Fernando Jáuregui – Esta gente no puede hacer que el Estado se tambalee.


MADRID, 1 (OTR/PRESS)

Días azarosos, ciertamente. Ya se ha comentado que existen documentos explosivos sobrevolando sobre el cielo español, susceptibles de hacer caer a gentes poderosas. Eso me preocupa relativamente poco: exijo claridad para conocer quiénes no pagaban a Hacienda (listas Falciani y Montoro), quiénes cobraban sobresueldos en negro (presunta lista Bárcenas), quiénes se lucraban con fondos destinados a temas sociales (caso Urdangarin), quiénes espiaban ilegalmente a otros (Método 3). Que quien haya delinquido, lo pague con todo el rigor de las leyes, para que se haga justicia y para tranquilidad del contribuyente. Hasta aquí, todo perfecto -cuando se ejecuta como Dios manda, naturalmente-. Lo malo es lo otro.

Y, cuando digo lo otro, me refiero a lo que queda sin explicar. A todos esos pirómanos del Estado capaces de hacer tambalear el sistema, oscureciendo la verdad para así tapar sus propias culpas. No puede ser que un país se tambalee porque el extesorero del Partido Popular nos haya enredado a todos en su madeja de medias verdades; ni porque una princesa más bien full se vanaglorie de sus relaciones con el jefe del Estado y, de paso, de los presuntos encargos de unos gobiernos que niegan la mayor; ni tampoco podemos estar al borde del terremoto porque un presunto delincuente, como el exsocio del yerno del Rey, quiera esparcir basura sobre la Corona en un intento de chantajear a un poder judicial al que, al parecer, él no cree independiente. Esos tres personajes, sin ir más lejos, están provocando más daño a las instituciones y a la estabilidad moral de la nación que casi todos los delincuentes que pueblan nuestras cárceles juntos. Porque pretenden moverse al margen de los canales del Estado de derecho, transitando por esas rendijas que el sistema democrático, que es generoso, deja a los mercaderes de influencias, a los verdaderamente tramposos, a los que un día fueron injustamente privilegiados.

No, los bárcenas, los diegotorres, las corinnas, que apenas son tres ejemplos de una subespecie que abunda en nuestros predios, no pueden hacer que el Estado se tambalee, por mucho que algunas de sus acusaciones se fundamenten sobre hechos reales, unos hechos que a los tribunales compete investigar y juzgar y que, lamentablemente, ni las instituciones del Estado, ni los partidos, ni los mecanismos de la pura sociedad civil son capaces de esclarecer. O no quieren hacerlo, que es mucho peor.

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