De veranero – No podemos aplaudir al Gobierno aunque lo hayamos votado.


Dicen algunos analistas que en la sesión de control al Gobierno del miércoles y en las declaraciones del viernes tras el Consejo de Ministros en La Zarzuela, habían visto a un Mariano Rajoy mucho más seguro y decidido. Será que se va acostumbrando. Amaro, el protagonista de El verdugo, que magistralmente interpreta José Isbert en la película de Berlanga, le dice a su yerno –que temporalmente tiene que ocupar su puesto—, que lo duro realmente es al principio, pero que una vez que se empieza y se atraviesa la línea roja, es como coser y cantar. Rajoy es el activador de la palanca del garrote vil dictado por Bruselas. Comprendo que llamarle verdugo es algo fuerte, pero los afectados por sus medidas y recortes no lo ven como a una hermanita de la caridad precisamente. Y muchos de los ejecutados son completamente inocentes, por mucho que nos riñan los ministros y nos increpen en su afán de hacernos culpables de todos los males, o nos metan miedo con la Troika. Creo que el Gobierno lo está haciendo de pena. Lo creo yo y casi “dafeito”. Es verdad que lo tiene difícil, que los mercados presionan y que Europa no deja de insistir en que España debe pedir el rescate. Todo eso es cierto, y que hay que tomar medidas dolorosas, hacer recortes y que todos tenemos que hacer sacrificios, también. Pero a Rajoy le reprochamos unas cuantas cosas. En primer lugar que esté aplicando un programa que no se parece en nada al que nos presentó a los españoles en campaña, al que dio el cambiazo a las pocas horas de la investidura. Y no me vengan con que no sabían con lo que se iban a encontrar y eso del déficit. Todos lo sabíamos. El PP nos pidió confianza, nos dio esperanza e incluso Rajoy, en Galicia, nos prometió la felicidad. Sabían cómo crear empleo porque lo habían puesto en práctica en el 96 e iban a generar confianza en Europa con solo asomarse al balcón la noche de las elecciones con la bandera del triunfo. Ocho meses después, ¡cuántas ilusiones rotas! Cada día la gente está más decepcionada. Por las falsas promesas, por las medidas y por la prepotencia con la que tratan a los ciudadanos. Decía hace unos días que nunca había tenido la sensación de ser súbdita: ahora sí. Estos señores feudales están encaramados en sus castillos sacándonos el sudor y la sangre. Porque España perdió soberanía y manda Bruselas, de acuerdo. Pero no me negarán que nos están exprimiendo. Cuando Zapatero subió el IVA dos puntos, en marzo de 2010, el PP lo aprovechó para hacer campaña. Recuerden estas declaraciones de Rajoy: “La subida del IVA es el sablazo que un mal gobernante le pega a todos sus compatriotas que ya están muy castigados por la crisis. Un gobernante que, tras fracasar en sus planes, ahora pretende que lo pague el conjunto de los españoles”. En julio de 2012 sigue siendo un sablazo de mal gobernante. Por esas mismas fechas, el inefable Montoro también estaba en contra de subir el IVA. Consideraba que era una medida “injusta, insolidaria, contraproducente e ineficaz […] un grave error y solo disminuirá la actividad y generará más desempleo”. ¡Cómo hemos cambiado!, que dice la canción. Lo de los 300.000 dependientes que no entrarán en el censo hasta que se mueran, me toca el alma. Y que se rebaje la paguita a los cuidadores un 15% me parece una inmoralidad. A partir de ahora “para facilitar las cosas” les van a exigir algunos requisitos.

Cae todo esto cuando aún no hemos pasado el duelo del IRPF. Pero de recortar por donde deben, ni hablar. A sus señorías se les ha rogado que hiciesen el sacrificio de no cobrar la paga extraordinaria –pobres, no van a poder volver a casa por Navidad—, mientras al resto de la plebe se le impone de malas maneras. Pero de hacer otros recortes, nada; de acometer medidas valientes y eficaces para cumplir con el déficit sin vampirizar al ciudadano, ni hablar. En tiempo de crisis, los partidos políticos nos costarán este año 65 millones de euros. El Senado, ese órgano inservible, a donde no van precisamente los mejores, sino casi todo lo contrario, sigue intacto, incluso con su gasto extra de traducción simultánea para las lenguas de las comunidades históricas. ¿Por qué no hacer desaparecer los órganos consultivos, que solo sirven para aparcar amiguetes y compañeros de pupitre? Hay muchos miles de empresas públicas que sirven solo para pagar compromisos, que se sustancian en más de 80.000 cargos. Las autonomías –a ver si recordándoselo a diario reaccionan— son el grano en salva sea la parte del Gobierno. Nada menos que 26.000 millones de euros de gasto corriente y de personal. A lo largo de los últimos años se ha malgastado el dinero que entraba barato en nuestros bancos, en jardines botánicos, piscinas, auditorios, palacios de congresos, aeropuertos sin aviones ni viajeros, oficinas de turismo, ciudades de la cultura, centros Niemeyer, museos del jamón, del queso, del papel, del carbón, y hasta del sándwich mixto. Y 18 parlamentos son demasiados para una nación arruinada; cada uno con su presidente, vicepresidente y secretario; eso como poco, y hay que añadir los presidentes de las autonomías, diputados y senadores, más de 1800, y además, consejeros, delegados, subdelegados, secretarios, directores, asesores y gabinetes de prensa. Todos ellos con portátil o ipad, móvil y dietas, y muchos, con coche oficial, chofer y otros privilegios y prebendas, con cargo al erario público. Las televisiones públicas también son otro gasto superfluo que se podría suprimir. Si el Gobierno centrara el foco de los recortes en lo que acabo de enunciar –pero, de verdad, sin maquillaje—, todos estaríamos dispuestos a arrimar el hombro sin rechistar, incluso los niños aportarían su paga semanal. Pero no, de tocar la estructura política, ni se hable. Que recorten por arriba y que dejen de amenazarnos con la Troika. Los hombres de negro si vienen para quedarse no se andarán con chiquitas. Ellos sí meterán mano a nuestros reinos de taifas autonómicos, entes públicos y demás chiringuitos. Hasta que el Gobierno no acometa estas reformas, seguiremos criticando sus medidas, aunque nos pese, porque nuestro voto está ahí, embargado. No estoy de acuerdo con la prensa que traga con lo que sea, incluso con la eliminación de los primogénitos, que dijo alguien estos días. Por cierto, retirar la paga a los funcionarios podría ser inconstitucional. Comentaré esto mañana.

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Por Magdalena del Amo
Periodista y escritora, pertenece al Foro de Comunicadores Católicos.
Directora y presentadora de La Bitácora, de Popular TV
Directora de Ourense siglo XXI
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(17/07/2012)
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Autor

Magdalena del Amo

Periodista, escritora y editora, especialista en el Nuevo Orden Mundial y en la “Ideología de género”. En la actualidad es directora de La Regla de Oro Ediciones.

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