, bonísima persona y prácticamente analfabeto, lo que no le impedía seguir nuestras discusiones en respetuoso silencio, pero con pasión idéntica a la que nosotros vertíamos en ellas. El raterillo tenía un discreto deje afeminado. Duró ese amistoso toma y daca cosa de un mes.

Un mal día, a su término, nos convocó el ceñudo representante del Comité Central para conminarnos a prohibir la entrada en la celda al malagueño. «Nosotros», adujo aquel animal de bellota estalinista, «somos presos políticos y no podemos aceptar trato alguno con un marica, pues eso nos deshonra a los ojos de la población reclusa». Y, no contento con eso, exigió que le explicáramos la razón por la que le cerrábamos el paso. Pues bien: lo hicimos, a mayor gloria de la obediencia revolucionaria, e inmediatamente, cuando ya era tarde, nos arrepentimos. Ignoro lo que fue de aquel muchacho, pero aún me rechina el alma cuando pienso en él. Es la mayor (si no la única) vileza en la que he incurrido a lo largo de mi vida.

Autor

Juan Velarde

Delegado de la filial de Periodista Digital en el Archipiélago, Canarias8. Actualmente es redactor en Madrid en Periodista Digital.

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